Libros y Cuentos de Gavin
Amante Fatal, Justicia Inevitable
Mi hermana Iara murió por insuficiencia renal. Su única esperanza era un trasplante, pero el riñón que necesitaba se lo robaron para dárselo a Pilar Muñoz, la esposa del millonario que años atrás mató a mi mentor. Decidí vengarme. Me convertí en la amante de su esposo, Lázaro, y lo usé para humillarla públicamente en una gala benéfica, donde él gastó una fortuna en un brazalete para mí, ignorándola por completo. La respuesta de Pilar fue salvaje. No solo me mandó a golpear, sino que tomó el collar con las cenizas de mi hermana y las esparció en la calle. "Ups, se me cayó" , se burló. En ese momento, mi mundo se tiñó de rojo. El dolor se convirtió en un odio que me consumió. Cuando pensé que todo estaba perdido, su propio hermano, Heriberto, me rescató. Me dio el poder para transformarme, enviándome lejos para convertirme en alguien intocable. Un año después, regresé como una artista de renombre internacional, lista para la última jugada. Y esta vez, no habría piedad.
No Juzga Por Su Portada
Llegué a la Ciudad de México con el corazón lleno de ilusión. Después de meses chateando en línea, por fin iba a conocer a Ricardo, mi novio, que para mí era un príncipe de la capital, y yo, Sofía, una simple chica de pueblo. Pero al salir del baño en la cafetería, escuché su voz. Una voz llena de burla y desprecio. "La morra es de un pinche pueblo pesquero, ¿te imaginas? Seguro llega oliendo a pescado", dijo Ricardo a sus amigos, riéndose. Sentí un frío que me recorrió la espalda al escuchar cómo me describía como "pobre e ingenua" y que quería "despacharme como un paquete no deseado". La humillación me quemaba por dentro, pero una voz inesperada lo defendió, una voz que no conocía. "No mames, Ricardo. Eso está muy manchado. La chaval cruzó medio país para verte". En ese instante, mi corazón, antes latiendo de emoción, se convirtió en una piedra de furia fría y decidida. Iba a ir a esa cita, pero no para lo que él esperaba. Iba a ir para que no supieran lo que les esperaba.
La Sustituta del Vestido Rojo
La música de la fiesta apenas existía para mí, aunque estaba en medio de todo, una extra en mi propia vida, llevaba un vestido rojo, un pequeño acto de rebeldía. Pero cuando Mateo me vio, su rostro se transformó, y sus palabras heladas, "¡¿Qué demonios traes puesto?!", golpearon como un puñal. "Te dije que no usaras rojo," sentenció, y su madre, Doña Elena, remató con una sonrisa de víbora: "Ella no es Ana." Ahí estaba la verdad que me ahogaba: yo era la sustituta, la mujer sin apellido que solo servía para dar un heredero, jamás la esposa. Sentí que el aire se me iba de los pulmones, la humillación quemaba, y por un instante, me pregunté si había algo de verdad en sus crueles palabras. "Necesito un poco de aire," dije, soltándome de su agarre, y dejé atrás la farsa, porque algo en mí, por fin, se negaba a seguir viviendo así.
Mi Secreto, Tu Desprecio, Nuestro Fin
Mi esposa, Sofía del Valle, era mi universo. Por ella, siendo un empresario exitoso, me convertí en un "coder" común, viviendo una vida modesta, ocultando mi imperio, TecnoFuturo S.A. de C.V., para que me amara por quien era, no por mi fortuna. Pero últimamente, Sofía estaba distante, susurraba al teléfono, mencionando a Ricardo, un tipo superficial que siempre me despreció. Me llegó un mensaje del Sr. Montemayor, él, sin saberlo, me había "arreglado" una compañía especial para la noche, una de esas "bellezas" que supuestamente eran de mi "agrado". Fui al club "El Firmamento", un santuario del lujo, donde el destino me tenía preparada la escena más dolorosa: Sofía, mi Sofía, riendo con Ricardo Guzmán, él con un brazo posesivo sobre ella. "Ay, Sofía, neta que no sé qué le ves a ese godínez tuyo", dijo una de sus amigas. "Tú mereces a alguien como Ricardito, un hombre de mundo". Ricardo, con una sonrisa de tiburón, besó su mano, proclamando: "Pronto, Sofi, pronto todo esto será solo un mal recuerdo. Yo me haré cargo de ti. Ese programador de quinta no sabe cómo tratar a una reina como tú". La humillación me quemó. Nuestros ojos se encontraron; su pánico se transformó en desafío. "¿Armando? ¿Qué demonios estás haciendo aquí? ¿Acaso me estás siguiendo?", me espetó como un témpano de hielo. "¿Espiarte? Por favor, Sofía. No te creas tan importante. Tengo asuntos mucho más serios que seguirte por clubes nocturnos", respondí, mientras Ricardo me interrogaba, burlándose de mi supuesta profesión. Una idea monstruosa cruzó mi mente: ¿Sería Sofía, mi esposa, la "compañía" que Montemayor había arreglado? "Se acabó, Sofía. Mañana a primera hora, mi abogado te contactará. Quiero el divorcio", declaré con una voz muerta. Ella me detuvo, sus ojos llenos de lágrimas. "¿Qué es todo esto? No tienes derecho a espiarme". Le dije que tenía una reunión con el señor Montemayor. La risa de Ricardo y sus amigos inundó el lugar. "Montemayor? ¿Tú? Ni en tus sueños más locos. El señor Montemayor no se reúne con... gente como tú". Sofía bajó la mirada, creyéndoles. "Así que eso es lo que piensas de mí. ¿Un mentiroso?", le dije, rogándole una última oportunidad para que confiara. Ella negó. "No puedo, Armando. Te encuentro aquí, con Ricardo... ¡y tú me acusas a mí! Y luego inventas esta historia increíble sobre el señor Montemayor..." "¡No es una historia! ¡Es la maldita verdad!", grité, mientras Ricardo me empujaba. "No, Armando, no te vayas... no así", suplicó ella, con su voz rota, intentando aferrarse a mí. "Ya lo vi todo. Vi cómo te dejabas manosear por este payaso. Vi cómo te reías mientras sus amigos me llamaban 'godínez'. ¡Y lo peor de todo, vi en tus ojos que estabas de acuerdo con ellos! No hay nada más que hablar. Mañana recibirás los papeles del divorcio. Es definitivo". Me solté de su agarre, y un tipo gordo se interpuso, insultándome. El puño gordo vino hacia mí. Lo esquivé, le torcí la muñeca, y su cara se estrelló contra la barra. "¡CRAC!" Se desplomó, inconsciente. "¡Armando! ¿Qué hiciste? ¡Detente!", gritó Sofía horrorizada. Ricardo, pálido, chilló: "¡Seguridad! ¡Agarren a este animal! ¡Mi tío te va a destruir!" Noqueé a los guardias. "Tú", le dije a Ricardo. "Tú eres el siguiente". Sofía se interpuso. "¡Basta, Armando, por favor, basta! ¡Lo vas a matar! Discúlpate, pídele perdón... ¡Van a llamar a la policía!". La aparté. "¿Pedirle perdón a él? ¿Después de todo lo que ha dicho de mí? ¿Después de cómo te ha tocado? Te daré una última oportunidad, Sofía. Elige. O te quedas con este payaso y su mundo de apariencias, o vienes conmigo y descubres la verdad. Pero si eliges quedarte... juro por Dios que nunca más volverás a verme".
Luna: Rescate de un Padre
Ricardo Mendoza creía tenerlo todo: un puesto envidiable como ingeniero de software, un sueldo de seis cifras y una casa hermosa con su esposa Sofía y su hija Luna. Pero detrás de esa fachada perfecta se escondía un secreto oscuro: Sofía, su esposa, había estado vaciando sus cuentas para financiar la vida parasitaria de su hermano, Miguel, sin importarle las necesidades de su propia familia. El colmo llegó cuando, al intentar pagar la cirugía de cataratas de su madre, Ricardo descubrió que su cuenta estaba en ceros, el dinero había sido transferido a Miguel para uno de sus "negocios" fallidos, mientras Luna era constantemente ignorada y criticada por su propia madre. Una dolorosa verdad se reveló: su hija Luna había sido maltratada emocionalmente, descuidada e incluso encerrada por Sofía y su familia, solo por envidia y egoísmo. Con el corazón roto y una furia fría, Ricardo tomó una decisión radical: iba a desmantelar esa vida de mentiras y recuperar a su hija.
Traición y Anillo: Cenizas del Pasado
Acababa de regresar a México después de cinco años, esperando empezar de cero. Pero una llamada de mi examiga de la universidad lo cambió todo: "Ricardo también está aquí". Ese nombre me golpeó como un puñetazo, porque Ricardo no era un exnovio cualquiera; era el hombre que se quedó callado, que me vio caer, mientras su 'amiga de la infancia' me acusaba falsamente de fraude y me expulsaban de la universidad, arruinándome la vida. Cinco años de dolor, de luchar sola en un país extranjero, de reconstruirme desde las cenizas, ¿para qué? ¿Para que él se arrodillara en medio de una fiesta con un anillo de diamantes, como si nada hubiera pasado, como si creyera que podía comprarme o lavarse las manos de su traición? "Sofía Morales, ¿quieres casarte conmigo?" me espetó frente a todos. Mientras los aplausos y vítores resonaban, mi sangre se heló. No podía creer la desfachatez de mi pasado persiguiéndome. En ese momento, solo había una verdad que necesitaba proclamar, no por venganza, sino por la paz de mi alma: él ya no tenía ningún poder sobre mí. El falso cuento de hadas que quería montar se iba a desmoronar justo ahí, frente a sus narices.
Una Fortuna, Un Futuro Nuevo
Me desperté con el incesante murmullo de la televisión y la voz de mi suegra, Doña Carmen, quejándose de la leche. No era un sueño; el calendario marcaba la misma fecha fatídica en que mi vida se había desmoronado. Este día, esta escena, ya la había vivido, hasta la humillación de la maceta robada y el insoportable Jorge defendiendo a su madre ladrona. Cinco años en prisión, abandonada y traicionada por el hombre que amaba, todo por la cleptomanía de mi suegra, una enfermedad que mi familia política se negaba a ver como tal, mientras yo perdía mi vida. Pero esta vez, al mirarme en el espejo, supe que no sería la víctima; la que iría a la cárcel sería ella, lo juro.
El Silencio Que Grita
Era una noche como cualquier otra, o eso parecía, Ricardo estaba de viaje de trabajo y yo en casa, esperándolo. Pero una foto en su Instagram lo cambió todo: Ricardo, sonriendo como nunca, cocinando mole poblano en un rancho rústico, con Ximena, su asistente, mirándolo con adoración. La descripción fue un puñal: "Nada como el mole poblano hecho en casa, en el rancho, con la mejor compañía. #Amor". Ricardo, quien odiaba cocinar en casa y se negaba a hacerlo para mí en siete años de relación. Yo, que sacrifiqué mi sueño y mis ahorros para construir su imperio, mientras él disfrutaba de un "viaje de trabajo" con "la mejor compañía" en el rancho de ella. Un simple "Me Gusta" a su foto desató su furia. Me despidió públicamente de la empresa que levantamos juntos, me humilló frente a mis empleados, y me engañó para firmar los papeles del divorcio, dejándome sin nada. ¿Cómo pude ser tan ciega, tan estúpida, para no ver la traición que se cocinaba a fuego lento? ¿Cómo él, el hombre que amaba, pudo destruir mi vida con tanta frialdad y cálculo? En ese momento de dolor y claridad, tomé una decisión: no importaba lo que hubiera perdido, recuperaría lo que realmente valía. Dejaría la Ciudad de México y me iría a Oaxaca, para reconstruirme y crear mi propio imperio.
72 Horas Para Vivir
La voz de Ricardo me atravesó en nuestro estudio elegantemente decorado: "Ximena, necesitamos divorciarnos." Lo miré, searching for el hombre con el que me casé, pero solo vi a un extraño que quería divorciarse para calmar a Camila, la modelo 20 años más joven. Sentí un nudo de ira y tristeza, pero una voz fría y mecánica resonó en mi mente. [Advertencia: La conexión del anfitrión con el objetivo principal, Ricardo, es la base de su existencia en este mundo. El divorcio y una distancia física superior a diez kilómetros iniciarán el protocolo de disolución del alma.] Comprendí que era mi secreto, mi condena: si el lazo se rompía, yo dejaría de existir. Así que asentí, tragándome la humillación. "Está bien, Ricardo," dije con una calma que me sorprendió a mí misma, "Hagámoslo." Al día siguiente, en el Registro Civil, Ricardo interpretó su papel de esposo desconsolado, mientras yo, hueca por dentro, firmaba mi sentencia. Cuando salimos, Camila, en un vestido rojo triunfante, se interpuso, me llamó "ex-señora" y me humilló pidiendo mi anillo. Ricardo, cobarde, me lo pidió. Lentamente, me quité el anillo de bodas, y lo dejé caer en su palma. "Gracias," dijo Camila con una sonrisa burlona, "Ahora sí, podemos irnos, cariño. Tenemos mucho que celebrar." Mientras Ricardo se la llevaba, dejándome sola, el sistema sentenció: [Misión de compañerismo terminada. Fracaso. Iniciando cuenta regresiva para la disolución del alma: 72 horas.] Entendí que estaba atrapada: el reloj corría en mi contra. Los días siguientes fueron un infierno de humillación silenciosa, la prensa publicando sus fotos sonrientes, mientras mi existencia se desvanecía. Incluso un día, en la cafetería que solíamos ir, Ricardo me acusó de "seguirles" y "avergonzarles" . [Tiempo restante: 23 horas, 58 minutos.] Por primera vez, deseé el final con todas mis fuerzas. Con solo dos horas de vida, al salir en coche, el teléfono sonó. Era Ricardo, alegre, preguntando si estaba lista para "volver a empezar" . La ironía era cruel: él no sabía que hablaba con una mujer muerta. Mientras miraba el atardecer, un camión fuera de control apareció. No sentí miedo, solo alivio. El impacto fue brutal. El último sonido que escuché fue la voz de Ricardo por el teléfono del coche, molesto, diciéndole a un extraño "Mire, no sé qué juego se traen, pero dígale a Ximena que deje de molestar. Tenemos planes." Y colgó. La última conexión, el último hilo de esperanza, cortado por él mismo. "Hasta que la muerte nos separe," había dicho en nuestra boda. Qué ironía. Y luego, nada. Pero no fue el final definitivo. Desperté, flotando, viendo mi cuerpo ensangrentado en una camilla. Ricardo irrumpió, descubriendo la verdad. Su confusión se volvió pánico, luego un lamento desgarrador. [Error crítico… Iniciando protocolo de emergencia: Restauración del Alma. Objetivo: Acumular 100% de Arrepentimiento de Ricardo Valdés.] Mi única esperanza, mi única salida, dependía de su arrepentimiento. Él, el magnate poderoso, se derrumbó en la morgue, prometiéndome que arreglaría todo. ¿Podría su culpa liberarme? El teléfono de Ricardo sonó, era Camila. El dolor dio paso a una furia helada. "¡CÁLLATE! ¡NO VUELVAS A MENCIONAR SU NOMBRE, ZORRA!" Destrozó su teléfono, arrojó las pertenencias de Camila, y con una delicadeza espeluznante, me llevó a casa. Pero en la búsqueda desesperada de nuestros recuerdos, descubrió que él mismo había ordenado destruirlos. La culpa lo aplastó. En medio de su locura, su madre lo llamó, y Ricardo, roto, confesó: "Mamá… Ximena se ha ido. Está muerta. Y es mi culpa. Yo la maté." Cuando Camila apareció en la puerta, Ricardo la golpeó sin piedad, y la desterró. Entonces, el asistente de Ricardo llegó revelando las fotos que Camila me había enviado. La rabia de Ricardo se volvió insoportable. Ordenó una venganza brutal contra Camila, un castigo sangriento que retumbó en la casa. La venganza no le trajo paz, solo lo hundió más en el abismo de su culpa. Sus padres lo confrontaron al ver mi cuerpo. Su padre, un hombre de pocas palabras, lo lapidó con la verdad: "¡Tú la mataste, Ricardo! Tu crueldad, tu egoísmo… ¡eso fue lo que la mató!" En mi funeral, bajo una lluvia incesante, Ricardo se lanzó sobre mi tumba. "¡XIMENA! ¡NO ME DEJES! ¡PERDÓNAME! ¡LLÉVAME CONTIGO!" El arrepentimiento lo consumió por completo, y en mi vacío, la voz del sistema sonó: [Arrepentimiento de Ricardo Valdés: 100%. Misión de restauración completada. Iniciando transferencia del alma al mundo de origen.] Una luz cálida me envolvió, y la oscuridad se desvaneció para siempre. Diez años después, en mi vida plena y feliz, un hombre con ojos llenos de tristeza me detuvo en el parque. Él me conocía, un fantasma de un pasado que yo ya no recordaba. "Ximena…" susurró, desesperado. Pero mi hija me interrumpió y, sin mirar atrás, me alejé con mi familia perfecta. Para mí, él era solo un extraño, y mi vida, un lienzo nuevo.
Mi Amor Hecho Basura
Perseguí a Mateo por diez años, dedicando cada minuto de mi vida a un hombre que apenas me veía, ignorando a mis amigos y a mi propia existencia. Hoy, para su cumpleaños número treinta, preparé su pastel favorito, decoré su apartamento, lista para gritar "¡Sorpresa!". Pero la sorpresa fue mía: Mateo no entró solo, sino de la mano de Sofía, una mujer alta y delgada riendo de la burla de mi presencia. Luego, frente a mis ojos, Mateo arrojó la caja con todos nuestros recuerdos a la basura, desechando diez años de mi amor como si fueran basura. Me trató como una extensión de sus propias necesidades, una asistenta personal, y vi cómo me desechaba junto a los recuerdos, sin el menor remordimiento. A la mañana siguiente, bajo una lluvia torrencial, lo vi de nuevo con Sofía, protegiéndola bajo su paraguas mientras yo, empapada, intentaba recuperar mis recuerdos rotos de la basura. Mateo pateó un trozo de mi caja y me ordenó: "Ya te dije que es basura. Supéralo". Sofía se rio con malicia: "Déjala, mi amor, es lo único que tiene, pobrecita". ¿Cómo pude haber sido tan ciega, tan patética, tan dependiente? Esa fue la gota que derramó el vaso; decidí que ya no sería más la sombra de nadie. Tiré los restos empapados de mis recuerdos a la basura, y mi voz se alzó con una certeza inquebrantable: "Tienes razón. Es basura". Me di la vuelta y me fui, escuchando a Mateo gritar: "¡Sabes que no puedes vivir sin mí!". Pero yo sabía, con una absoluta claridad, que ya no volvería arrastrándome a sus pies. Mi vida, por fin, iba a ser mía.
Metiste La Pata, Soy Millonaria
El correo electrónico llegó a las 9:15 a.m., anunciando una "reestructuración" . Sofía, la ingeniera estrella que había salvado a la empresa con su proyecto "Prometeo", sintió un nudo en el estómago. La encontró, la palabra que lo cambió todo: "Asistente". De líder de proyecto a asistente, era una humillación pública y deliberada. Sus compañeros susurraban, sus miradas cargadas de lástima. Para colmo, la nueva directora era Luciana Torres, la hija mimada del dueño, una chica sin interés en la tecnología. La rabia la devoró por dentro. Se levantó de su silla, decidida. No iba a aceptar esto. Al confrontar al Sr. Torres, él la minimizó, justificando la incompetencia de su hija, mientras Luciana se burlaba. "¿Asistenta? ¡Me están degradando a ser la niñera de su hija!", Sofía replicó, indignada. Luciana la amenazó: "O tomas el puesto o te vas, y créeme, no encontrarás trabajo ni para servir café". En un acto de desafío, Sofía se quitó su gafete y lo tiró sobre el escritorio del Sr. Torres. "¡Entonces me voy!", declaró. Salió de la oficina con la cabeza en alto, ignorando las miradas de sus ahora excompañeros. Cuando llegó a su coche, el temblor la invadió. Necesitaba a Mateo, su novio. Le escribió un mensaje: "Acabo de renunciar, fue horrible, ¿podemos vernos?". La respuesta llegó, seca y cruel: "Sofía, terminamos. Buena suerte". Luego, la bloqueó. Su mundo se derrumbó por completo. Esa misma noche, al abrir Instagram, el golpe final: Luciana sonreía en una foto abrazando a Mateo. "Celebrando nuevos comienzos con mi amor", decía la leyenda. Mateo no solo la había abandonado, la había traicionado con la hija del dueño. ¡Qué patéticos! Eran tan predecibles. El dolor se transformó en una rabia helada, pero también en una calma inesperada. No iba a desaparecer. Iba a demostrarles de qué estaba hecha. Tenía un plan. Un as bajo la manga, algo que cambiaría todo.
La Hija Firme Del Detective
Mi vida con los Salazar era una jaula de oro, cada día una tortura silenciosa sirviendo a los narcos que me tenían presa. No había cadenas, sino un lazo invisible y brutal atado al cuello de Miguel, mi hermano pequeño, febril y herido en el fondo de la casona. Ellos cocinaban, yo limpiaba sus desórdenes, sonreía cuando me ordenaban, todo por Miguel, mi único ancla desde que papá, un detective condecorado, murió en un tiroteo. Ricardo Salazar, el hijo del capo, se divertía viéndome humillada, mientras la medalla de valor de mi padre, nuestro último vestigio de honor, era pisoteada, abollada, partida en dos. "¿Por qué?", susurré, mientras Sofía, la novia de Ricardo, me arrancaba la medalla y la rompía frente a mis ojos, riéndose de mi dolor y de la muerte de mi padre. No solo destrozaron un símbolo, destrozaron mi última pizca de esperanza en su humanidad, me obligaron a tragar su mentira de que mi padre era un traidor. La indiferencia de Ricardo ante el sufrimiento de Miguel, sus palabras asquerosas y la crueldad gratuita de Sofía fueron el colmo. Pero no sería su víctima, sino su verdugo; mientras los pedazos de la medalla de mi padre se clavaban en mi piel, prometí que no solo salvaría a Miguel, sino que los haría pagar. Con ese dolor como combustible, ya no era una esclava sumisa, era un águila a punto de volar, recolectando pruebas, afilando mis garras para desatar un infierno sobre ellos.
Me Caso Con Tío de Mi Novio
Tres años. Tres largos años desde que Alejandro, el hombre con el que iba a casarme, me abandonó en el altar, alegando una ridícula "iluminación espiritual" para unirse a una secta. La verdad, sin embargo, era mucho más sucia y terrenal: no había secta, solo Laura, una mujer a la que Alejandro, mi prometido, había decidido "rescatar" de la miseria para casarse con ella y escalar socialmente, dejándome a mí, Sofía, como daño colateral. Ahora, la mansión se abre de golpe y él está de vuelta, con la misma arrogancia, y a su lado Laura, embarazada, sus ojos recorriendo mi hogar con una mezcla de envidia y triunfo, como si esta casa también les perteneciera por derecho. Con una sonrisa torcida, Alejandro anuncia: "Sofía, he vuelto. Laura y yo nos casaremos. Ella espera a mi hijo. Pero no te preocupes, siempre habrá un lugar para ti a nuestro lado, como una hermana". Escuchar su propuesta, tan audaz como absurda, me revolvió el estómago. Recordé la humillación, las miradas de lástima, las fotos de él y Laura construyendo la vida que me robaron. Mi aparente sumisión los desarmó, se sentaron victoriosos en el sofá, pero justo entonces, un torbellino de energía infantil irrumpió: "¡Mami!" Mi hijo Daniel, de dos años, corrió a mis brazos, y la sonrisa de Alejandro se congeló, su arrogancia reemplazada por el shock. Laura lo miró fijamente, con incredulidad y furia contenida. Entonces, con la inocencia pura de un niño, Daniel señaló el retrato de su padre sobre la chimenea: "¿Dónde está papá? ¿Papá no ha vuelto todavía?". Esa pregunta, cargada de un significado que pulverizó su mundo, destrozó por completo el universo de Alejandro. Su cara, petrificada, pasó del shock a una furia oscura y profunda: ¿De qué demonios estaba hablando? ¿Quién era este niño?
La Traición de Mis amados
Hoy era el día de mi boda, el día más feliz de mi vida, o al menos eso creía. Mi teléfono vibró y la voz de mi prometido, Ricardo, al otro lado de la línea, heló mi corazón. "No voy a ir, Sofía. Se acabó. Estoy con alguien a quien realmente amo, alguien que no es una diseñadora fracasada como tú." Y entonces, escuché su voz. "Ricardo, mi amor, cuelga ya, tenemos cosas más importantes que hacer." Era Valeria, mi propia hermana. El mundo se derrumbó a mis pies, y después, la oscuridad. Desperté en un hospital, el dolor en mi cabeza y en mi alma era insoportable. Laura, mi dama de honor, me mostró la pantalla de su teléfono. Ricardo y Valeria, besándose apasionadamente en Instagram, rumbo a París. "Empezando la verdadera aventura con el amor de mi vida, mi Valeria. Te compré el taller de tus sueños." Y la foto de mi sueño, el local de mi taller, con un letrero de "Vendido". Corrí al baño, vaciando mi estómago mientras la humillación me consumía. Ricardo nunca me amó. Fui solo un escalón para él. Mi hermana, mi cómplice. La verdad me golpeó con la fuerza de un rayo cuando el médico confirmó la pérdida de mi bebé. No lloré. Ya no quedaban lágrimas. Regresé al departamento para recoger mis cosas, encontrando a Valeria ya instalada, riéndose de mí mientras Ricardo la arropaba con mi bata. Mis diseños. Ricardo se negó. "Valeria los va a usar, ella sí sabrá cómo sacarles provecho." La rabia me cegó, pero él me empujó, me encerró en el armario, en mi peor pesadilla, mientras se entregaban al placer al otro lado de la puerta. "Te arrepentirás de esto, Sofía." Sus palabras resonaron. Pero al día siguiente, cuando Ricardo abrió la puerta, ya no encontró a la Sofía rota y sumisa. Una fría determinación nació en mí. Le tendí los papeles del divorcio, disfrazados de seguro. Él firmó, ajeno a mi jugada. Mientras Ricardo celebraba el triunfo de Valeria en televisión, mostrando mi vestido como suyo, supe que era el momento. "Gracias por la lección", escribí en la nota que dejó en su cama, junto al informe de mi aborto. Con Laura, me escapé por una puerta trasera. El aeropuerto me esperaba. Adiós, Ricardo. El juego acaba de empezar.
La Hermanita Cambia El Destino
Las llamas me quemaban, pero el fuego más intenso era el odio por dentro, mientras arrastraba a Valentina conmigo a este infierno. No entendía por qué, incluso en mis últimos momentos, ella aborrecía tanto a mi familia. La había traído a casa por lástima, una compañera de cuarto que parecía perdida. Pero esa noche, la víspera de la audición crucial de mi hermano Mateo para la beca de baile de su vida, Valentina se metió a escondidas en su habitación y, al día siguiente, lo acusó falsamente de agresión. Esa mentira venenosa lo destruyó todo: Mateo perdió la audición, su reputación quedó hecha pedazos, y la escuela de danza lo expulsó. Para "protegerme", mis padres cometieron el terrible error de permitir que Valentina se quedara, convirtiéndola en una reina cruel que los humillaba y a Mateo lo obligó a trabajar en una fábrica clandestina para satisfacer sus caprichos. La tragedia no terminó ahí: Mateo murió aplastado y mis padres, consumidos por el dolor, fallecieron poco después, dejándome sola con un odio envenenado. No comprendía la magnitud de su maldad ni por qué nos hizo esto. Así que la traje de vuelta a nuestra casa, le prendí fuego y esperé el final. Pero en lugar de la nada, abrí los ojos: estaba en mi habitación de la escuela, a mis dieciocho años, el día antes de la audición de Mateo. Era real, había vuelto para reescribir el guion.
No Te Merece de Mis Melodías
Mi vida era la de un mariachi humilde, un soñador arraigado en las tradiciones de mi pueblo. Mi canto, un don heredado de mi abuela curandera, podía sanar el cuerpo y el alma. Pero en mi vida pasada, ese don se convirtió en mi perdición. Me obligaron a casarme con Sofía Alcázar, la hija de una poderosa familia, bajo falsas promesas. El día de nuestro aniversario, ella me clavó un cuchillo en el corazón, mientras su amante me sujetaba. "¿Por qué?" , alcancé a susurrar, mientras su risa cruel me revelaba una verdad devastadora: Nunca me amó. Su enfermedad, la misma que mi canto supuestamente curó, fue una farsa. Mi familia, mi don, mi vida… todo fue un engaño, una elaborada trampa tejida por esa mujer y su amante para destrozarme. Morí en sus brazos, sintiendo su desprecio, mi mundo oscureciéndose con el amargo sabor de la traición y la impotencia de ver a mi humilde familia condenada. ¿Cómo pude ser tan ciego? ¿Cómo permití que mi amor y mi don fueran tan cruelmente retorcidos? Pero entonces, desperté. Estaba en mi cama. Era el mismo día en que Doña Elena Alcázar, la matriarca, llegó a nuestra casa para proponerme matrimonio. Esta vez, lo recordaba todo. No volvería a ser su marioneta.
Mi Viñedo Precioso
Morí de un infarto a los ochenta años, pero la verdadera causa fue la revelación de mi esposa: el hijo que crié no era mío, y mi tumba, el lugar del viñedo que construí con mi sangre, sería para su amor de la infancia. Esa traición fue la estocada final. Justo antes de exhalar mi último aliento, con la imagen de mi esposa, Catalina, sonriendo con desprecio ante mi agonía, sentí un dolor tan profundo que deseé no haberla conocido nunca. No podía entender por qué ella me odiaba tanto, por qué su resentimiento perduró durante cincuenta años de un matrimonio sin amor, hasta el punto de desear mi destrucción incluso después de muerto. Pero entonces, abrí los ojos. Tenía veinticinco años de nuevo. Hoy era el día de mi petición de mano a Catalina. Y al ver el mismo odio en sus ojos que había atormentado mi vida anterior, lo entendí: ella también había renacido. Pero esta vez, la partida la iniciaría yo.
La Reina de la Vendimia Renacida
Mi mejor amiga Sofía, su voz temblaba de ansiedad mientras me preguntaba si la Abuela Romero la escogería para la Fiesta de la Vendimia. Pero para mí, el dulzón aroma a uvas maduras de la víspera de la cosecha olía a muerte, a un recuerdo brutal que aún me sofocaba. Acababa de renacer, y la imagen del agua helada llenando mis pulmones en la cuba de fermentación seguía persiguiéndome. En mi vida pasada, le conté a Sofía el secreto más oscuro de nuestro pueblo, una leyenda ancestral que solo mi familia conocía. Y ella, mi "mejor amiga", junto a Ricardo, el hombre con el que me casé, me utilizaron, traicionaron y ahogaron en el mosto. No podía entender cómo mis seres más queridos me hicieron esto, abandonándome sin piedad a una muerte horrible y dolorosa. Pero esta vez, la historia sería diferente con mi regreso: el secreto era mi única arma, y la venganza, mi dulce elixir.
La Boda que Nadie Esperaba
Mi vida olía a uva fermentada y tierra húmeda. Como hija de un renombrado bodeguero de La Rioja, mi futuro parecía trazado. Pero en mi vida pasada, ese futuro fue mi tormento: un matrimonio arreglado con Alejandro, el hijo del alcalde, un hombre que me aborrecía por haberle separado de su amor, Sofía. Su resentimiento se convirtió en veneno, que terminó por destruir a mi familia, quebrar nuestra bodega y romper el corazón de mi padre, quien murió de pena. Yo terminé mis días sola y rota, mientras Alejandro seguía llorando por Sofía, quien murió joven y se convirtió en su mártir personal. Era una crueldad indescriptible. ¿Cómo pudo la vida arrebatarme todo por el capricho de un hombre ciego de odio? El destino, con su ironía, me ha dado una segunda oportunidad. Hoy es el día de la vendimia, el día exacto en que todo comenzó. En mi vida anterior, lancé mi corona de flores a Alejandro, sellando mi desgracia. Esta vez, elijo mi propio camino. Cuando llega mi turno, lanzo la corona al azar, sin mirar a nadie. Alejandro, como esperaba, se lanza a por la de Sofía. Mi corona, ajena a todo, cae en manos de un humilde jornalero. La multitud murmura, mis padres palidecen. Pero camino hacia él con la cabeza alta. "Acepto." Porque esta vez, mi venganza no será destruirlos, sino vivir una vida próspera, libre de su veneno.
El Precio de su Doble Vida
El frío del teléfono público me quemaba la mejilla mientras mi hijo Santi preguntaba por su padre. Escuché las palabras: "El señor Mateo Vargas ya ha registrado a un hijo. Leo Vargas. Solo hay una plaza subvencionada". Y luego, la voz suave y condescendiente de Isabela, la otra mujer, el anuncio de la "nueva vida importante" de Mateo, con ella y con Leo. Colgó. El dolor y la humillación me devoraron; Santi, mi pequeño, era el secreto vergonzoso. En mi vida "anterior", rogué, llevé a Santi a Bogotá, y allí lo perdí en un descuido, mientras Mateo discutía sobre el uniforme de Leo. Mateo se negó a hacer un llamamiento, temiendo por su carrera, y yo me ahogué en el río Magdalena. Pero esta vez... esta vez desperté. No en las frías aguas, sino en mi cama, con Santi a mi lado. No habrá súplicas. Ahora, solo hay un plan: la Federación Colombiana de Fútbol va a escuchar mi historia, y Mateo Vargas pagará por cada lágrima y cada traición.
El Precio de un Sueño Roto
Mis manos que una vez soñaron con Miguel Ángel, ahora solo conocían la tierra áspera de La Rioja. Durante cinco años, me maté trabajando en un viñedo, recogiendo uvas con mis manos destrozadas para salvar a Mateo, el hombre que amaba, de una supuesta deuda de 300.000 euros. Sacrifiqué mi beca, mis sueños en el Vaticano, todo por él. Hoy, finalmente, lo había logrado. Tenía el dinero en mis manos. Pero cuando fui a entregarlo, descubrí una escena que destrozó mi alma. Mateo no era el hombre arruinado que yo creía; era el Señor Solís, el heredero de la bodega, riéndose con Sofía, mi "jefa" y su cómplice. Todo fue una farsa cruel y elaborada. Se habían burlado de mí durante cinco años. Mateo no solo no estaba arruinado, sino que planeaba endeudarme por un millón de euros más, solo por diversión. Me humilló públicamente, mis sueños y mi sacrificio fueron pisoteados. Sofía, con una sonrisa de depredadora, me exigió que me arrodillara y suplicara por un trabajo. La traición me cegó, me ahogó el aire. ¿Cómo pudo engañarme así? ¿Por qué tanto odio, tanta crueldad? La Isabella que amaba a Mateo murió allí mismo. Pero del fondo del abismo, una llama se encendió. No me arrodillé. Dejé caer el dinero, el símbolo de mi esclavitud. Y en ese instante, en medio de la oscuridad, un rayo de esperanza: la voz de mi mentor, el Profesor Vargas, al otro lado de la línea. Él me dio una segunda oportunidad, el sueño que creí perdido: ¡El Vaticano! Y no solo me rescató de un ataque esa misma noche, sino que me recordó que mi vida, mis verdaderos sueños, valían mucho más que su mentira.
