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encio del despacho. Catalina permaneció e
abía entrado sin hacer
Cómo puedes?
on una crueldad afilada. «Es solo un em
cia. La de su esposa, de pura incredulidad. La de Mateo, de desprecio t
lma escalofriante que me
ojas. «He vivido aquí diez años. Calculo que mi trabajo ha generado para Bodega
tió lentamente. La
modernizado la bodega, reducido costes y aumentado la producción un treinta por cient
dijo
iré sin nada q
só en Mateo, lu
comencé a
re una silla. Luego, el reloj suizo de oro que me regaló el Señor Roj
agas esto...», supl
a. Luego los zapatos de cuero hechos a mano. Todo comprado con el dinero
tada. La misma ropa, o casi la misma, con la que llegué a
ropa gastada, «es lo único
a a los ojos p
estamos
la vuelta y salí del despacho, dejando tras de mí

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