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Historia

Capítulo 3 La Noche del Pecado

Palabras:1491    |    Actualizado en: 23/04/2026

ría agua sin parar, haciendo un charco en el suelo. Temblaba mucho, como una hojita cuando sopla fuerte el viento, y sus labios estaban un poc

se llegar rápido a mi casa, pero el camino se inundó todo. El lodo no dejaba pasar. Tuve mucho

o se olvidó de todos sus rezos, del pecado del beso, del miedo al qué dirán y de todo lo de

o muy preocupado, agarrándola del brazo para meterla a la casa. La piel de la chica esta

penada, mirando sus propios pies. Estaba descalza porque

-Julián corrió a su cuarto y regresó volando con una

decir una palabra. Sus caras volvieron a quedar muy cerca, igual que en el confesionario. Julián intentaba con todas sus fuerzas no mirarla a los ojos. Miraba la toalla, mira

uy fea. Te voy a traer una ropa mía grande para que te la pongas en lo que tu vestido se seca un poco -le dijo

eso y sin aire. Elena se había quitado el vestido mojado y lo había dejado en una silla. Ahora solo estaba envuelta en la manta de l

a y rasposa. Le extendió la ropa estirando el

le resbaló un poquito de un hombro. Julián tragó saliva

para que te calientes por dentro. Cámbiate ahí tranquila

ente. Sentía que se iba a volver loco de la desesperación. Era demasiado castigo para él tener a la mujer de sus sueños casi desnud

la sala. A Julián se le paró el corazón cuando escuc

rodillas casi como un vestido. Las mangas las tuvo que doblar muchas veces para que se le vieran las manos. Se veía mu

s. Al agarrar la taza, sus dedos chocaron por un segundito y los dos sintieron u

n salto del susto y derramó un poquito de té en el suelo. Julián le qui

í adentro estás a salvo -le dijo él hablándole muy

ra y mirándolo a los ojos de forma muy profunda-. Le tengo mucho miedo a la tormenta que siento

a y triste-. Yo soy un sacerdote consagrado. Le hice promesas muy serias a Dios. Hice el voto del celibato. Yo ya no tengo u

el pecho de ella tocó el pecho de él-. Yo solo lo quiero a usted, Julián. Sé que usted me quiere igual a mí. Lo pude sentir cuando me t

ir siempre ser el santo del pueblo, cansado de dormir solo todas las noches, y muy cansado de negar lo que sent

-susurró Julián. Él ya sabía que había pe

-le respondió Elena. Levantó sus dos brazos del

en nada más. Esta vez no fue un besito asustado. Fue un beso lleno de pasión, de ganas acumuladas y de desesperación por todo el tiempo que se habían es

brazos hasta el cuartito pequeño de la casa. La acostó con cuidado en su cama de sábanas blancas. Afuera la lluvia seguía cayendo si

o y se volvieron las manos de un hombre loco de amor. Se entregaron por completo en cuerpo y alma, diciéndose palabras simples y bonitas en la oreja. Para Julián f

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