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Historia
Esclava del amor del jefe de la mafia

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Capítulo 1 Capítulo 1 Penetrando en la guarida del monstruo

Palabras:993    |    Actualizado en: 17/12/2025

toc, to

veces, pero no obtuve otra respuesta que el silencio total.

ez con mayor fuerza. Una vez más, el silencio fue absoluto; no percibí ni si

¿te encue

cámara lenta al momento de extender mi mano para agarrar el pomo de la puerta. Inhalé profundam

l otro lado de

brí la puerta solo lo suficiente para

io!",

tancia. Osirio yacía inconsciente en el suelo; una gran estantería que había caído al piso estaba muy cerca de su cuerpo. Afortunadam

l suelo. Ahora los libros que reposaban en ella estaban esparcidos

ble, y acerqué mi cabeza a la suya mientras miraba su rostro durmiente. Parecía estar perfectamente bien, así que no tenía nada de que preocuparme. Dejé escapar un prolongado suspir

cia y ternura. En marcado contraste con el demonio que era durante la vigilia, ahora que dormía pacíficamente ofrecía el aspecto de

mposible apartar la mirada de su rostro; no sabría decir cuánto tiempo estuve allí, sentada, absorta en la contemplación de su rostro durmiente y sereno

rité, sor

odo ese tiempo. o sus reflejos eran verdaderamente extraordinarios? De repente, esa mano que sostenía mi muñeca comenzó a tirar

do a encontrarme

lamé, pero no o

y mi espalda con sus brazos, abrazándome fuertemente contra su cuerpo; lo sentía, cuan largo era, contra el mío. Ahora y

, dije en tono suplicante, mientr

vi sus ojos cerrados; aún dormía. Coloqué mis manos sobre su pecho firme y musculoso e hice presión, tratando de

epente, comenzó a acariciar mi espalda. Sentí el calor de su mano deslizarse por mi espalda hasta

un pervertido. ¡incluso mientras dor

é, y luego dejé esca

l sensible de mi cintura, y luego deslizó sus manos todavía más abajo. Dejé escapar un grito no muy fuerte

n poco más fu

Sus grandes manos varoniles continuaron apretando mis nalgas, de manera provocativa, mientras presionaba mis caderas contra las suyas. Pude sentir su dureza cuan

mí. Mi mente se nubló y empecé, de manera instintiva, a presionar mis caderas contra su dureza. Me resultaba increíble que sus

ndo, de repente, el mun

ntin

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