en blanco, como un papel vacío. ¿Qué era lo que ella acababa de d
o mucho. Su voz de cura seguro y firme había desaparecido por comp
mpio la plaza a escondidas solo para verlo pasar cuando usted camina. Sé que usted es sacerdote. Sé muy bien
que salir de ahí en ese mismo instante. Tenía que huir lejos de ella. Pero sus piernas se sentían pesadas y no se movían. Sin
e a frente, en medio de la eno
os de Elena. Estaban rojos, húmedos y un poco hinchados porque ella se los había estado mordiendo de los nervios. Él intentó pensar en Dios, en los votos que hizo, en
jo Julián. Pero no sonó como una orden.
s y me dice que no siente nada por mí -lo retó ella con
mando el aire alrededor. Él sabía perfectamente que debía gritarle, decirle que era una pecadora insolente, echarla de la iglesia a empujones y cerrar la puerta. Pero no pudo hacerlo. N
mucho cuidado. Su piel era tan suave como siempre la había imaginado en sus sueños secretos.
e por esto -susurró
sas de domingo o en ganarse el cielo, se acercó
olpe y se separó de Elena rapidísimo, como si ella lo estuviera quemando con fuego. Empezó a respirar
dose dos pasos para atrás-. ¡Vete, Elena! ¡Vet
ito con la cabeza y salió corriendo de la iglesia hacia l
justo al lado de la iglesia, donde él vivía solo. Entró y cerró la puerta de madera echando el seguro. Se tiró de rodillas frente a un pequeño crucifijo que tenía colgado en su cuarto y empezó a rezar. Rezaba
vio que el cielo de la tarde se había puesto completamente negro. Empezó a llover. Pero no era una llovizna normal de esas que refresca
ue cruzar un camino de tierra que con esa lluvia segura ya se había vuelto un río de puro lodo. Sintió muchísima preocupación en el pecho, pero inte
o frío adentro de la casa parroquial. Julián fue a la cocinita y se hizo una taza de té caliente para tratar de calmar
toc
a contra el techo de lámina. Julián dejó la taza en la mesa y caminó despacio hacia la puerta. ¿Qui
da estab

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