us y ella, Emma sentía que las paredes de cristal y acero se cerraban a su alrededor. El edificio entero exhalaba una atmósfera de poder as
stas. No había cuadros, ni plantas, ni un solo atisbo de imperfección humana. Aferró la correa de su bolso con fuerza, sintiendo el reco
puerta doble de roble os
as y haciéndose a un lado para dejarla pasar. No entró con ella. Simplemente
Detrás de un escritorio de cristal y metal, recortado contra la torme
sculpidas con la misma dureza del mármol que adornaba su vestíbulo. Sus ojos, de un azul tan claro que rozaba el gris, se clavaron en ella con la
nción social básica. Emma soltó un imperceptible suspiro de alivio; odiaba los apretones
rave, un barítono profundo que resonó en
nte al escritorio, manteniéndose erguida, negándose
l grano para enmascarar su nerviosismo-. Si me permite ver las piezas o el catálogo, pued
guna obra d
nte, seca. El uso de su n
aveta y extrajo una carpeta negra y gruesa, deslizándola so
iendo el ceño-. No entiendo. Me ofrecieron
un tipo de entrega diferente. -Noah entrelazó las manos sobre el escritorio,
ero que vio fue un documento legal con el membrete del bufete Wagn
, Compensación Económica y Ces
areada por la jerga legal, pero las palabras clave saltaban a la vista como luces de neón: *Concepción
untó, alzando la vis
ontrol absoluto de mi junta directiva antes de fin de año. Tú necesitas doscientos cincuenta mil euros para trasladar a Heidi Meyer
amente cuánto necesitaba y para qué. Había investigado
e. La silla raspó violentamente contra el suelo-. Esto es...
puesta a huir de aque
o-. Sal por esa puerta, regresa al hospital Charité, siéntate en esa silla de vinilo y observa cómo desco
mo puñaladas directas a su corazón. Se giró lentamente,
cil aplastada por la desesperación-. Hay agencias. Hay cientos de mujeres dispuesta
scópico, los fantasmas de su propio pasado rugieron en su mente: el humo, el fuego, el nombre *Hoffmann
s, y sobre todo, discreción -mintió Noah con fluidez profesional-. Tu perfil encaja. Eres joven, sana, no tienes lazos románti
levara una vida en su vientre, la suya y la de él, para luego arrancársela de los brazos. Le estaba pidiend
ndo consuelo en el tacto áspero de su propio abrigo-. No puedo
ente alrededor del escritorio hasta quedar a un par de metros de ella. Su presencia era abrumadora-. En el momento en que des a l
alma, pero un salvavidas para Heidi. Pensó en la suave voz de su tía cantándole cuando era niña, e
untó Emma, sintiendo que su corazón, bondados
oj de pulsera con e
asta el mediodía para firmar este documento y someterte a las pruebas médicas iniciales en
a, mirándolo con un odio rec
tro de ofensa en su tono. Volvió a sentarse y retomó su tableta, descartándola visualmente-
iendo de la oficina, huyendo del rascacielos como si el mismo diablo la estuviera persiguiendo. No sabía que

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