vista d
a un mundo aparte de la sofocante grandeza de la mansión de Héctor. Observé cómo mi abogada, la Licenciada Davies, una mujer cuya calma desmentía una mente afilada como una nava
e. Deslizó los papeles de vuelta sobre la mesa pulida-. Firmó el acuerdo de divo
obló las rodillas, me invadió. Libre. La pala
ecir, mi voz ronc
guntó, sus ojos e
s. Una nueva vida, lejos del alcance sofocante de la élite de la Ciudad de México. Pero primero, un acto final de justicia. Había estado reuniendo en
omo una pluma en mi bolso, pero más pesado que el oro. Mi plan estaba trazado. Empezaba de n
n la luz de las velas, el tintineo de los cubiertos resonando en el espacio cavernoso. Héctor y Anika estaban en la
asiado amplia, demasiado dulce-. ¡Únete a nosotros! Héctor preparó su famo
revolvió. Héctor sabía que no toleraba la comida picante. También sabía que s
mi voz firme-. Solo vine
nte me miró, s
no tocando suavemente su mejilla-. Mi dulce Anika, te ves absolutamente radiante esta n
voneó bajo
elina, te ves un poco pálida. ¿Estás segura de que no deberías comer algo? ¿O quizás un buen tazón de sopa ca
i voz seca. Saqué mi teléfono del bolsillo, toc
a de Anik
no, y caminó hacia mí-. Toma, de verdad deberías probar un poco
alergias eran reales, una reacción severa
. Se abalanzó, forzando e
una probadita. -Su agarre e
aer el tazón. Se hizo añicos en el suelo de mármol, el líquido picante
la había tocado. Se derrumbó en los brazos de Héctor, las lágrimas b
máscara de preocupación por ella. Ni siquiera miró mi piel
Anika, sus ojos lanzándome una mirada triunfante-.
ba caliente, salpicó! -grité, mi vo
e estás molesta, pero herirme deliberadamente... Te perdono, por supuesto, pero fue algo terrible de hacer
u actuación era enfermizamente brillante. Quería gritar, arrancarle su
as lágrimas falsas. El aire fresco de la noche fue un bálsamo para
os cerró el paso. Dos hombres corpulentos, con los rostros enmascarados, me sacaron del vehículo. Grité, pero fue ahogado, perdido en el rugi
una oscuridad fría y opresiva presionándome. El aire estaba cargado de olor a moho y algo más... algo vivo y q
orsionada por un altavoz, resonó
que puedes irte? -Su voz era escalofriantemente tranquila-. Intentast
os pequeños movimientos furtivos. Mi corazón era un pájaro frenético atra
era un sollozo ahogado. Me acurruqué en posició
nuó la voz de Héctor, fría e inquebrantab
agudo salió de mi garganta, crudo y desesperado. Me agité salvajemente, mis manos golpeando mi piel, tratando de desalojar a las criaturas imaginarias
Las palabras eran incoherentes, perdidas en el estruendo de mi propio terror. Pero nadie v
nvadió. El mundo se inclinó, giró. Oscuridad. Me tragó por completo. Pero en ese breve y agonizante momento antes de la inc

GOOGLE PLAY