img El Regreso de la Esposa Despreciada  /  Capítulo 3 Entre el Hierro y el Fuego | 3.53%
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Historia

Capítulo 3 Entre el Hierro y el Fuego

Palabras:1566    |    Actualizado en: 23/03/2026

na incipiente, reflejando las luces rojas y blancas de los semáforos y los flashes esporádicos de los paparazzi que aún acechaban la entrada. Su respi

er esperando estoicamente bajo un paraguas. Junto a la puerta abierta, Alexander sostenía a Valeria por la cintura. Ella se

pedir un taxi y desaparecer en la noche, pero Alexander levantó la vista

ertar a los fotógrafos-. No hagamos una escena en la calle. L

la mujer que había acaparado el corazón de su esposo. Sin embargo, Clara estaba demasiado exhausta para pelear. Ya no le quedaban fuerzas p

a y emocional infranqueable entre él y su esposa. La puerta se cerró con un ruido sordo, aislando el habitáculo del rui

enía de la lluvia que ahora golpeaba con furia contra los cristales tintados

n con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Podía oler el perfume dulce y empalagoso de Valeria mezclándose con la colonia amaderada de Alexander. P

xander era una aguja clavándose en el alma de Clara. E

s ojos. Tres años. Tres años intentando ser suficien

iaparabrisas luchaban por mantener la visibilidad. El chófer condujo con precaución al tomar la

e, todo s

n enorme camión de carga, que había perdido el control sobre el asfalto mojado al sa

s cegadores inundando el interior del

del suelo por la fuerza brutal de la colisión, girando sobre sí mismo antes de estrellarse violentamente contra las barreras de contención del puente.

cesó, el silencio que siguió fue

y el borde del precipicio que daba al río embravecido. La oscuridad dentro del vehículo era

ero un dolor agudo y punzante le atravesó el costado izquierdo. Miró hacia abajo, en medio del caos de sombras y escombros. La puerta de su

rdó un segundo en identificar el olor áspero y químico que

iendo el estupor del momento. Era Valeria-.

jarse. Estaba desorientado, con un corte superficial en la frente que sangraba profusamente sobre

menzaba a filtrarse por las rendijas del motor. Su instinto de supervivencia, y

ngo miedo! -sollozaba Valeria, aferrándos

a insoportable, pero el pánico de morir cal

n susurro quebrado. Tosió, escupiendo sangr

léctricas, sus ojos se encontraron. Clara vio el pánico en la mirada de su esposo, vio cómo evalu

extendiendo una mano temblorosa ha

ículo como si fuera de día. El fuego avanzaba rápido. El tiempo se agotaba. Solo había un

ón requeriría tiempo y fuerza. Luego miró a Valeria, que no estaba atrapada, sino

. No hubo un grito de agonía de su parte, no hubo una lucha desesperada por intentar salvar a las d

, pateando con todas sus fuerzas lo que quedaba de

ro el humo se coló en sus pulmones, ahogan

rabrisas destrozado. Salió del coche arrastrándose sobre el capó caliente, t

su esposo, el hombre al que había amado en silencio durante años, d

lo miró fijamente. La temperatura dentro del coche era ya

ncia, su voz apenas audible sobre el crepitar del

se alejó corriendo con Valeria en brazo

abandonó para que

. El dolor de sus piernas aplastadas palideció ante la fuerza sísmica de aquella traición. Su matrimonio no era de

a dejó caer su cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. Ya no lloraba. Ya no sentía miedo. Mientras la consciencia se le esc

e, el hombre que corría en la distancia iba a

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