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Historia

Capítulo 4 La joya del escándalo

Palabras:1384    |    Actualizado en: 03/08/2025

ían el precio del anillo, los expertos en joyería lo

ísima exnovia de Gabriel, influencer, diseñadora y ven

el no está enamorado de Helena. Si fuera

venda sucia. Lo sostuvo unos segundos entre los dedos... y luego lo lanzó c

🌹

a los titulares en su teléfono mientras

ue esto hace a nuestro apellido?! -bramó Lord Dever

e una pintura y tecleó el código con calma. Dentro, entre documentos

ió des

. Único. Un legado. Su madre se lo había e

mujer que se

todo el país sin encontrar

o... est

Era simbólico. Y ahora, más que nunca, necesitaba a

🌹

rdas con su hermana, Amanda, a su lado. Los flashes no paraban. Había fotógrafos en cada esquina,

or su carrera. No por su fami

aquí ya? -susurró H

público ayuda a controlar la narrativa -respondió Ama

decir una palabra, tomó a Helena

ena!

a, siguiendo la direcció

í es

reflectores, rodeado de cámaras, de pie como si

el De

. Mirada seria. Y en s

pareció d

ión de Hele

empezaron a g

.. simplem

ó por la alfombra de la galería, ignorando a t

o frente

io abs

le tomó

barato fuera de su dedo y lo gua

brió la pe

rosado deslu

ar. Rodeado de incrustaciones brillantes y finos grabados

iró fijamente mientras él lo c

n una gota de dulzura. -tienes lo que

n de Helena

eneral recorr

eras logró articu

cierto que esa joya p

e percatara de los periodistas, y sonrió

sar -respondió, como si hubiese comprado un par de med

aminó hacia

sin posar. Como si no acabara de

inmediato. Sentía el pe

linó hacia el

aba de cerrarles

nía

se estaban escrib

al: Helena Windsor recibe el

hace historia (y l

aestra? La jugada millonar

sociedad tenía ya un análisis preparado sobre el diamante rosado que ahora brillaba en la mano de Helena Windsor. Las fotografías desde distin

en cuestión de horas. Ahora el nuevo titular era un himno de pre

cerró su periódico con una satisfacc

ó un número en su

ve, pero con un brillo de orgul

nea, Lord Edmund Deve

que necesitaba

les los envidian, y nuestros imperios se f

s herederos aún podían odiarse, desafiarse o maldecirse en silencio, pero todo eso era irreleva

nqueros, viejos amigos de la aristocracia británica. Todos querían felicitarlo, todos se mostraban

letamente distinto. Acababa de servirse una segunda copa de vino tinto cuando vio en la pantalla del tele

ó la garganta. Tosió con fuerza, con lágrimas en los

muró, con i

iliares de los Devereux. Gabriel le había confesado, años atrás, que ese diamant

pa con tanta fuerza

repitió, con rab

su Gabriel, hubiese colocado es

re le había jurado que era ella la única. Que, aunque el

rave y cálida que la derretía-. No import

egaba el símbolo máximo d

rcida se dibuj

a, esta vez con mo

-dijo, con una calma siniestra-. Y

na ternura enfermiza, deteniéndose en el rostro

quién deba hundir. Gabriel me pertenece. Y te aseguro

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