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Historia

Capítulo 3 La Peste de Plata.

Palabras:1069    |    Actualizado en: 13/02/2026

añana era el Vuelo de Ceniza, la exhibición anual donde la realeza recordaba al pueblo

ado entre las escamas del hombro. Era un trabajo duro, físico, que le permitía olvidar las

ovida. Aeric sonrió, satisfecho. Continuó hacia la base de

su mano s

No era la suavidad lisa y caliente de

ntrecerrando los o

que una luciérnaga, brotó de su pulgar. Era un truco simple, magia de niño, pero le co

na. El aliento se le

ño de su mano. Las escamas en esa zona habían perdido su color, volviéndose de un g

pómez en lugar de piel de dragón. Y en los bordes de la mancha, la infecci

te de

aer el cepillo. El ruido metálico r

pentino que emanaba de su jinete a través del Vínculo. El dragón emitió un gr

el pánico cerrándole la

fronterizos que simplemente dejaban de volar, cuyas alas se convertían en estatuas de piedra mientras aún respiraban. D

decía su padre. "La magia

o la luz mágica de Aeric. Una necrosis mági

desastre. Si Pyroth no podía volar, la fuerza de Val

e asedio que Varek había estado diseñando, máquinas que no necesitaban comida ni descanso. "

o, no intentarían curarlo. Lo sacrificar

rta principal girando sacó a Aeric de

visible. Si alguien se acercaba, si los Mae

talmente a través del Vínculo con una

te a la urgencia del Vínculo, b

sombras largas. Al frente iba el Maestro de las Bestias, un hombre corpulento con cicatrices de quemadur

reverencia torpe-. Llegáis temprano. Ten

zón martilleaba contra sus costillas, pero forzó a su rostro a adoptar la má

zos-. Pyroth está irritable. Casi me arranca

ensión de Aeric, soltó un bufido de humo negro hacia los recié

ocolo... El Rey quiere

le -cortó Aeric, dando un paso adelante, usando su altura y su rango co

de lugar. Por un segundo, su mirada se detuvo en el cepillo ti

ospecha brillaba en sus ojos-. Pero si la bestia no está lista

así

e había estado reteniendo. Se giró hacia Pyroth, quien lo miraba con una intensidad antigua

ía haber crecido, aunque quizás solo era su imaginación. Apoyó la f

la caverna-. No sé cómo, ni a dónde, pe

escama plateada irradiando como un tumor de hielo. El reloj de arena se había roto, y la

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