/0/12920/coverbig.jpg?v=8b6d473a85e819f8a497b3507eb5696b)
El idilio de un enfermo by Armando Palacio Valdés
Abriose la puerta y entró en la sala un joven flaco, que saludó a los circunstantes inclinando la cabeza. Las dos se?oras, sentadas en el diván de damasco amarillo, y el caballero de luenga barba, situado al pie del balcón, le examinaron un momento sin curiosidad, contestando con otra levísima cabezada. El joven fue a sentarse cerca del velador que había en el centro, y se puso a mirar las estampas de un libro lujosamente encuadernado.
Reinaba silencio completo en la estancia esclarecida a medias solamente. La luz del sol penetraba bastante amortiguada al través de las persianas y cortinas. Detrás de la puerta del gabinete vecino percibíase un rumor semejante al cuchicheo de los confesonarios.
El caballero de la barba se obstinaba en mirar a la calle por las rendijas de la persiana, dándose golpecitos de impaciencia en el muslo con el sombrero de copa. Las se?oras, sin despegar los labios y con semblante de duelo, paseaban la mirada repetidas veces por todos los rincones de la sala, cual si tratasen de inventariar la multitud de objetos dorados que la adornaban con lujo de relumbrón.
Al cabo de buen rato de espera, se entreabrió la puerta del gabinete y escucháronse las frases de cortesía de dos personas que se despiden. La se?ora que se marchaba cruzó la sala con una hermosa ni?a de la mano y se fue dando las buenas tardes. El doctor Ibarra asomó la cabeza calva y venerable, diciendo en tono imperativo:
-El primero de ustedes, se?ores.
Adelantose con prontitud el caballero impaciente. Y volvió a reinar el mismo silencio.
El joven flaco siguió hojeando el libro de estampas, que era un tratado de indumentaria, sin hacerse cargo del minucioso examen a que le estaban sometiendo las dos se?oras del diván. Era casi imberbe, dado que el tenue bozo que sombreaba su labio superior no merecía en conciencia el nombre de bigote. A pesar de esto, se comprendía que no era ya adolescente. Los lineamientos de su rostro estaban definitivamente trazados y ofrecían un conjunto agradable, donde se leían claramente los signos de prolongado padecer. Alrededor de los ojos negros y brillantes advertíase un círculo morado que les comunicaba gran tristeza; en los pómulos, bastante acentuados, tenía dos rosetas de mal agüero, para el que haya visto desaparecer deudos y amigos en la flor de la vida.
En tanto que el barbado caballero se estuvo dentro con el doctor, nuestro joven continuó repasando los preciosos cromos del libro con sus dedos tan finos, tan delicados, que parecían hacecillos de huesos prontos a quebrarse. ?Pero con tales manos puede un hombre trabajar? ?Se puede defender? Eran las preguntas que a cualquiera le ocurrirían mirándolas. Las se?oras del diván contempláronlas con lástima y se hicieron una leve se?al con los ojos, que quería decir: ?pobre joven! Después se hicieron otra se?al, que significaba: ?qué pantalones tan bonitos lleva, y qué bien calzado está! Indudablemente aquel muchacho les fue simpático. La vieja se irritó en su interior contra las mujeres infames, como hay muchas en Madrid, que se apoderan de los chicos y les beben la sangre, al igual de las antiguas brujas. La joven pensó vagamente en salvarle la vida a fuerza de amor y cuidados.
-El primero de ustedes, se?ores-dijo nuevamente el doctor Ibarra, despidiendo al caballero, que salió grave y erguido como un senador romano.
Las dos se?oras avanzaron lentamente hacia el gabinete. Antes de encerrarse, la ni?a dirigió una mirada de inteligencia al joven flaco, tratando sin duda de decirle: ?No soy yo la que vengo a consultar; es mi madre. Gracias a Dios, yo estoy buena y sana para lo que usted guste mandar.? Los labios del joven se plegaron con sonrisa imperceptible y siguió examinando el pintoresco manto de un caballero de la Orden de Alcántara que le había dado golpe, al parecer. No obstante, de vez en cuando volvía los ojos con zozobra hacia la puerta del gabinete. Trataba inútilmente de reprimir la impaciencia. Aquellas se?oras tardaban mucho más de lo que había contado. Dejó el libro, se levantó, y como no había nadie en la sala, se puso a dar vivos paseos sin perder de vista el pestillo, cuyo movimiento esperaba. Al cabo de media hora sonó por fin la malhadada cerradura; pero aún en la puerta se estuvieron las se?oras largo rato despidiéndose. Cuando terminaron, la ni?a le miró: ?No tengo la culpa de que usted haya esperado tanto: ha sido mamá ?que es tan pesada!? El joven contestó con otra mirada indiferente y fría y entró en el gabinete. La ni?a salió de la sala con un nuevo desenga?o en el corazón.
Era el célebre doctor Ibarra un anciano fresco y sonrosado, peque?ito, con ojos vivos y escrutadores, todo vestido de negro. El gabinete donde daba sus consultas distaba mucho de estar decorado con el lujo cursi y empalagoso de la sala. Se adivinaba que el doctor, al amueblarla, siguió el modelo de todas las salas de espera, al paso que en el gabinete había intervenido más directamente con sus gustos y carácter un tanto estrafalarios, resultando una decoración severa y modesta, no exenta de originalidad. La mesa en el centro, las paredes cubiertas de libros, y el suelo también, dejando sólo algunos senderos para llegar al sofá y a la mesa. Por uno de ellos condujo el doctor, de la mano, a nuestro joven, hasta sentarlo cómodamente, quedándose él en pie y con las manos en los bolsillos. Después de permanecer inmóvil algunos instantes examinando con atención el rostro desencajado de su cliente, dijo poniéndole una mano en el hombro:
-?Es la primera vez que viene usted a esta consulta?
-Sí, se?or.
-Bien; diga usted.
El joven bajó la vista ante la mirada penetrante del médico, y profirió con palabra rápida, donde bajo aparente frialdad se traslucía la emoción:
-Vengo a saber la verdad definitiva sobre mi estado. Estoy enfermo del pecho. El médico que me ha reconocido dice que me encuentro en segundo grado de tisis pulmonar, y por si la ciencia tiene aún algún remedio para mi mal, me dirijo a usted, que está reputado como el primer médico que hoy tenemos.
-Muchas gracias, querido-contestó el doctor, dirigiéndole una larga mirada de compasión.-Le reconoceré a usted y le diré mi opinión con franqueza, pues que así lo desea... Pero antes de que procedamos al reconocimiento, necesito saber los antecedentes de su enfermedad... Vamos a ver... ?Cuánto tiempo hace que está usted enfermo?
-En realidad, puedo decir que lo he estado siempre. Apenas recuerdo haber gozado un día de completa salud. Siempre he tenido una naturaleza muy enclenque, y he padecido casi constantemente... unas veces de uno y otras veces de otro... generalmente del estómago.
-?Malas digestiones?
-Sí, se?or; siempre han sido muy difíciles.
-?Con dolores?
-No los he tenido hasta hace poco. Durante la ni?ez he padecido mucho. A los catorce o quince a?os empecé a sentirme mejor, a comer con más apetito y me puse hasta gordo, dado, por supuesto, mi temperamento; pero al llegar a los veinte, no sé si por el mucho estudiar o el desarreglo de las comidas, o la falta de ejercicio, o todo esto reunido, volvieron a exacerbarse mis enfermedades, y puedo decir que, durante una larga temporada, mi vida ha sido un martirio. Después mejoré cambiando de vida; pero he vuelto a recaer hace ya algún tiempo.
-?A qué ocupaciones se dedica usted?
El joven vaciló un instante y repuso:
-Soy escritor.
-Mala profesión es para una naturaleza como la suya. Las circunstancias con que ustedes trabajan generalmente... a las altas horas de la noche, hostigados por la premura del tiempo... la falta de ejercicio... y el trabajo intelectual, que ya de por sí es debilitante... ?Y dice usted que de algún tiempo a esta parte se ha recrudecido la enfermedad del estómago?
-El estómago, no tanto: lo peor es la gran debilidad que siento en todo mi organismo desde hace tres o cuatro meses. Una carencia absoluta de fuerzas. En cuanto subo cuatro escaleras, me fatigo. No puedo levantar el peso más insignificante...
-?Ha tenido usted algún síncope, o siente usted mareos de cabeza?
-Mareos, sí, se?or; pero nunca he llegado a perder el sentido. Sin embargo, en estos últimos tiempos he temido muchas veces caerme en la calle.
-?Tose usted?
-Hace un mes que tengo una tosecilla seca, y el lunes he esputado un poco de sangre. Me alarmé bastante y fui a consultar con un médico que conocía...
-?La sangre vino en forma de vómito o mezclada con saliva?
-Nada más que un poquito entre la saliva.
-Antes, ?no había usted consultado?
-Sí, se?or, muchas veces; pero como se trataba de una enfermedad crónica, me iba arreglando con los antiguos remedios: el bicarbonato, la magnesia, la cuasia...
-Bien; deme usted la mano.
El doctor Ibarra estuvo largo rato examinando el pulso del joven. Después, observó con atención sus ojos, bajando para ello el párpado. Quedose algunos momentos pensativo.
-Desearía reconocerle el pecho.
-Cuando usted guste. ?Es necesario que me desnude?
-Sería mejor. Aquí no hace frío.
El joven empezó a despojarse velozmente. Parecía tranquilo a primera vista. No obstante, quien le observase con cuidado, notaría que había crecido un poco la palidez de su rostro, y que tenía las manos trémulas. Cuando estuvo desnudo de medio cuerpo arriba, interrogó con la mirada al médico. éste consideró el miserable torso que tenía delante, con profunda lástima. Las costillas pudieran contarse a respetable distancia: el cuello salía de sus estrechos hombros largo y delgado, y adornado con prominente nuez. Hízole se?a de que se tendiese en el sofá y fue a sacar de un armario el estetoscopio. Después se coloco de rodillas al lado del sofá, y comenzó el reconocimiento. El doctor se entretuvo largo rato a palpar y repalpar el pecho, apoyando los dedos y dando sobre ellos repetidos golpecitos. En el lado derecho algo le llamó la atención, porque acudía allí con más frecuencia. Nada turbaba el silencio del gabinete. El joven observaba de reojo la fisonomía impasible del doctor. Una mosca se puso a zumbar tristemente en torno de ellos. Pero aún más triste zumbaba el pensamiento por el cerebro de nuestro enfermo, quien sentía escapársele la vida cuando se hallaba en los umbrales. Todos los instantes de dicha que había gozado acudieron en tropel a su imaginación: la vida se le presentó engalanada y risue?a, como una mujer hermosa que le esperase: hasta sus dolores y quebrantos le parecieron amables en aquel momento en que le iban a notificar que dejaría de sentirlos para siempre. No obstante, si sus ideas y recuerdos le pusieron triste, no consiguieron enternecerle. Había en su alma tal fondo de entereza y orgullo, que consideraba indigno asustarse con la perspectiva de la muerte.
El doctor tomó el instrumento, se lo puso sobre el pecho y aplicó el oído.
-Tosa usted... así... no tan fuerte... Ahora respire usted con fuerza y acompasadamente.
Hubo un largo silencio.
-Vuélvase usted un poquito... así... Tosa usted otra vez... Basta... Respire usted con fuerza...
Nuevo silencio, durante el cual el enfermo comenzó a acariciar una idea horrible.
-Ahora hable usted.
-?De qué quiere usted que hable?
-Recite versos, ya que es usted literato.
-Bueno, recitaré los que más me convienen en este momento-repuso el joven sonriendo con amargura. Y empezó a decir en voz alta la admirable poesía de Andrés Chenier, titulada Le Jeune malade.
Cuando hubo recitado algunos versos, el médico le interrumpió:
-Basta... Siga usted respirando tranquilamente.
Tornó a reinar el silencio. Un larguísimo rato se estuvo el médico con el oído atento a lo que en las profundidades del pecho de nuestro joven acaecía, explorando los más leves movimientos, los ruidos más imperceptibles, como el ladrón que fuese de noche a penetrar en una casa. A veces creía sentir los pasos de la muerte, como el soldado los de su enemigo, y la frente del anciano se arrugaba, pero volvía a serenarse al momento, adquiriendo expresión indiferente. Su atención era cada vez más profunda. En tanto, el paciente tenía fijos en el techo los ojos, donde empezaban a dibujarse las se?ales de una sombría decisión. Las cejas se fruncían: las negras pupilas despedían miradas cada vez más duras y tristes.
El doctor levantó al fin la cabeza, y preguntó fríamente:
-?Qué médico le ha dicho a usted que estaba en segundo grado de tisis?
-Ninguno-repuso el enfermo con la misma frialdad.
El anciano se puso en pie vivamente, y le miró lleno de estupor. Después se santiguó exclamando:
-?Jesús qué atrocidad!-Y sonriendo con benevolencia:-Ha hecho usted una locura, joven. ?Qué hubiese usted ganado con que le dijera que se moría?
-Saberlo de un modo indudable.
-Muchas gracias; ?y después?
-Después... después... después yo no sé lo que hubiera pasado.
-Sí, lo sabe usted... pero más vale que no lo diga. Afortunadamente, le ha salido bien la treta; porque no necesito decirle que no tiene usted ningún pulmón lesionado: sólo hay un leve desorden en las funciones. Lo que usted tiene, salta a la vista de cualquiera, porque lo lleva escrito en el rostro: es la enfermedad del siglo XIX, y en particular de las grandes poblaciones. Está usted anémico. La dispepsia inveterada que padece no acusa tampoco ninguna lesión en el estómago, y es perfectamente curable. No tiene usted, por consiguiente, nada que temer, por ahora. Recalco estas palabras para que usted comprenda que urge ponerse en cura, porque a la larga, esta enfermedad engendra la que usted creía ya tener... Y ahora se ofrece para mí una grave dificultad. Yo puedo recetarle algunos medicamentos que le aliviarían, pero sólo momentáneamente. Mientras subsistan sus causas, la enfermedad no se curará radicalmente, y le hará a usted padecer cruelmente toda la vida, y al cabo concluirá con ella demasiado pronto... Hábleme usted con franqueza... Nosotros, los médicos, somos los confesores de los hombres que no creen en la confesión... ?Es usted casado, o soltero?
-Soltero.
-Pero usted tiene una mujer que le ama demasiado...
-Acaso...-repuso el joven sonriendo y ruborizándose levemente.
-?Tendría usted fuerzas para alejarse de ella por una temporada?
La frente del enfermo se arrugó, y sus ojos adquirieron expresión fija y dura.
-No deseo otra cosa.
-Perfectamente... ?Y pudiera usted también dejar sus negocios y pasar una larga temporada en el campo, sin hacer absolutamente nada?
-Creo que sí.
-Entonces nos hemos salvado. No importa que sea un sitio u otro donde usted vaya, en el Norte o en el Mediodía; lo indispensable es que usted descanse y respire aire más puro, que corra usted entre los árboles unas veces y otras al sol, que coma usted alimentos suaves y nutritivos, que se levante usted temprano y no se retire tarde, que trueque, en fin, la vida artificial y antihigiénica que lleva, por otra natural y sencilla, y que dé a ese pobre cuerpo lo que está reclamando a gritos.
El anciano médico se alargó todavía bastante dándole consejos sobre su proceder en lo futuro. El joven le escuchó religiosamente, concediéndole la razón en su interior. Cuando hubo terminado, se levantó y quiso pagarle. El médico no lo consintió: sentía mucha simpatía hacia los jóvenes escritores, y en el caso presente comprendíase que la simpatía era aún más viva. Llevole de la mano hasta la puerta de la estancia, y al despedirse le pronunció otro corto discurso, dándole afectuosas palmaditas en el hombro:
-No ser loco, no ser loco, joven. Tenga firme por la vida, que usted no sabe lo que pasará cuando la suelte... Y sobre todo, más vale pájaro en mano... Los hombres que tienen, como usted, valor e inteligencia, deben reservarse para las empresas grandes y útiles. Cúrese usted, robustezca usted su cuerpo, y verá cómo después no siente tanto desprecio por la existencia... Adiós, joven... No deje usted de escribirme pronto desde su retiro, para que le envíe una receta. Por ahora no quiero darle medicamentos. Necesito saber la influencia del cambio de vida y de clima sobre su organismo... ?Se llama usted D. Andrés Heredia, no es verdad?... Perfectamente: no me olvidaré... Adiós, Sr. Heredia; no deje usted de irse cuanto antes de Madrid.
Al pasear la mirada por la sala, el médico tropezó con un cliente que, sentado en un diván, tosía apretando las sienes con las manos. Bajando la voz, a?adió al oído del joven:
-Ese pobre se curará en otro campo distinto del que usted va a visitar... Adiós, querido, adiós.
Entre todas sus obras, Palacio Valdés prefería Tristán o el pesimismo (1906), cuyo protagonista encarna el tipo humano que fracasa por el negativo concepto que tiene de la Humanidad. Tristán, influenciado por un pesimismo de época, decide saldar los excesos de su misantropía llevando su delirio hasta el límite. Mientras, Reynoso se ve obligado a tomar una importante decisión, para lo que ha de enfrentarse a su propio código ético, lejos de convenciones morales sociales o religiosas. Clara y Elena, respectivamente, serán las víctimas o beneficiarias de las resoluciones de ambos personajes, tan antagónicos. Valdés era un arquitecto de novelas naturalista, estilo derivada del realismo literario de finales del siglo XIX, en el que desarrolla la formación de carácter del hombre a través de planteamientos filosóficos y cristianos, mostrando una mano certera en la creación de personajes femeninos, algo así como Flauvert con Bovary, perteneciente también al realismo
Charlee was left at the altar and became a laughingstock. She tried to keep her head high, but ultimately lost it when she received a sex tape of her fiance and her half-sister. Devastated, she ended up spending a wild night with a hot stranger. It was supposed to be one-time thing, but he kept popping up, helping her with projects and revenge, all while flirting with her constantly. Charlee soon realized that it was nice having him around, until her ex suddenly appeared at her door, begging for another chance. Her tycoon lover asked, “Who will you choose? Think carefully before you answer.”
"I'm going to tell you what I have in mind," he murmured. "First you're going to strip down until you're completely naked," he whispered against her ear. "Then I'm going to tie you up so you're completely powerless and subject to my every whim." "Mmm, sounds good so far," she murmured. "Then I'm going to insert a plug to prepare you for me. After that I'm going to spank that sweet ass of yours until it's rosy with my marks." She shivered uncontrollably, her mind exploding with the images he evoked. She let out a small whimper as he sucked the lobe of her ear into his mouth. God, she could cum with just his words. She was already aching with need. Her nipples tingled and hardened to painful points. Her clit pulsed and twitched between her legs until she clamped her thighs together to alleviate the burn. "And then I'm going to f**k your mouth. But I won't cum. Not yet. When I'm close, I'll flog you again until your ass is burning and you're on fire with the need for relief. And then I'm going to f**k that ass. I'm going to take you hard and rough, to the very limits of what you can withstand. I won't be gentle. Not tonight. I'm going to take you as roughly as you can stand. And then I'm going to cum all over your ass. Are you ready to be completely and utterly dominated?"
The day Raina gave birth should have been the happiest of her life. Instead, it became her worst nightmare. Moments after delivering their twins, Alexander shattered her heart-divorcing her and forcing her to sign away custody of their son, Liam. With nothing but betrayal and heartbreak to her name, Raina disappeared, raising their daughter, Ava, on her own.Years later, fate comes knocking when Liam falls gravely ill. Desperate to save his son, Alexander is forced to seek out the one person he once cast aside. Alexander finds himself face to face with the woman he underestimated, pleading for a second chance-not just for himself, but for their son. But Raina is no longer the same broken woman who once loved him.No longer the woman he left behind. She has carved out a new life-one built on strength, wealth, and a long-buried legacy she expected to uncover.Raina has spent years learning to live without him.The question is... Will she risk reopening old wounds to save the son she never got to love? or has Alexander lost her forever?
Marriage was a bed of thorns for Stella. She lived like an overworked and unhappy slave for six years in her matrimonial home. One day, her uncaring husband, Waylon said to her, "Ayla will be back soon. You have to move out tomorrow." "I want a divorce," responded Stella. She left without shedding a tear or trying to change Waylon's stone-cold heart. Days after their divorce, they met again. Stella was in the arms of another man. Waylon's blood boiled at the sight of her looking so happy. "So, you couldn't even wait a while before jumping into another man's arms?" he queried distastefully. "And who are you to question my decision? It's my life, so I call the shots. Stay out of my business!" Stella fired at him before turning to look at her new man with shiny eyes. Waylon immediately lost it.
In her previous life, Kimberly endured the betrayal of her husband, the cruel machinations of an evil woman, and the endless tyranny of her in-laws. It culminated in the bankruptcy of her family, and ultimately, her death. After being reborn, she resolved to seek retribution against those who had wronged her, and ensure her family's prosperity. To her shock, the most unattainable man from her past suddenly set his sights on her. "You may have overlooked me before, but I shall capture your heart this time around."
Two years ago, Ricky found himself coerced into marrying Emma to protect the woman he cherished. From Ricky's perspective, Emma was despicable, resorting to underhanded schemes to ensure their marriage. He maintained a distant and cold attitude toward her, reserving his warmth for another. Yet, Emma remained wholeheartedly dedicated to Ricky for more than ten years. As she grew weary and considered relinquishing her efforts, Ricky was seized by a sudden fear. Only when Emma's life teetered on the edge, pregnant with Ricky's child, did he recognize-the love of his life had always been Emma.