mente alto en el silencio del despacho. Al trazar la última letra de su nombre, Sien
La pieza final
us manos, extendiéndose por sus brazos hasta llegar a su pecho. Siena bajó la cabeza, ocultando el rostro entre las palmas, y liberó u
oz rasgada por una desesperación que habrí
epredador en la cúspide de la cadena alimenticia, y el son
por el contrato, sino extraídas del pozo profundo del duelo por su padre. Usó ese dolor crudo y antiguo para alimentar la farsa del presente. Cuando
ahogara en su propia angustia durante unos largos y tortuosos segundos, estableciendo firmemente quié
nal a sus espaldas, sumergiendo a Siena en su sombra. Rodeó el escritorio de obsidiana
una mezcla fría de vetiver, cedro y algo me
ro que se había pegado a la mejilla húmeda de la mujer. El contraste entre e
dido su libertad a cambio de su futuro. Es el trato más justo que firmará en su vida. Séquese esas lágrimas. Las
sillo de su chaqueta y lo dejó caer sobre el reg
secó el rostro, asintiendo mecánicamente, con l
la mujer rota que busca desesperadamente complacer a su n
quier brecha emocional que pudiera haberse abierto-. Mi asistente, el señor Thorne, la está esperando afuera. Le entregará un teléfono co
slizándolo dentro de una carpeta de c
a solo lo estrictamente necesario, lo que tenga un valor sentimental real. El resto de su guardar
ñor Bla
n en los de ella con una intensidad posesiva-. Frente al resto del mundo, e
.. D
un simple gesto de la mano.
e roble macizo con pasos vacilantes, manteniendo la cabeza baja y los hombros encogidos. Al salir al pasillo, el asistent
o la mirada fija en los números digitales que disminuían, obligándose a seguir temblando ligera
uertas giratorias para el deleite silencioso de los guardias de seguridad. Salió a la calle y el estrue
abarrotada de gente, dejándose tragar por la multitud anónima que se apresuraba en la hora pico. Bajó las escaleras h
letes rota, en un rincón mal iluminado y fuera de
uridad del metro, l
nderezaron lentamente, estirando la columna hasta adoptar una postura letal y orgullosa. Siena respiró hondo, un suspi
ervaba el aroma a vetiver y poder. Lo arrugó sin piedad dentro de su
ances financieros de todos los que lo rodeaban, acababa de abrirle la puerta principal de su fortaleza a la arqui
il grueso, un modelo descartable y encriptado que Camila le había proporcionado la noc
de texto rápido a un
mpletado. El rey me acaba de
és, la pantalla se iluminó
todas en una sola transferencia masiva hace dos minutos.
jeta negra brillante y el teléfono seguro de la empresa. Sopesó el plástico d
poder pagar un tratamiento, mientras Dante Blackwood
e podía ver a través del cemento y el acero, directamen
e -susurró al vacío de la estación-. D
dirigió hacia el andén. Era hora de hacer las maletas; el in

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