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Mis ojos se abrieron a la oscuridad, al frío gélido de una celda de piedra, un dolor sordo y constante que se había adherido a cada hueso, a cada parte de mi ser. Había perdido la cuenta de los días, o tal vez eran años, en este infierno donde solo existía el sufrimiento. Valeria, mi mejor amiga en otra vida, entró, su rostro ahora un mapa de desprecio, sus ropas un insulto de seda y joyas. "Mira cómo has quedado, Sofía," dijo ella, su voz dulce, pero cargada de veneno, "¿todavía sueñas con que Ricardo vendrá a salvarte? Qué tonta." Me arrodillé, encadenada, observando una imagen flotante y cruel: mis padres, ancianos y frágiles, azotados en un campo de trabajos forzados. "Les dije que tus padres eran traidores," explicó Valeria con calma, como si hablara del clima, "la gente se lo creyó, y ahora pagan por tus crímenes. ¿No es justo?" El mundo se derrumbó. Un grito desgarrador escapó de mi garganta, un sonido animal de puro dolor. Ricardo, mi prometido, el hombre por el que lo sacrifiqué todo, entró, y creyó su farsa. Me arrastraron, apenas viva, mientras Ricardo me condenaba a un castigo atroz, por la mujer que me había robado mi vida, mi amor, mi futuro. Reviví la verdad: le entregué mi diseño, mi alma, para elevarlo. Él se llevó la gloria, y con Valeria a cuestas, encubrieron un asesinato, el de Miguel, mi ex novio, a quien culparon de un accidente provocado por ellos. Todo lo perdí: mi nombre, mi libertad, mi cordura. Fui su juguete, su sacrificio. Entonces, la última humillación: mi carne y mi sangre convertidas en una sopa, servida al hombre que amé, para sellar su nueva vida, mientras la mía yacía hecha pedazos. Pero el tormento renació en odio puro. Mi alma, desgarrada, se levantó en ira, una furia primordial que clamaba venganza. Luché, no por piedad, sino por la aniquilación de mis verdugos. Arrastrada a la Plaza de las Almas, encadenada, recibí el Látigo de las Mil Agonías. Cada golpe reventaba mi espíritu. Pero, con cada agonía, una parte de mí se liberaba. El amor y el odio se evaporaron. Ahora solo quiero escapar. Bebí del Agua del Olvido. Me lancé al Pozo de la Reencarnación. Renací como Lía. Libre, pensé. Pero este nuevo mundo, esta nueva vida… ¿Era una bendición o solo otra cruel broma del destino? Porque Ricardo ha regresado. Y no, no es una coincidencia. Me busca. Dice que me protegerá, que ha cambiado. Pero un escalofrío me recorre el alma cada vez que lo veo. Mi pasado me persigue, un eco de horror que se niega a morir. Ahora, ¿cómo puedo escapar de un destino que parece empeñado en atarme a mi torturador?
ALEXIA CUEVAS POV: Estaba en la prueba final de mi vestido de novia, a solo unos días de casarme con el amor de mi vida, Mauricio. De repente, mi organizadora de bodas recibió una llamada. Su rostro palideció. "Señorita Cuevas", me dijo con voz temblorosa, "me acaban de llamar para cambiar el nombre de la novia en las invitaciones... por el de Ida Juan". Ida era su "amiga", la misma a la que vi a Mauricio arrodillarse en nuestra propia fiesta de compromiso. En un bar, lo escuché decirles a nuestros amigos: "Alexia es mi obligación, pero Ida es mi placer". Incluso cuando me caí por las escaleras, él y sus amigos simplemente se dieron la vuelta y continuaron su fiesta, dejándome tirada. No solo me traicionó, sino que planeaba robar mi fecha de boda, mi salón y hasta el diseño que yo había creado. Pensó que yo era una tonta, una víctima que aceptaría posponer todo para que él pudiera casarse con su amante en mi lugar. Pero se equivocó. Fui con mi padre y le dije: "Quiero que arregles mi boda. Para la misma fecha. Pero con Antonio Díaz".
Todos sabían que el Alfa Lucian Stone me amaba intensamente. Preocupado de que mi tipo de sangre raro pudiera causar complicaciones durante mi recuperación después del accidente automovilístico, él buscó específicamente una donante de sangre viva, su nombre era Rosalie Hayes. Todos los días le extraían una cantidad de sangre significativa de 400cc para mantener nuestra reserva de emergencia.
Estaba muriendo en el banquete, tosiendo sangre negra mientras la manada celebraba el ascenso de mi hermanastra, Lidia. Al otro lado del salón, Caleb, el Alfa y mi Compañero Predestinado, no parecía preocupado. Parecía molesto. —Ya basta, Elena —su voz retumbó en mi cabeza—. No arruines esta noche con tus mentiras para llamar la atención. Le supliqué, diciéndole que era veneno, pero él simplemente me ordenó salir de la Casa de la Manada para no ensuciar el piso. Con el corazón destrozado, exigí públicamente la Ceremonia de Ruptura para romper nuestro vínculo y me fui a morir sola en un motel de mala muerte. Solo después de que di mi último aliento, la verdad salió a la luz. Le envié a Caleb los registros médicos que probaban que Lidia había estado envenenando mi té con acónito durante diez años. Él enloqueció de dolor, dándose cuenta de que había protegido a la asesina y rechazado a su verdadera compañera. Torturó a Lidia, pero su arrepentimiento no podía traerme de vuelta. O eso pensaba él. En el más allá, la Diosa Luna me mostró mi reflejo. No era una inútil sin lobo. Era una Loba Blanca, la más rara y poderosa de todas, suprimida por el veneno. —Puedes quedarte aquí en paz —dijo la Diosa—. O puedes regresar. Miré la vida que me robaron. Miré el poder que nunca pude usar. —Quiero regresar —dije—. No por su amor. Sino por venganza. Abrí los ojos y, por primera vez en mi vida, mi loba rugió.
Durante cinco años, reprimí mi sangre de Loba Blanca Real para ser la "Pareja Elegida" de Sam. Esperé una Marca que nunca llegó. Corté los lazos con mi poderosa familia, aceptando un certificado de papel en lugar de un vínculo del alma, todo porque lo amaba. Pero mi sacrificio no valió nada. Sam trajo a su amante, Lily, y a una niña a la casa de la manada, obligándome a aceptarlas. Afirmó que la niña era suya porque yo era "estéril", humillándome para proteger su frágil ego. La traición se volvió mortal durante el desayuno. Lily puso Acónito en mi comida y luego se cortó el pecho para incriminarme. Cuando Sam entró corriendo, no verificó los hechos. Me inmovilizó contra la pared por la garganta, ignorando cómo se cerraban mis vías respiratorias mientras el veneno hacía efecto. —Si ella muere, tú mueres. Me arrojó al suelo como si fuera basura y llevó a su amante al hospital, dejándome asfixiar sola. Tuve que arrastrarme hasta mi habitación, arañando las baldosas del suelo, para alcanzar el antídoto que mi padre me había dado hace años. Mientras vomitaba la toxina, lo último de mi amor por él fue purgado junto con ella. Me levanté y caminé hacia el jardín de rosas del patio trasero, el símbolo de nuestro matrimonio. Lo rocié con gasolina y encendí un fósforo. Antes de que llegaran los Guardias Reales para llevarme a casa, clavé una carta de rechazo en la puerta principal con una daga. "Te rechazo, Sam. Y por cierto, revisa tus viejos expedientes médicos. Tú eres el estéril".
Mi nombre es Elara, o al menos lo era antes de que la muerte me convirtiera en una sombra atrapada entre mundos. Floto, invisible, en este purgatorio de dolor, viendo cómo el hombre que amaba, Liam, yace destrozado en el frío suelo. Su lealtad inquebrantable a mi "secreto", mi supuesta muerte, lo condenó a una brutal ejecución a manos de Lord Valerius, el mismo hombre que una vez me juró amor eterno. Pero la locura de Valerius apenas comenzaba, alimentada por los venenosos susurros de Seraphina. Ella, la víbora disfrazada de cortesana, lo manipuló para que creyera que yo era una traidora, que mi muerte fue una artimaña para robarle. Con cada palabra, tejía una red de engaños, convirtiéndolo en su marioneta sedienta de sangre. Presencié, impotente, cómo mi hogar ardía, cómo mi familia era masacrada sin piedad, desde mi noble padre hasta mi pequeño hermano, Tomás. Fue una aniquilación despiadada, una tragedia que superaba cualquier pesadilla. Mi sacrificio, mi mentira para protegerlos, se convirtió en el arma que Seraphina usó para destruirlos a todos. ¿Cómo pudimos estar tan ciegos? ¿Cómo permitió Valerius que el orgullo y el dolor lo transformaran en semejante monstruo? ¿Y por qué, incluso después de mi profanación, la verdad seguía siendo tan difícil de alcanzar? La masacre de mi linaje no le trajo paz a Valerius, solo un vacío más profundo. Pero entonces, un hálito de esperanza, una última chispa de resistencia... mi padre, moribundo, se arrastró hacia mis restos, revelando la terrible verdad tras el veneno que me mató: el Loto Negro, la firma de los Volkov. Valerius, al fin, destrozado por la verdad, se dio cuenta de que Seraphina era una espía, la verdadera arquitecta de su miseria y de la caída de su reino. El cuerno de guerra sonó. El reino se desmorona, una víctima más de esta red de engaños. Ahora, Valerius busca venganza, una última voluntad. ¿Podrá, incluso en su desesperación, hacer justicia o solo añadir más sangre a este río de tragedia? Seraphina ha subestimado una verdad dolorosa: la que se esconde detrás de la traición y la muerte.
La puerta de mi vieja casa de campo se abrió de golpe, revelando la imagen que había intentado borrar por tres años. Allí estaba Ricardo Vargas, con su sonrisa arrogante y a su lado, Camila, su "prima", aferrada a él como una garrapata, mirándome con una mezcla tóxica de lástima y triunfo. Tres años. Tres infernales años desde que Ricardo me exilió aquí, al campo, para "aprender modales". "Sofía, mi amor", dijo con una falsa calidez que me revolvió el estómago. "Hemos venido a buscarte. Ya es hora de que vuelvas a casa". ¿Volver a casa? ¿Con ellos? La antigua Sofía, la huérfana "afortunada" que se arrastraba por las migajas de su atención, quizá lo hubiera hecho. Pero esa Sofía murió el día en que Ricardo me humilló frente a todos, ignoró mis súplicas y me calificó de desagradecida. Murió el día en que su indiferencia destrozó el único recuerdo de mi madre, un simple brazalete de plata que para mí valía más que toda su fortuna. Murió el día en que las palabras de Ricardo resonaron en mi cabeza: "Eres una huérfana, Sofía. Sin la familia Vargas, no eres nada". Esa Sofía ya no existía. "Lo siento, Ricardo", respondí, mi voz serena y clara, saboreando el momento. "Pero creo que hay un malentendido". Levanté mi mano izquierda, dejando que la luz del atardecer se reflejara en el sencillo pero elegante anillo de bodas que adornaba mi dedo. "Ya estoy casada". El silencio fue absoluto. Sus sonrisas se congelaron, la arrogancia de Ricardo se desvaneció, y Camila se quedó con la boca abierta. El juego había terminado. Y yo no era la que había perdido.
El dolor era una niebla espesa y punzante que me envolvía, cada hueso de mi cuerpo se quejaba, mi vientre era un eco vacío. Entre la neblina, filtré voces familiares, la tensa de Alejandro, mi esposo, y la cortante de mi suegra. "¿Estás seguro de que nadie sospecha nada, Alejandro? Un accidente en las escaleras, justo ahora... es demasiado conveniente.", dijo ella. "Tranquila, mamá. El médico es de confianza. Dijo que fue un resbalón desafortunado, común en su estado.", respondió él, y la verdad me golpeó. No tropecé, alguien me empujó. "¿Y el... problema? ¿El bastardo?", escuché a mi suegra sin pizca de emoción. Un silencio pesado. "El problema está resuelto, mamá. Ya no existe.", sentenció Alejandro con un susurro mortal. Mi bebé. Mi hijo. Mi mano voló a mi vientre, pero el bulto de ocho meses había desaparecido, dejando solo un vacío doloroso bajo la delgada sábana de hospital. Un sollozo roto escapó de mí. Mi amor y confianza en Alejandro se hicieron añicos. Todo era una farsa. "Bien hecho, hijo mío. Ese niño nunca debió nacer. Mancharía el apellido Vargas. Ahora solo queda el hijo de Camila, un heredero de pura sangre.", añadió Doña Elvira. ¿Camila? Su asistente. Ella tenía un hijo de él. "Para que no haya más... accidentes... ni sorpresas, el doctor le administrará un medicamento. Algo fuerte. La dejará limpia. Estéril.", escuché a Alejandro. Mi hijo me había sido arrebatado, y también la posibilidad de volver a ser madre. Luego, la segunda voz. "Nadie sabrá jamás que tú la empujaste por las escaleras." No fue él. Hizo que alguien lo hiciera. Pagó para matarnos. El dolor físico se volvió insignificante. Me mordí el labio, el sabor a sangre llenó mi boca. Tenía que fingir. Pero esa Sofía, la ingenua y confiada, acababa de morir junto con mi hijo. En esa cama de hospital, rodeada de traición, nació una nueva mujer. Debía escapar. Sobrevivir. Y un día, por la Virgen de Guadalupe, Alejandro Vargas y sus cómplices pagarían. Cerré los ojos, una lágrima silenciosa, esperando mi momento.
Llevaba un termo con estofado de venado a la quinta privada de mi prometido, preocupada de que estuviera estresado por la fusión de nuestras manadas. Pero en lugar de un retiro de meditación, entré a una pesadilla. A través de los ventanales, vi a Iván jugando en la alfombra con un hijo secreto, mientras una mujer llamada Kiara observaba como una reina. Me quedé helada cuando la voz de Iván flotó a través del cristal. —Eliana es solo un peón. Huele a hospital y a miedo. En cuanto consiga el territorio, la rechazaré. Mi corazón se hizo añicos, pero el dolor se agudizó cuando se rio de mis padres. —Sus papás pagan por esta quinta, Kiara. Ellos lo saben. Prefieren una alianza fuerte que una hija que es una decepción. Mis propios padres me estaban drogando para robarme mis patentes médicas. Creían que era débil. Creían que solo era una Sanadora sumisa. Me sequé las lágrimas y abrí su caja fuerte con los códigos de administrador que él olvidó que yo instalé. Tomé los registros financieros, las pruebas de ADN falsas y los acuerdos de robo. Esa noche, en la fiesta de cumpleaños de su hijo secreto, no llevé un regalo. Llevé un proyector. Reproduje su confesión para todo el Consejo, rompí el vínculo de compañeros en público y desaparecí en el Norte. Seis meses después, un Iván arruinado y sin hogar se arrastró hasta mi clínica, rogándole a la legendaria Loba Blanca que lo salvara. Levantó la vista, sorprendido de verme allí, brillando con un poder plateado. —Rechazaste el don de la Diosa Luna —sonreí, dejando que mi aura de Alfa lo aplastara contra el suelo—. Ahora, lárgate.
La carta de rechazo de la escuela de seguridad privada llegó un martes. Decía claramente que la única plaza asignada a mi hijo, Daniel, había sido ocupada por otro niño. Mi esposo, un Capo de alto rango, había renunciado a la protección de nuestro hijo para darle lugar al bastardo de su amante. Se burló de mí, llamando a Dani "blandengue", y lo envió a una cabaña sin vigilancia en la sierra para que se hiciera hombre. Tres días después, los rusos se lo llevaron. Cuando llegó el mensajero, no había ninguna petición de rescate. Solo un paquete que contenía un trozo de algodón azul con un T-Rex verde, empapado en sangre negra y tiesa. Tomás no derramó ni una lágrima. Se sirvió un Buchanan's, pasó por encima de mí mientras yo lloraba en el suelo y me culpó por haber consentido tanto al niño. Abrumada por el silencio de una casa que nunca más oiría la risa de mi hijo, me tragué un frasco de somníferos para escapar del dolor. Pero la oscuridad no duró. Desperté jadeando, con el corazón martilleándome las costillas. La luz del sol me golpeó en la cara. —¿Mami? Dani estaba en el umbral de la puerta, con su pijama de dinosaurios, entero y vivo. Miré el calendario. Era 15 de mayo. El día que llegó la carta. El dolor en mi pecho se calcificó hasta convertirse en una furia helada. Yo sabía del desvío de fondos. Sabía de la farsa de la viuda. Sabía exactamente cómo enterrar a mi marido. Tomé el teléfono y marqué el único número que ninguna esposa debía llamar directamente: el del Ejecutor. —Tengo pruebas de traición —dije—. Y voy a llevarlas.
Mi suegra y yo dimos a luz el mismo día, a la misma hora, a dos varoncitos. Fue una coincidencia extraña que marcó el inicio de todo, pues ella no tenía leche y mi hijo, Jorge, podía tomar fórmula, así que ofrecí amamantar a Ricardo, el hijo de mi suegra. "¡Qué indecente!" , siseó ella, y mi esposo, Carlos, me cuestionó si estaba loca. Cuando Ricardo resultó ser alérgico a la fórmula, no tuvieron más remedio que aceptar mi ayuda de mala gana. Desde ese día, crié a Ricardo como si fuera mío, dándole lo mejor. Mientras tanto, mi propio hijo, Jorge, comía sobras y vestía ropa vieja, dejándose la escuela para trabajar en una maquiladora por un sueldo miserable. Dieciocho años después, en la gran fiesta de cumpleaños de Ricardo, le revelé que había ahorrado un millón de pesos para su universidad. Fue entonces cuando Jorge, con el teléfono en mano, interrumpió la celebración transmitiendo en vivo para exponer a la "madre monstruosa" que yo era. Me acusó de darle todo a Ricardo, "¡A él le contrataste un tutor que cobraba mil pesos la hora, y a mí me decías que mis calificaciones eran una porquería y que seguir estudiando era un desperdicio de tiempo y dinero!" . Me humilló diciendo que yo amaba a Ricardo de una forma "retorcida" y "pervertida" , que nos quería ver juntos. Mi suegra, quien me odió en silencio por años, aprovechó para incitar a Carlos a divorciarse de mí. "¡Lárgate! ¡Vete! ¡La familia Gómez no te quiere, escoria!" . Me empujaban mi suegra y mi propio hijo mientras Carlos imprimía el acuerdo de divorcio. Pero yo solo sonreí. No sabían que había esperado dieciocho años por este día. El día de mi venganza había llegado, y no iba a firmar sin un buen espectáculo.
Mi hermana, la futura y amada Luna de la manada, se estaba muriendo de insuficiencia renal. Axel, el Alfa Supremo y el hombre al que había amado en secreto toda mi vida, usó su Voz de Mando para forzar la pluma en mi mano temblorosa. —Firma los papeles, Ximena —gruñó, sus ojos brillando con una luz roja y depredadora—. Deja de ser egoísta. Katia necesita un trasplante y tú eres la única compatible. Intenté suplicar. Intenté decirle que no sobreviviría a la cirugía. Intenté decirle que ya había donado en secreto un riñón a nuestro padre hacía cinco años, un sacrificio del que mi hermana se había llevado todo el crédito. Pero Axel me arrojó un fajo de estudios médicos falsificados a la cara. —Deja de mentir para salvar tu pellejo —escupió—. Eres una Omega inútil y sin loba. Esta es tu única oportunidad de serle de algún valor a esta manada. Él no sabía que Katia llevaba una década envenenándome con acónito para suprimir a mi Loba Blanca interior. No sabía que la anestesia no funcionaría en mi cuerpo envenenado. Sentí cada centímetro del bisturí de plata mientras me abrían para extraer mi único riñón restante. Morí en esa mesa, escuchando al hombre que amaba llamarme dramática. Pero la muerte no fue el final. Mi espíritu flotó sobre el caos, observando cómo el rostro del cirujano se ponía pálido de puro horror. —¡Solo tenía uno! —gritó el doctor, sosteniendo el órgano ennegrecido—. ¡Alfa, mire las cicatrices antiguas! ¡Acabamos de matarla! Solo después de que mi corazón se detuvo, las drogas que enmascaraban mi aroma se desvanecieron. Axel cayó de rodillas en la habitación empapada de sangre, oliendo por fin el aroma a lluvia y pino que había estado buscando toda su vida. Se dio cuenta de que acababa de masacrar a su compañera destinada para salvar a una mentirosa. —¿Ximena? —aulló, arañándose el pecho. Pero yo ya me había ido.
En la pista de aterrizaje, el viento era frío, pero el rechazo de mi esposo era glacial. —No vas a subir al jet —dijo Alejandro, ajustándose las mancuernillas de diamantes que yo le había regalado. Señaló las escaleras donde su amante, Brenda, estaba parada con un vestido de seda que yo había mandado a hacer para mí. —Brenda es muy delicada. Necesita la comodidad de la cabina privada. Te reservé un vuelo comercial. Sale en tres horas. Me metió un sobre en la mano. Clase turista. Asiento de en medio. Dos escalas. Ahí estaba yo, la Luna de la manada, recibiendo órdenes de volar como si fuera carga mientras una renegada ocupaba mi lugar en el Gulfstream G650 que *yo* había pagado. Mi suegra incluso se metió, aferrando la bolsa de diseñador que le compré, diciendo que mi "energía de sanadora" era demasiado estresante para su preciosa invitada. Alejandro bloqueó nuestro vínculo telepático, tomó la mano de su amante y la puerta se cerró en mi cara con un siseo. Él creía que era el Alfa. Creía que tenía el poder porque yo lo había dejado jugar a serlo durante cinco años. Pero se le olvidó un pequeño detalle: su nombre no estaba en el fideicomiso. Mientras el jet se alejaba, no lloré. Saqué mi celular y marqué el número de mi banquero personal. —¿Doctora Garza? —Cancela el plan de vuelo —dije, con la voz firme—. Revoca su autorización. Inmoviliza el jet en la primera parada para recargar combustible. Y corta las líneas de crédito. Todas. —¿Todas, señora? ¿Las cuentas de la manada? —Todo —susurré, viendo cómo el avión se elevaba—. Vamos a ver cómo sobrevive el Alfa sin mi cartera.
Doné mi riñón para salvar a la hermana de mi prometido. Durante tres años, lo amé, la cuidé y planeamos nuestro futuro, sin saber que la vida que estaba construyendo era una mentira. Entonces, llegó un mensaje de un número desconocido. Era la foto de un acta de matrimonio de hacía dos años. El novio: mi prometido, Damián. La novia: su "hermana", Brenda. Lo admitió todo cuando lo confronté. Ya estaba casado con ella cuando me propuso matrimonio. Mi amor, mi sacrificio, solo fue una forma de que ella entrara en su seguro médico para cubrir el trasplante. Me dijo que ella volvía a casa del hospital y que yo tenía que empacar mis cosas y largarme. Apenas unas horas antes, mi propio médico me había llamado. La donación me había puesto en alto riesgo, y ahora tenía un cáncer terminal y agresivo. Mientras me alejaba en mi coche de la casa que compartíamos, mi teléfono vibró de nuevo. Eran fotos de Brenda. Ellos besándose en la playa. Una prueba de embarazo positiva. Les había dado mi salud, mi futuro y mi corazón, y ellos me habían dejado con nada más que una sentencia de muerte. El mundo se convirtió en un borrón de luces y metal retorciéndose. Pero cuando volví a abrir los ojos, no estaba entre los restos del coche. Estaba en una cama de hospital, con un dolor sordo en el costado. La anestesia de la cirugía de donación de riñón apenas estaba desapareciendo. Por la puerta, entró mi prometido, su rostro una máscara perfecta de preocupación. Esta vez, yo sabía la verdad.
Durante dieciséis años, mi hermanastro, Alejandro Lobo, fue mi mundo entero. Cada diseño que dibujaba, cada sueño que albergaba, era una carta de amor secreta para él. Entonces, se comprometió con una influencer perfecta de redes sociales. Cuando finalmente le mostré mi corazón en un portafolio con el trabajo de toda mi vida, lo hizo pedazos en un ataque de furia. —¡Esto es enfermizo, Sofía! ¡Soy tu hermano! La humillación no terminó ahí. Borracho, me forzó mientras susurraba el nombre de su prometida, solo para culparme a la mañana siguiente. —¿Qué hacías en mi cama? Tu comportamiento es totalmente inapropiado. Mi propia madre me llamó, no para consolarme, sino para acusarme de intentar seducirlo y arruinar su vida perfecta. Después de toda una vida de devoción, yo era solo un problema que resolver, un cuerpo para confundir en la oscuridad. Su amor no era protección; era una jaula. Así que me teñí el pelo de rubio platino, acepté la oferta de mi tío, con quien casi no hablaba, para estudiar diseño en Nueva York y desaparecí sin decir una palabra. Esta vez, me estaba salvando a mí misma.
Durante ocho años, fui criada para ser su reina. Mi mundo entero se construyó sobre la promesa de que me casaría con Dante Moreno, el futuro Capo de la familia más poderosa de la ciudad. Pero en la víspera de nuestro compromiso, escuché su plan. Iba a desecharme por otra mujer, Isabella, y por un huérfano de la calle que haría pasar por su heredero. Me humilló públicamente en su fiesta, presentándola a ella como su verdadera reina. Cuando un candelabro de cristal cayó del techo, usó su propio cuerpo para protegerla, dejándome a mí para ser aplastada debajo. Más tarde, después de acusarme falsamente de atacarla, hundió mi cabeza en el agua helada de una alberca, siseando que mi amor por él era "asqueroso". Pero la verdad que finalmente me destrozó fue peor. Durante diez años, Dante había estado obsesionado con un aroma que creía que era el mío. Todo era una mentira: un perfume personalizado que Isabella había estado usando todo el tiempo. Nunca fui yo a quien él quería; solo fui un caso de identidad equivocada. Después de que me rompió los huesos y me destrozó el espíritu, finalmente tomé una decisión. Acepté la oferta de mi hermano de escapar al territorio rival de los Garza. Mientras nuestro jet privado se preparaba para despegar, bloqueé las frenéticas llamadas de Dante sin mirar atrás. Esta vez, me iba para siempre.
El chirrido de las llantas fue lo último que escuché. Luego, un golpe seco y un dolor que me atravesó antes de la oscuridad total. Mi último pensamiento: Javier, mi novio, con quien apenas horas antes había compartido nuestra felicidad en redes sociales. Pero su imagen se mezcló con la cara de Daniela, mi mejor amiga, gritándome por teléfono: "¡Sofía, eres una tonta! ¿No te das cuenta de que Javier solo juega contigo? ¡Te está engañando!" Ella me envió un video borroso, un supuesto Javier entrando a un hotel con otra mujer. Mi mundo se derrumbó. Sin hablar con él, sin darle oportunidad de explicarse, terminé mi relación, ahogándome en el dolor de una traición orquestada por quien más confiaba. Días después, Daniela, enfurecida porque Javier ni siquiera la miraba, me atacó. "¡Si no es mío, no será de nadie, y tú me lo quitaste!" Fue lo último que gritó antes de acelerar su coche y arrollarme. Me dejó morir sola en el frío asfalto. La traición, el dolor, el arrepentimiento… todo se mezcló en un último suspiro. ¿Cómo pude ser tan ingenua? ¿Cómo no vi el odio y la envidia en los ojos de quien consideraba mi hermana? El engaño fue burdo, pero funcionó con mi mente nublada por la inseguridad. Sentía una profunda injusticia, una confusión. ¿Por qué yo? ¿Por qué ella? ¿Por qué la vida me arrancó de esa manera? Y entonces, desperté. En mi cama, junto a Javier, en el mismo día del anuncio de nuestro noviazgo. El universo, por alguna razón, me había dado una segunda oportunidad. Esta vez, no sería la tonta ingenua. Esta vez, yo tomaría el control de mi destino.
Era la amante secreta del multimillonario Bruno Ferrer, un reemplazo viviente de la mujer que él realmente amaba, Candela. Mi rara condición cardíaca, aquello que me hacía frágil, era el único milagro que podía salvarla. Pero una noche, sus celos se volvieron mortales. Me empujó a las heladas aguas del lago de Valle de Bravo y luego fingió su propia caída, gritando por ayuda. Cuando el equipo de rescate gritó que solo podían salvar a una de las dos del agua turbulenta, Bruno no dudó. —A ella —rugió, señalando a Candela con un dedo tembloroso—. Saquen a Candela primero. Me vio hundirme, eligiendo salvar a la mujer que adoraba mientras me dejaba morir. El hombre que una vez me había salvado de las calles acababa de condenarme a una tumba de agua sin siquiera mirarme. Pero sobreviví. Y mientras me recuperaba sola en un hospital, finalicé mi plan. Donaría el tejido único de mi corazón para salvar a su preciosa Candela. A cambio, fingiría mi propia muerte y finalmente compraría mi libertad.
Mi nombre es Sofía Romero, y esta es la historia de mi muerte. El día que San Miguel cayó, el cielo no lloró, se rompió en un aullido silencioso. Mi pueblo no buscó respuestas en los cielos, me buscaron a mí. Me culparon de todo: la plaga, la sequía, la invasión bárbara que nos destruyó. En la plaza pública, ante los ojos de todos, mi propio hermano, el Príncipe Carlos, y mi prometido, Diego Mendoza, me sentenciaron. No bastó con matarme. Para apaciguar a la multitud, me desollaron viva. Sentí el frío del acero separando la piel de mis músculos, escuché los gritos, una mezcla de horror y alivio. Con mis huesos, construyeron la Lámpara de las Almas; con mi piel, faroles. Ahora estoy aquí, en el inframundo, un lugar gris y sin fin. Mi alma, un retazo, es arrastrada ante el Juez. Las almas de mi pueblo susurran y me señalan. "¡Castigo eterno para la traidora!" "¡Que arda para siempre!" Los gritos más fuertes vienen de Carlos y Diego. "Hermana, si es que alguna vez puedo llamarte así, nos traicionaste a todos," me dice Carlos, su rostro lleno de odio. "Cada vida perdida pesa sobre tu conciencia, Sofía," añade Diego, "tu castigo apenas comienza." Pero el Juez del Inframundo golpea su mazo. "El Espejo del Pasado revelará la verdad," su voz retumba. Un espejo de plata líquida aparece. Muestra el palacio de San Miguel, hace muchos años. Una niña flaca, yo, volviendo a casa con mi hermano. "Sofía, mi pequeña hermana, te encontré," dice Carlos, abrazándome, "Nunca más dejaré que nada te pase, te protegeré siempre." ¿Protección? ¡Qué fácil es hablar de protección cuando eres el verdugo! En la siguiente imagen, una trampa de la supuesta "dulce" Aurora Vargas, a quien Diego defendió, me obliga a humillarme ante el Príncipe Bárbaro. ¿Valió la paz lograda con tanta humillación? La verdad es un veneno que todos temen. Pero yo no, yo la mostraré.
En Medellín, mi nombre era Sofía, pero todos me conocían como "La Patrona", la reina implacable del imperio de esmeraldas. Mi crueldad tenía un único propósito: proteger a Mateo, mi hermano menor, mi único tesoro. Años atrás, él me salvó de una bala y quedó destrozado; lo envié a España, le di una nueva identidad, "David Rojas", una nueva cara, una nueva vida, lejos de mis enemigos. Hoy, Mateo regresó para mi fiesta de compromiso, una sorpresa que planeé meticulosamente. Pero lo que encontró no fue calidez, sino una furia ciega. Mi prometido, Ricardo, cegado por celos absurdos, lo confundió con mi amante. Lo atacó sin piedad, golpeándolo brutalmente con un palo de golf, destrozando la pierna que una vez sanó y la cara que con tanto esmero reconstruí. Mi propio jefe de seguridad, Chucho, a quien conozco de toda la vida, no pudo reconocer a mi hermano. La identidad falsa que creé para protegerlo se convirtió en su condena. Ricardo usó cada detalle de "David Rojas" para probar que era un impostor, un estafador. Llegué allí y, para horror de mi hermano, mantuve una fría fachada, diciéndole a Ricardo que se "deshiciera de la basura". Mateo yacía desangrándose, sintiendo la traición de todos, incluso la mía. La ironía es que mi meticuloso plan para su seguridad lo había llevado a este infierno. ¿Cómo era posible? ¿Cómo mi amor y mis precauciones podían terminar en esta agonía para el único hombre que amo? ¿Qué clase de monstruosidad permití que creciera a mi sombra? Pero entonces, Chucho mencionó el nombre: "David Rojas", y el itinerario falso que yo misma había creado. En ese instante, todo se detuvo. Mi corazón se partió al comprender la verdad. Mi hermano. Mi Mateo. Destrozado en el suelo de mi apartamento. Mi ira, contenida por tanto tiempo, despertó. El infierno, Ricardo, el infierno acaba de abrir sus puertas para ti.