/0/22402/coverbig.jpg?v=ceedea586e49fccbd2b6c92e43672b17)
mbido agudo y constante. Era el sonido de
purgatorio estéril donde se estaba desangrando. Le habían extirpado el útero, un intento desesperado por detener la hemorragia causada por un fallo orgáni
astre de la muerte, se desviaron hacia el teléfono que so
, espesa por el pánico-. Por favor, su esposa...
iempo de vida que le quedaba a Celaje. Luego, una risita. Era un soni
nosa-. Deja de llamar, Celaje. Das pena. ¿Fingir una emergencia
taba fingiendo, que se estaba muriendo, que el estrés de cinco años de abandono y tre
ás profunda murmuró
preguntó, son
Probablemente está teniendo un ataque de
Desapegada-. Si se muere, llama a la fu
l
un segundo despu
do silencioso y agonizante de arrepentimiento. Arrepentimiento por amar a un hombre que la veía como una molestia. Arrepentimiento por deja
l aire regr
abrieron de golpe, desorbitados y aterrorizados, mirando ciegamente a la oscuridad. Se agarró el pecho, sus dedos cla
ada. Solo piel
llas, un pájaro frenético atrapado en u
tinas de terciopelo, iluminando los contornos familiares del dormitorio principal en la Mansión Baluarte. Pero algo estaba mal. Los muebl
teléfono inteligente de la mesa. Tocó l
de
... el año era c
egó como una ola; llegó como un golpe físico en el estómago. No estaba muerta. Había vuelto. Estaba d
ormitorio se ab
inar sobre cáscaras de huevo, le gritaban que se volvier
una mujer que había sido despedida dos años después en el matrimonio
u voz. Caminó hacia la cama y arrojó la bolsa de ropa-. El señor Ba
rdaba este día. Recordaba
quiere que luzca modesta. Nada llamativo. No qui
un recuerdo aterrador y visceral de la atrofia que había reclamado sus músculos en los meses finales de su vida anterior. Aferró el borde del colchón, con los nudillos blancos, esper
nhalando el aire que no olía a antiséptic
acerla desvanecerse en el fondo, a hacerla lucir deslavada y enfermiza junto a la juventud vibrante de Serafín. En su vida pasada, lo había usa
ocó la tela. Se sent
cia-. Empiece a arreglarse. No ten
criada. Sus ojos, usualmente suaves y suplicantes
por el tubo fantasma que había estado en
desconcertad
s -repitió Celaje,
lento, lo rasgó. El sonido de la tela costosa rompiéndose fue fuerte en l
la boca. -¿Se ha vuelto loca? ¡El
ijo Celaje, arrojando los trapos arruinados a
lbuceó Mar, su rostro poniéndose rojo-.
ante, imponiéndose sobr
s escrituras, junto al de él. Sal de mi vista ant
trado. El ratón le habían crecido colmillos. Aterrorizada, la criada dio me
miró las manos. Estaban temblando, no
arte prefería. Fue hasta el fondo, donde guardaba la ropa de su vida antes de Baluarte: la vida donde
o encontró. Una bolsa de ropa cub
el ci
había comprado en París por capricho, pensando que lo usaría en su fiesta de co
stro que le devolvía la mirada era joven, sin las líneas de
eige "natural" que se había aplicado antes por hábito. Buscó el del
como pintur
en el tocador. U
Quédate en segundo plano. Serafín viene
ía hecho llorar. La había puesto ansiosa, desesperada por compla
un sonido
nado, Baluarte -le s
respuesta. No
de enviarlo. Él no me
a piel, abrazando sus curvas, exponiendo la extensión de porcelana de su espald
erto. Larga vid
GOOGLE PLAY