img El secreto del Vientre de hielo  /  Capítulo 4 El Latido Oculto | 25.00%
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Historia

Capítulo 4 El Latido Oculto

Palabras:1636    |    Actualizado en: 22/06/2026

ngelado. Tras la partida de Damián y el doctor Harrison hacia la ciudad con las dos incubadoras que transportaban a Alistair y Bastian, la residencia m

ro quirúrgico. Había sido cubierto con una sábana médica estéril, etiquetado fríamente como "óbito fetal" y dejado a la espera de que el equipo del turno matu

he no estaba completamente bajo el

ido a la urgencia del parto prematuro. Durante la cirugía, había observado con una mezcla de impotencia y asco cómo Harrison y la anestesióloga reducían los esfuerzos de reanimación del tercer bebé a una burda coreografía ensayada en cuanto el monitor mostró una ca

meras jefe estaban abajo, ocupadas con el inventario y los rep

temblorosos. El pequeño bebé estaba pálido, casi azulado, y su piel se sentía alarmantemente fría. Sin embargo, cuando Mateo apoyó dos de sus dedos sobre el minú

rren aquí -susurró Mateo, la

a ocultado en el bolsillo de su bata antes de que Harrison cerrara el botiquín de narcóticos. Limpió las vías aéreas del recién nacido con una sonda manual y comenzó a

le corría por la frente, nublándole la vista. Cargó la microdosis de epinefrina y la aplicó con pulso firme a través del cordón umb

llorando al otro lado de la pared. No te qu

ocurrió

ionó de inmediato, cubriéndole la boca suavemente con una gasa estéril para amortiguar el sonido antes de que alguna enfermera en el pasillo pudiera escucharlo. El color rosado comenzó a retornar lentamente a la piel del ni

Harrison o Damián Vance se enteraban de que el niño había sobrevivido, se lo arrebatarían a Miranda de inmediato y lo encerrarían en la misma jaula de o

r, la encontró sentada al borde de la cama, con la mirada perdida en el vacío y las mejillas surcadas

Mateo, cerrando la puerta

eza. Su voz sonó muerta, despojada

uitaron todo. No queda nada

mochila de lona con cuidado y extrajo el pequeño bulto envuelto en la manta tér

pulmones al ver el rostro del recién nacido. Su instinto maternal, ese que los sedantes y las

, el corazón saltándole en el pecho-.

el señor Vance dieron la orden de descartarlo en cuanto el pulso bajó. Lo dieron por muerto para no lidiar con un tercer hered

brotó de los ojos de la madre. Lo apretó con una delicadeza infinita, besando su frentecita pálida mientras el calor de su cuerpo estabilizaba la temperat

s, el nombre brotando de lo más profu

o tenemos tiempo. Si se quedan aquí hasta el amanecer, las enfermeras descubrirán que el cuerpo no está en la b

nación feroz y salvaje. La madre sumisa que había firmado el contrato de hierro había muerto en

ella, poniéndose de pie a pesar del do

la cirugía. Miranda acomodó a Caleb contra su pecho, ocultándolo debajo de la holgada chaqueta del uniforme. Mateo la guió a través de la sa

pio vehículo particular, un auto viejo y común que jamás llamaría la atención de los hombres d

dito que los Vance puedan rastrear -le advirtió Mateo, con los ojos empañado

e por nosotros -respondió Miranda, su voz son

tras aceleraba hacia la autopista en dirección al norte, dejando atrás la silueta imponente de la residen

con éxito. No sabían que Miranda se llevaba consigo el secreto más grande de la dinastía. El contrato de hierro se había roto en las sombras. Ella regresaría algún día por los

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