Libros y Cuentos de Sisi Qingwang
El Pacto Roto Por La Envidia
La envidia era una bestia sedienta en nuestra comunidad, siempre hambrienta de lo que otros poseían. Nunca pensé que sus colmillos se clavarían en mi carne, en la de Estela y en la de nuestras vidas. Nos ofrecieron, a mi hermana gemela Estela y a mí, a los hermanos Vázquez, Marcelo y Efraín, como un sacrificio, un pacto. Parecía un cuento de hadas retorcido, una bendición. Pero la envidia, esa misma envidia que nos elevó, nos arrastró en picada hacia la tragedia más oscura, un abismo del que no creí que saldríamos. Estaba embarazada de cinco meses cuando unos hombres armados nos interceptaron a mi hermana gemela y a mí en medio de la noche. Aterrorizada, marqué el número de mi esposo, Marcelo, una y otra vez, suplicando por nuestras vidas. Pero él me colgó, furioso, porque estaba ocupado consolando a su "hermanita" adoptiva, Daniela, por un simple corte en el dedo. "¡Deja de hacer drama y no me molestes! Daniela está asustada y me necesita." Esa fue la última vez que escuché su voz antes de que los golpes me hicieran perder a nuestro bebé. Mi hermana Estela, mi leona, se interpuso para protegerme y le destrozaron la pierna con una barra de hierro, acabando para siempre con su carrera de bailarina. Cuando despertamos en un hospital público, solas y rotas, descubrí que Marcelo y su hermano estaban en una clínica de lujo, cuidando a Daniela como si fuera de cristal. Para colmo, Marcelo me acusó de haber "deshecho" a nuestro hijo a propósito solo para manipularlo por celos. El dolor se convirtió en una frialdad absoluta. Me limpié las lágrimas, firmé los papeles de divorcio y me dirigí a la policía para contar toda la verdad. Lo que Marcelo no sabía era que, al caer los secuestradores, confesarían que la dulce Daniela fue quien ordenó nuestra ejecución.
Me Abandona Cuando tenga Segunda Oportunidad
Renací a los dieciocho años en un sofocante verano noventero, con la mente de una ingeniera de software de treinta y tantos, anclada a la promesa de un amor predestinado. Ricardo, el prometido de mi vida pasada, el hombre por el que lo sacrifiqué todo, también había renacido. Hoy, día de su tan esperado regreso triunfal de la universidad, mis esperanzas se hicieron añicos de la forma más brutal. Ante una multitud jubilosa, no me buscó a mí, sino que se arrodilló frente a María, la hija del dueño de la fábrica y la "Reina de Belleza" local, pidiéndole matrimonio con un anillo deslumbrante. Cada recuerdo, cada momento que yo atesoré como prueba de su amor, se desvelaba como una cruel ilusión, parte de su obsesión por María. Fui su plan B, su escalón, la tonta que creyó en un amor que nunca fue suyo. Entonces, la verdad me golpeó con una claridad helada: Ricardo renació para conseguir lo que antes no pudo, usando el conocimiento del futuro para ascender, no por nosotros, sino por ella. Mi dolor se transformó en una ira gélida y decidida. Si él usó su conocimiento del futuro para conseguir a la chica de sus sueños, yo usaría el mío para construir mi propio imperio. Iba a recuperar todo lo que había perdido, empezando por mi propio futuro, sin él.
Me Toca a Disfrutar La Vida
Morí en la cama del hospital, con el olor a desinfectante en los pulmones. Cáncer de hígado en etapa terminal. Mi muerte fue el culmen de tres años de infierno, de servidumbre disfrazada de amor, soportando a mi "enfermo" esposo y a su "amada" -mi supuesta amiga, Yolanda. Había sido su sirvienta personal, limpiando, cocinando, y soportando los arrebatos de un hombre que simulaba Alzheimer, mientras mi propia salud se desvanecía. En mi lecho de muerte, con mi hija Luciana a mi lado, escuché la verdad que me destrozó el alma: Máximo y Yolanda se reían y hablaban de casarse, y de cómo Luciana era una "estúpida" por creer que Yolanda era su "verdadera madre". Su risa fue la respuesta de Máximo. Él nunca estuvo enfermo. Era todo una farsa para tenerme sirviéndoles sin quejas. El dolor físico desapareció, reemplazado por la fría comprensión de una traición monstruosa. Mis últimos segundos de vida se llenaron de rabia y desesperación. Pero en lugar de la oscuridad, abrí los ojos. No había olor a desinfectante, sino a jamón y mariscos, y la luz del sol sevillano inundaba mi salón. Estaba de pie, con un delantal, en medio de una fiesta. Yolanda y Máximo estaban allí, y mi hija me pedía más sangría, como si fuera mi jefa. Era el día en que todo comenzó. La fiesta de bienvenida para Yolanda. La Sangría, roja y fría en mi mano, se convirtió en mi arma. Levanté la mano y se la arroje a la cara. "Estoy empezando a vivir", les dije, y por primera vez en años, sonreí de verdad.
La Leona Renacida
El acero helado en mi costado, la sonrisa de Sofía susurrando "todo es mío", y luego, la oscuridad. Así terminó mi vida anterior, la de Isabela Montoya, legítima heredera. Pero al abrir los ojos, el sol andaluz me cegó. Estaba viva. Era el día de mi fiesta de presentación, la misma celebración que precedió a mi muerte, y allí estaban todos: mi prometido Alejandro, mi hermano Mateo y, a su lado, Sofía, usurpando mi lugar. Intenté desenmascararlos, pero me tildaron de loca. Alejandro me abofeteó. Javier, quien me apuñaló, ahora me atacaba de nuevo. Ricardo, el abogado de la familia, se alió con ellos, y mi tía Elena se quebró. Caí sujeta, mis manos destrozadas por una barra de hierro, Sofía ordenando que me marcaran el rostro con un hierro candente. El pánico me invadió. ¿Sería destruida de nuevo por los mismos que amaba, mientras mi madre yacía en coma? Una desesperación fría y afilada me invadía. Pero en ese abismo de dolor, mi plan desesperado se materializó. Justo cuando el hierro candente se acercaba a mi piel, una voz poderosa resonó, helando la sangre de todos: "¿QUIÉN SE ATREVE A TOCAR A UNA MONTOYA?". Era ella. Carmen "La Leona" Montoya. Mi madre, despertando para purgar la traición.
