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Historia
El imperio de las mentiras

El imperio de las mentiras

Autor: S. Mejia
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Capítulo 1 La Trampa de Blackwood

Palabras:1003    |    Actualizado en: 19/05/2026

alisó la falda de un traje sastre azul marino que había comprado en una tienda de segunda mano. Le quedaba un poco holgado, acentuando la delgadez de quien s

sobre las ruinas de hombres como su padre. Siena apretó la correa de su bolso gastado, asegurándose de que el ligero temblor de sus manos fuera visible. Había pasado los últimos cinco años orquestando su propia ruina financiera: medio millón en deudas médi

os de ascenso ininterrumpido. El zumbido silencioso de la maquinaria le oprimió los oídos, pero su mente estaba clara, afilada como el hielo. Estaba a punto de e

ntimidantes y diseño minimalista. Un asistente de traje inmaculado, sin mediar p

ojas. El señor Bl

ho era inmenso, flanqueado por ventanales del suelo al techo que ofrecían una vista panorámica de la ciudad a sus pies, reduciendo el mundo exterior a un simple tabl

a esculpido en un bloque sólido de

hombros en una postura de sumisión y absoluta vulnerabilidad. Lo observó de reojo, grabando cada detalle en su memoria. Mandíbula tensa, cabello oscuro peinado con una precisión milimétrica

l cerrarse resonó como un disparo en la

o estricto y aburrido. Ella sintió el impacto físico de esa mirada, fría y calculadora, sopesando su valor comercial, buscando sus fracturas psicológicas. Por un

funda, un barítono sin inflexione

e cuero frente a él, manteniendo las manos entrel

administrativos esporádicos. Sin familia conocida. Sin pareja. Y, según mi equipo de inteligencia privada, con una deuda combin

vergonzoso. Tragó saliva, asegurándose de que el so

ituación financiera privada con el puesto

Se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre el escritorio, invadiendo el

Un anuncio diseñado con parámetros muy específicos para atraer un perfil muy es

silla, aferrando su bolso contra el

para qué me

Necesito una fachada impecable. Una esposa manejable, desesperada y dispuesta a obedecer mis reglas sin hacer preguntas, a cambio de su s

sión eléctrica. Siena lo miró con los ojos muy abiertos, proyect

más profundo de su me

el anzuelo. Y Dante Blackwood, en toda su arrogancia y genio

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