xacto de su dueño: inmenso, minimalista, frío y diseñado para intimidar. Las paredes de cristal ofrecían u
das a la espalda, observando el tráfico diminuto. Sobre su imponen
l tenso silencio del despacho. El asistente mantenía una postura rígida, aunque en el fondo sentía una punzada
no se
todas las la
ados se asegurarán de que quede sepultada bajo litigios durante décadas. No obten
ticipación cruel-. Quiero ver su rostro cuando se dé cuenta de que su brillante pla
na, un golpe seco resonó en la pue
de una blusa blanca abotonada hasta el cuello. Su cabello oscuro estaba recogido en un moño severo, sin un solo mechón fuera de lugar. No u
con pasos silenciosos pero seguros. No se detuvo a admirar el lujo obsceno del despacho, ni
acia atrás con arrogancia. No le ofreció asiento. Querí
ra una sanguijuela -escupió Javier, sin mo
ro permaneció como una másc
y media -respondió ella con una voz carente
tó a Javier. Farsa, pensó. Todo es una
ta de cuero a través de la superficie de mármol h
o -ord
acia la carpeta, pero n
avier, su voz resonando en la inmensidad del despacho-. Ya que te aprovechaste de la demencia de mi abuelo pa
rápidamente las primeras líneas, pero antes de que pudiera procesarlas, Javier comenz
s acceso a mis cuentas bancarias, tarjetas de crédito, ni propiedades. No recibirás una asignaci
la página
sión Montenegro, porque el testamento exige que cohabitemos. Sin embargo, ocuparás la antigua habitación de servicio en el extremo del ala o
lágrimas de indignación o, al menos, una rabieta exigiendo los derechos que toda cazafortuna
lo cuando se te pregunte, sonreirás a las cámaras y mantendrás la ilusión intacta para proteger las acciones de la empresa.
hasta que solo el ancho del escritorio los separaba.
rtante, Camila. Cláusul
. Una punzada fantasma ardió en su espalda, justo sobre la masiva cicatriz de quemadura que llevaba oculta
o interfieres. Tienes estrictamente prohibido dirigirle la palabra, molestarla, o siquiera mirarla de manera incorrecta. Si me entero de que
o que la máscara de Camila finalmente se rompiera y mostrara los
que Javier jamás le creería. Quince años de maltratos habían asesinado cualquier esperanza en su interior. Ya no quedaba nada del amor
tomó la elegante pluma estilográfi
in regatear una sola cláusula,
ego la segunda. Su pulso era firme, su letra clara. Firmó la renuncia a su dignidad, a su comodidad y a
le dolieron los dientes. Aquello estaba mal. Todo en su reacc
sumisión absoluta de la mujer no encajaba con el perfil de una extorsionadora
a carpeta con un suave golpe. Colocó la pluma de vu
s ojos oscuros en los de Javier. Eran pozos de h
y fría como el clima exterior-. ¿Hay alguna otra humillación en t
quería sacudirla hasta obligarla a mostrar su verdadera cara. Pero antes
. Trata de ser puntual -añadió ella sin
se cerró tras ell
de cuero firmada. Había ganado. La había acorralado y despojado
puntos, Javier Montenegro no sintió ni una pizca de triunfo. Solo sintió una furia sorda, ard

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