a gris que parecía haberse instalado en la ciudad como un presagio. En el interior del opulento sedán, la
ura presencia de Javier y la palpable tensión, había apresurado las firmas. No hubo beso. No hubo felicitaciones. Apenas la tinta se secó sobre el papel que le garantizaba
ento trasero, separados por un abismo de ren
xclusivas, rodeadas de altos muros de piedra y seguridad privada. Sus manos reposaban sobre su regazo, entrelazadas con fuerza para evitar que el
ojo hacia la mujer que ahora era legalmente su esposa. Esperaba verla observando maravillada el lujo del vehículo o la imponente ruta hacia su nueva vida
un camino empedrado, flanqueado por cipreses centenarios, hasta detenerse frente a la fachada principal. La residencia era un palacio mo
io paraguas negro. Javier descendió, ajustándose los puños del traje. Benito hizo ademán de rodea
ta, asegurándose de que Camila lo escuchara a trav
su cabello oscuro. Agarró su única pertenencia, una pequeña y gastada maleta de lona que contenía tod
a calle. El vestíbulo de la mansión era un espectáculo de ostentación: suelos de mármol negro reluc
da de doce personas que aguardaba en el centro del vestíbulo. Era el personal de servicio de la mansión.
aja, en una muestra de res
oz autoritaria mientras Benit
ndió el ama de llaves con una reverencia rí
s de los empleados. La joven, con su ropa mojada, su maleta barata y su postura defe
para que resonara en las inmensas paredes de mármol-. Esta mujer que ven aquí se llama Camila Valdés. A l
desprecio. Las lágrimas y mentiras de Isabel eran conocidas por todos en ese círculo; la dulce y rubia salvadora de Javier se había encargado
supuesto, nadie preparará sus comidas. Si tiene hambre, cocinará con sus propios ingredientes en los horarios en que la cocina principal esté vacía. Si ensucia a
lzando la barbilla y dirigiendo una mi
ón en su rostro. Quería verla quebrarse, quería ver lágrimas de impote
ta de reacción-. Y luego, desaparecerás de mi vista. Benito, a mi desp
escalinata de cristal, seguido por su leal asistente
a cargar su maleta. Simplemente le dieron la espalda, murmurando entre ellos y volviendo a su
deteniéndose a un metro de distancia
secamente, dán
siquiera utilizaron el reluciente ascensor de servicio. Marta la guio a través de un interminable laberinto de
una estrecha escalera de caracol de servicio que olía a humedad y encerado viejo. Llegaron al niv
final del lúgubre pasillo. Abrió la cerradura oxidada con un empujón fuerte y enc
ero el calentador de esta sección se estropeó hace tres años y el señor no ha considerado necesario repararlo. No salga de esta zona después de
metálica y una pequeña cómoda descascarada. No había ventanas reales, solo un pequeño tragaluz en la parte superior de una de
mansión, una jaula de castigo di
a, su voz neutra y educada, lo que p
ró la puerta de un golpe sordo y dejó a
e estoicismo se fracturó por una fracción de segundo. Soltó la maleta en e
ante que nacía en el lado izquierdo de su espalda. El estrés y la humedad siempre despertaban el tormento físico de la inmens
al que una vez amó con la inocencia de la infancia, el hombre al que le entregó su vida, su salud y su futuro, la acababa de encerrar en las entraAbrió su maleta, sacó un tubo de crema médica casi vacío para quem

GOOGLE PLAY