img El Regreso de la Esposa Despreciada  /  Capítulo 4 Despertar en el Hielo | 4.71%
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Historia

Capítulo 4 Despertar en el Hielo

Palabras:1607    |    Actualizado en: 23/03/2026

o que Clara recu

ciencia. Bip... bip... bip. Era el sonido aséptico de una máquina, midiendo

alado. Cuando finalmente logró abrir los ojos, una luz blanca y cegadora la obligó a cerrarlos de inmediato. El olor

el destello ciego de los faros del camión. Luego, el crujido ensordecedor del met

uego

lexander se proyectaba en su mente con una nitidez cruel. Lo vio patear el cristal. Lo escuchó decir: "Te sacaré, Val". Sintió de nuevo el calor abrasador de las ll

bios agrietados. No era de dolor físico

una presión punzante en el pecho con cada inhalación; costillas fracturadas. Su brazo derecho y parte del hombro estaban cubiertos por gruesos vendajes blancos, ocultand

que el tanque de gasolina explotara por completo. Pero emocionalmente, la Clara que había subido a ese coche,

a de mediana edad, con el rostro marcado por la fatiga y la compasión, entró

es-. Gracias a Dios. Estábamos muy preocupados. Ha estado en coma inducido durante casi cuarenta y ocho

. Dos días enteros su

habían sido un remanso de calidez y comprensi

ra, su voz apenas

equeño vaso y ayudándola a beber con una pajita. El líquido fresco bajó por su gargan

nfermera, acomodando las sábanas con un cuidado maternal que a Cla

Clara antes de que pudiera detenerlas. Fue un acto

microgestos de la alta sociedad para sobrevivir a las cenas de su suegra, lo captó al instante. La

menzó a decir la enfermera, su tono repentinamente profesional y evasivo-. Vi

ra, su voz ganando un hilo de fue

mente incómoda con la posic

ue fue evacuada a tiempo, pero desarrolló un cuadro severo de shock postraumático y crisis nerviosas continuas. La ingresaron en el ala de recuperaci

oluto. Las máquinas seguían pitando, pero para

n huesos rotos y la piel quemada, al borde de la muerte tras haber sido abandonada por él en un coch

e arrancada de cuajo, llevándose consigo la piel, la carne y cualqu

itos de indignación. En su lugar, las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa dé

ias justificadas. Los aniversarios olvidados. Y el fuego. Todo encajaba en una verdad cristalina e i

jó varios grados, desprovisto de cualquier in

? -ofreció la enfermera, mirándola con una mezcla de lás

or en sus costillas-. Pero necesito mi teléfono personal. Si no está en

a en la cama, la enfermera asintió y sacó un teléfono móvil de su bols

canalizada con vías intravenosas. Sus dedos temblaban ligeramente, no por debilida

tres años. El teléfono dio tres tonos antes de que una voz masculina, gr

Al

suave de la señora Montenegro y adoptando la cadencia segu

otro lado de la línea. Lueg

s, las noticias en Europa acaban de hablar de un acc

r Montenegro no. Escúchame atentamente, Bastien, porque no tengo mucho tiempo antes de que empiec

o. Lo que

n letal-. Quiero que redacten los papeles de divorcio de forma inmediata. Renuncio a cada centavo de la fortuna Montenegro. No quiero sus propieda

sto? Estás dejando sobre l

as cortando el aire de la habitación-. Y otra cosa más. Prepara todo en París. Mis antiguos estudios, los fondos del fideicomis

te encontrará hasta que tú lo decidas. B

as, Ba

quinas, pero ya no le importaba. El fuego había quemado su debilidad, y el hielo en sus venas acababa de forja

a él de lo que era capaz una muje

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