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El silencio me había envuelto toda mi vida. Podía recordar mi infancia llena de respuestas cortas y asentimientos. Me alejé de las personas para evitar tener que conectarme. Y cuando comenzaron a tratarme como a una perra fría fue más fácil alejarme de todos. Hasta que llegaron ellos, arrastrándome hacia ellos con el poder que les concedía aquella tradición que había sido llevada a cabo por años. Y no me resistí, simplemente me dejé llevar y terminé deshaciéndome de todas las ataduras que me envolvían y de un par de cosas más.
Invisible era la palabra que me describía, y me gustaba así, me gustaba poder caminar por el centro del pasillo y no ser el centro de atención, me gustaba poder conseguir una mesa no muy en el centro de la cafetería y que nadie me reparara y no exactamente porque intentaba ser invi. C. D. XS sible, sino porque nadie notaba algo en mí que fuera atrayente.
Y es que básicamente era igual al promedio.
Metro sesenta y seis, cabello castaño, ojos castaños y piel aparentemente blanca, pero que delante de una americana de verdad, parecía amarilla, yo había nacido aquí, pero mis raíces estaban a años luz de ser cien por ciento estadounidenses.
Igual no importaba, me agradaba así, tener algo realmente interesante que contar a cerca de la cultura latina que me envolvía.
Y aunque ni siquiera mis padres hablaban español, estaba ahí, todo lo que era viajaba a través de mi sangre, la parte dominicana brillaba en mis curvas pronunciadas y la parte costarricense se notaba en el lacio de mi cabello y en muchas otras cosas más.
Y aunque no llevaba la cultura al cien, me gustaba recordar de donde venía, aunque mis padres no lo recordaran del todo y si parecieran americanos promedio.
Con un suspiro suave dejé mis libros en el casillero y caminé con pasos lentos hacia mi primera clase. Definitivamente ese era otro factor que evitaba que destacara, era una estudiante promedio, ni mala, ni excelente, solo pasando materias con calificaciones suficientes como para no pertenecer a ningún grupo, solo era parte de la media.
Era el típico, seis de cada diez, no era nunca ese cuatro que se dirigía a un lugar diferente.
Al entrar me senté en el centro del salón y me organicé para tomar los apuntes que fuesen necesarios.
No viajaba música a través de mis oídos ese día, solo el barullo y el traqueteo de la universidad era lo que me mantenía entretenida mientras movía mis dedos por la mesa creando un sonido rítmico que asemejaba a una canción que en algún momento escuché.
Estudiaba administración y lo hacía más para poder tener suficiente tiempo libre para hacer otras cosas como leer. Leía mucho, era una consumidora de libros desde los once y hasta mis diecinueve años seguía en ese mismo proceso.
La calma que me trasmitían los libros era fascinante.
Y aunque me había visto obligada a estudiar para tener un mejor futuro, según mis padres, no me enfrascaría en una carrera que terminaría consumiendo casi todas mis horas al día cuando quería hacer más que solo estudiar todo el día.
La clase pasó lenta al igual que todas las que tenía ese día en particular hasta que llegó la hora del receso y pude tomar mis cosas para ir a embutirme un sándwich.
Estaba hambrienta por no haber desayunado en casa, por lo que me moví rápido alrededor de los estudiantes que ya habían salido y en cuanto entré en la cafetería fui a parar hasta la fila para esperar mi turno.
Tomé mi comida, fui hasta una mesa no muy lejos del centro y me embutí todo mientras esperaba a que Liana apareciera. Era una de las cuantas compañeras con las que compartía clases y casi siempre me encontraba en la cafetería para compartir sus minutos de descanso conmigo.
No pasó mucho tiempo cuando ella apareció en mi camino luciendo agitada y con una sonrisa de los mil demonios en su rostro.
Se dejó caer frente a mi y chilló fuerte y claro llamando la atención de algunos hacia su persona.
Ella lucía su cabello rubio perfectamente planchado, considerando que el de ella era rizado a comparación del mío totalmente lizo.
-Deberías calmarte -ofrecí tranquila cruzando mis manos sobre la mesa y observándola atenta.
-Por primera vez sé que te haré explotar -admitió orgullosa -o al menos recibiré más que una mirada fría.
Bufé suavemente ante sus palabras.
Ella me solía decir chica inexpresiva, porque básicamente eso era.
Era difícil percibir una emoción mía desde el exterior y en muchas ocasiones se llegó a preguntar si padecía el síndrome de Asperger, pero sabía que no.
Que no me gustara hablar ni dejar en evidencia lo que estaba sintiendo, no quería decir que no sentía nada.
Sentía y mucho, principalmente con los libros.
Lentamente lamí mis labios y esperé paciente a que soltara lo que tenía que decir, después de todo ella siempre me mantenía al tanto de todo lo que sucedía a nuestro alrededor con tan solo un par de minutos de receso, pero era porque a ella le encantaba investigar y compartir lo que averiguaba.
Tal vez por eso nunca me animé a contarle nada mío, así como me hablaba de los demás, podría hablarle de mi al resto, aunque considerando lo plana que era mi vida, nadie se interesaría en ello.
-¿Recuerdas que te hablé de West, Jayden, Anakin y Maverick? -asentí.
Recordando las innumerables veces en las que me habló de ellos. Que si una magnifica fiesta, que si una cena en un restaurante caro que se filtró en las redes, que si sus novias, sus desmadres, sus mejores juegos, sabrá Dios cuanta cosa esa mujer me habló de esos chicos que no sobrepasaban los veintitrés años.
-Todos los años escogen a cuatro chicas -y la emoción volvió a brillar a través de ella.
Supuse que la habían elegido este año y bien recordaba para que lo hacían.
La noche de Halloween.
Una gran fogata se encendía en el bosque y ellos llevaban cada uno una chica para compartir aquella noche.
Había ido una sola vez y la cantidad de personas me abrumó, así que tomé el camino ya machacado que conocía del bosque y regresé a casa.
Tenía diecisiete para ese entonces y me arrepentí toda la semana de haber ido, aunque caminar por en medio del bosque fue divertido en su momento.
-Necesito que chilles bien alto cuando te diga esto -enarqué una ceja en espera -ninguno ha elegido a una chica.
Ladeé mi cabeza en su dirección y ella frunció el ceño al ver que no entendía.
-Si no eligen a una es porque hay probabilidades de que nos estén dando la oportunidad de postularnos -mi boca se abrió comprendiendo.
Les están dando la oportunidad de verlas. Y estaba segura de que "mi querida amiga" se postularía en cuanto tuviese la oportunidad.
No las juzgaba, ni criticaba ni nada por el estilo. Entendía la euforia, esos chicos eran exactamente la copia de algún personaje de los tantos libros que he leído.
Con un aura maliciosa que los envolvía y con un atractivo que arrasaba con cualquiera.
Ellos a nivel físico eran perfectos, incluso Anakin, con la cicatriz que cruzaba su ceja por alguna pelea en la que se vio involucrado en su momento.
Ellos además de ricos y ardientes eran peligrosos y un hombre con dinero y poder era de por si un peligro, ahora más uno con poder, dinero y una mente macabra.
Soltando todo el aire y liberando mis pulmones me imaginé el barullo que se armaría.
La reputación de esos chicos los precedía desde la preparatoria y cuando entraron en la universidad sus nombres se alzaron por encima del de cualquiera.
Por ello, estas chicas estaban interesadas en ser parte de esto, porque eso las volvería parte de algo más grande, ellas literalmente saldrían del anonimato y serían recordadas por mucho, mucho tiempo.
Y si le sacabas provecho a eso podrías lograr mucho más que solo el susurrar de tu nombre por todos los pasillos.
Recordaba perfectamente a Natasha, una chica pelirroja del año pasado que aprovechó todo esto y terminó convirtiéndose en una influencia en las redes sociales, sé que la chica hasta publicidad hace y ha empezado a ganarse la vida con eso.
Definitivamente esos chicos tenían más de lo que cualquiera podría pedir.
-Te vas a postular -susurré sin querer decir más.
Ella asintió con una sonrisa y quise sonreírle por sus agallas, pero ni siquiera una mueca surcó mi rostro.
Creía tenerlo bajo control, sobreviviendo cada día y aceptando lo que la vida me daba. Cayendo cinco veces y levantándome otras seis veces más. Hasta que los conocí y mi vida dio una vuelta que dejó todo mi mundo volcado. Pero poco a poco lo fui reconstruyendo junto a ellos. Seis hombres capaces de hacer vibrar mi mundo con una melodía tétrica, pero placentera. Pero no todo siempre era como queríamos, los engaños eran algo a la orden del día y estos terminaban dejándome al borde del precipicio por creer fielmente en todo lo que me rodeaba. Hasta que aprendí que en el mundo de engaños en el que vivía no podía dar nada por sentado.
Segunda parte de Atada a ellos -¿Qué son? -cuestionó al ver que escribía por primera vez en la pequeña libreta que me había dado. -Nombres -dije simple tratando de contener las arcadas que me estaban atacando. -Nombres -susurró con desdén -¿de quiénes? -yo intenté sonreír. -De todas las personas que me hicieron daño -él se dejó caer en la silla junto a mí y se inclinó para prestar atención a los nombres. -¿Y qué harás con esa lista? -esta vez si sonreí. -Guardarla para cuando salga de aquí -él enarcó una de sus cejas. -¿Para qué? -yo lamí mis labios con lentitud. -Para vengarme. Él se dejó caer por completo en la silla y rio con suavidad. -¿Te vengarás de quienes amas? -cuestionó con algo de dejadez. -No de una forma cruel, solo los quiero a mis pies -dije con lentitud. -Ya los tuviste -me recordó. -Y por ello los tendré nuevamente, después de todo aquí he aprendido a que puedo obtener todo lo que me proponga y si estando en la mierda lo he conseguido, pues cuando ascienda lo obtendré más.
Ser huérfana en el lugar del que provenía nunca era algo bueno. En primer lugar, porque las casas de acogida eran una mierda y más un centro de reclutamiento que de ayuda. Aunque para muchos ser reclutados era una bendición y algo muy bueno, para otros no. Yo estaba del lado que consideraba que ser reclutada era una mierda. Pero los hermanos Fire estaban en todos lados y era cuestión de tiempo que yo cayera en sus manos. Lo que no esperaba era caer en ellas de una forma tan poco convencional.
Estaba casada, sí, pero no era feliz, no hasta que ellos entraron en mi vida. Lo hicieron de una forma tan rápida que ni siquiera me percaté de que ya eran parte de mí y de la misma forma en la que entraron así mismo se marcharon dejándome en la absoluta miseria, una de la que no podría salir tan facilmente.
Hay personas que nacen rotas, carecen de algo desde el momento en que llegan a este mundo, otros se van rompiendo a medida que pasa el tiempo y estas son las peores rupturas, porque cuando naces roto mientras pasa el tiempo te acostumbras a esa ruptura en tu ser, pero aquellos que se rompen de un momento a otro sienten que no pueden reparar aquello que se rompió y simplemente colapsan; su ser se destruye de una manera tan impredecible que no saben cómo reponerse. Por eso les agradeceré infinitamente a ellos, les agradezco por haberme salvado, por haber detenido los pensamientos oscuros que se extendían por mi mente como una plaga infestando cada neurona de mi sistema programándome de una forma en la que no me enorgullece revelar, le agradezco a esos dos hombres por haberme hecho sentir; por haberme devuelto a la vida. Porque lo que la gente suele ignorar es que el suicida ya estaba muerto antes de saltar.
Su vida tenía un perfecto orden. Perfectas rutinas, perfectos horarios, perfectos planes de comida. Y horas específicas para cada cosa. Mientras que la mía era una completa montaña rusa de descoordinación. Sin rutinas, sin horarios específicos, sin planes de comida. Sin horas específicas para cada cosa. Pero de una forma u otra mi mundo descoordinado colisionó con el de él sacándolo de esa perfecta rutina que lo estaba llevando lentamente a la monotonía. Y esa hermosa colisión entre ambos terminó permitiendo que yo rompiera todas sus reglas.
Corinne dedicó tres años de su vida a su novio, pero todo fue en vano. Él no la veía más que como una pueblerina y la dejó sola en la boda para estar con su verdadero amor. Tras ser despechada, Corinne recuperó su identidad como nieta del hombre más rico de la ciudad, heredó una fortuna de mil millones de dólares y acabó llegando a lo más alto. Pero su éxito atrajo la envidia de los demás, y la gente trató constantemente de hundirla. El Sr. Hopkins, famoso por su crueldad, la animaba mientras ella se enfrentaba uno a uno a esos alborotadores. "¡Así se hace, cariño!".
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Anoche pasé una noche erótica con un desconocido en un bar. No soy una mujer al azar. Hice esto porque estaba muy triste ayer. El novio que había estado enamorado de mí durante tres años me dejó y se casó rápidamente con una chica rica. Aunque actúo como si nada hubiera pasado delante de mis amigos, estoy muy triste. Para aliviar mi estado de ánimo, fui solo al bar y me emborraché. Accidentalmente, me encontré con él. Él es más que atractivo e increíblemente sexy. Como el deseo controlaba mi mente, tuve una aventura de una noche con él. Cuando decidí olvidarme de todo y seguir adelante, descubrí que mi aventura de una noche se convirtió en mi nuevo jefe. Un tipo posesivo.
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