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Historia

Capítulo 2 El CEO imposible

Palabras:1197    |    Actualizado en: 08/09/2025

bido. Catalina respiró hondo, tratando de calmar el torbellino en su pecho. Llevaba tres d

mer

emple

o de un mundo que

religioso. A cada paso que daba, Catalina sentía el peso de las miradas de quienes la rodeaban. Algunos empleados susurraban entre

erminación hasta la recepción privada del CEO. La asistente de Dante Moretti, la

eñor Moretti no tolera la impuntualidad. Llegó con... -miró su relo

forzó una

ejorar el ré

ón en los labios perfectamente delineados de la a

me -o

ndo el despacho del CEO. Catalina se

rio de Dante, de madera negra y bordes afilados, estaba al centro, flanqueado por estanterías lle

í est

alón. Vestía un traje gris oscuro perfectamente entallado que destacaba la firmeza de sus hombros. La luz natural delin

fríos como acero, labios definidos y una expresión que m

funda, sin rastro de cordialidad

ó, confundida po

puntualidad

excesiva revela ansiedad, y l

a no replicar, pero una parte

d -respondió con calma-. Quiz

e se sintieron eternos. Entonces,

starme que me contradigan

alzando el mentón-. Solo aclar

a peligrosa, como la de un depredador que descub

muró, mientras la rodeaba con la mirada-.

donde había tres carpetas cerradas. Él tomó una

rno, los códigos de acceso y la base de datos co

más de doscientas páginas llenas

-preguntó,

ice de emoción-. Si no puede, sab

ocultar el temblor en sus manos. No

o finalmente,

nas la cabeza, como si evaluar

. No me gusta perder el ti

lía dejarse intimidar, pero había algo en la arrogan

soy mediocre -respo

d, aunque no era una sonrisa cálida; t

ían demasiado en sí mismos son los q

ntió un escalofrío recorrerle la espald

y regresó a su escritori

as -dijo, como si fuera un dato irrel

atalina, aunque parte de

ada, clavándol

e podía d

No respondió. Si lo hacía, s

plicar demasiado. Era un hombre que esperaba resultados inmediatos y no tenía paciencia para segundas oportu

o era solo vigilancia profesional; había algo más. Una int

mullo de las conversaciones se apagó apenas cruzó la puerta. Algunos empleados susurra

ueva asisten

rará ni un

nadie sobrevi

ero por dentro sentía cómo el peso

éfono en italiano. Su voz era grave, firme, cortante. No entendía las palabras, pero

ciero para la reunión de mañana -orden

a que eso significaba llegar

ca. Dante se inclinó ligeramente hacia ella, apoyando una mano so

Vega. En esta oficina, no conf

e Catalina d

a un hombre fácil de manejar. No solo porque era exigente, frío e imposible de

ería admitirlo, ya estab

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