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iagnóstico de cáncer terminal y
o celestial, volví con la familia Villarreal
e había amado desde niñ
ra el monstruo qu
que no cometí para ocultar la horrible v
, Alejandro se
e montar guardia frente a la puerta de su habi
incendió, no lo dudé.
spalda ardiendo mientras los escombros caían
y dejé que Sofía se llevara el crédito. No podía
ra lo peor. Est
n accidente y necesitó una transfusión
staba apagando. No sabía que mi sangre e
tores, ignorando mi cuerpo frágil
rada para salvar a la mu
ea recta que su mano derecha finalmente a
o se fue de la ciudad. Acabas de ejecuta
ítu
oscuridad a mis espaldas y exactam
les de liberación, sus ojos llenos de una lástima que quemaba más que la bil
uturo que perder. Yo no tenía nada más que un juramento d
ia en las afueras de la ciudad. Puse todo mi salario de la prisión sobre el most
stial -le dije al direct
barata y mis m
orita. Esto apena
é el resto
me llevó a
ia Villarreal imponía su ley. Lo sabía porque yo solía pertenecerles. Solía ser Valeria, la protegida, la chica que se s
e le gustó que no hablara. Era un fantasma con u
os trajes costaban más de lo que valía mi vida. Sostenía una charola con vasos de crista
ces l
a doble
o y subió por mi columna, paralizándome. Alejandro Villarreal. El Patrón. El hombr
xígeno de la habitación. Era más grande de lo que recordaba, sus hombros más anchos, su m
ansando posesivamente sobre el muslo de él. Un dia
nia, Alex -ronroneó ella, inclinándose hacia él-
ola se
el corazón roto, no estaba segura. El vaso se hizo añicos contra el borde de la
gió el hombre, poniénd
te pequeña. Empecé a recoger los pedazos con mis manos desnudas. Un trozo afilado de cristal me
cario, dándose cuenta de qu
ión quedó
vanté la vista. Sus ojos eran del color de un mar tormentoso, desprovistos de cual
nó el sicario-.
acia la alfombra empapada de alcohol. Apreté los dientes, preparándome para obedecer.
as
en voz baja, pero que
cernía sobre el sicario. No m
Alejandro, su voz vacía de emoción-. Y lo q
de la camisa y lo arrojó hacia l
rga
, alisándose el vestido. Alejandro se volvió hacia mí. Yo seguía d
tate,
eramente. Se acercó, invadiendo mi espacio. Olía a tabaco, a lluvia y a peligro. Miró mi m
y bajo, pajar
, Alejandro -dije, mi
sonido frío
sitas
S
o y sacó un grueso fajo de
ijo-. Pero tiene
lo q
vas a montar guardia fuera de la puerta de mi habitación mientras me coj
rtura diseñada específicamente para mí. Sabía que lo am
ero. Mis dedos ensangrentados
to -s

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