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se ajustó el cuello blanco de su camisa. Le picaba y le apretaba un poco. A sus veintiocho años, era el sacerdote más joven que el pueblo había tenido. Las mujeres mayores siempre murmuraban entr
taba. O al menos, eso era
madera vieja de la parroquia para irse a desca
ella trabajaba ayudando a limpiar la plaza del pueblo solo para ganar unas cuantas monedas. Pero a pesar de no tener ropas finas ni lujos, tenía una sonrisa que iluminaba todo el lugar. Julián siempre sentía algo raro,
a mucho y miraba hacia el suelo. Llevaba un vestido sencillo d
ija? -preguntó Julián. Intentó sonar normal y tranquilo, pero la verda
Padre. Por favor. Es muy urge
ió con la ca
iempre tiene tiempo.
do de la pequeña cabina de madera y se sentó en su silla. Elena entró por el otro lado y se arrodilló. Entre ellos solo había una pequeña rejilla de madera con agujeros. Julián podía oler el perfume de Elena a
ezó Julián, hablando con
-respondió Elena en
scuchar la respiración rápida y nerviosa d
ios te escucha y él no juzga -dijo él, tr
muy triste, como si estuviera a punto de soltarse a llorar ahí mismo-. Me he enamorado, Padre
eso. ¿Eran celos? No, claro que no. Un sacerdote no siente
ulián, usando su tono típico de cura sabio-. ¿Por qué dices que
muy rápido, negando con la cabe
ue te trata mal? -preguntó Julián. Ahora sentía mucha curiosidad. De verdad
ahora muy cerca de la rejilla. Julián podía ver el brillo de sus ojos grandes y marrones en la oscuridad de la ca
en una relación así. Eso solo te traerá mucho dolor a ti y le hará daño a otras pers
os grandes, pienso en su voz cuando habla. Cuando lo veo caminar, siento que me falta el aire para respirar
e dolía mucho escucharla llorar así. De repente, tuvo unas ganas locas de pasar la mano por la
e de tu corazón. Dios te ayudará a olvidarlo con el tiempo. Dime, ¿quién es el hombre?
onfesionario se hizo muy pesado, casi no se podía respirar. Parecía
o Elena de repente. Su voz ya no temblaba para nad
os en el pueblo -preguntó Julián, sin
hombre es us

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