Dante ni siquiera parpadea.
Pasa por encima de mi cuerpo sangrante para consolar a su amante que llora, dejándome sola, gritando por nuestro bebé perdido.
Cree que me dio una lección.
Me obliga a disculparme con la mujer que se burló de mí, incluso mientras mis suturas se abren.
No sabe que mientras él vigilaba la puerta para que no entraran los médicos, mi hermano realmente murió.
No sabe que enterré a la única familia que me quedaba en una fosa común mientras él se acostaba con la mujer que me incriminó.
En nuestro décimo aniversario, llena la casa de lirios, esperando una reconciliación.
En lugar de eso, dejo los papeles del divorcio firmados sobre la cama, tomo un puñado de tierra de la tumba y desaparezco en la noche.
Para cuando descubra la verdad, seré un fantasma que nunca más podrá tocar.
Capítulo 1
Mi esposo, el hombre que una vez había quemado una manzana entera solo porque un rival me miró mal, ahora era él quien me obligaba a arrodillarme en la nieve helada, vestida únicamente con mi camisón de seda.
El invierno de la Ciudad de México me calaba hasta los huesos.
Tenía las rodillas entumecidas, hundidas en la nieve blanca del patio de la mansión de los Montenegro, pero no temblaba.
No me atrevía a temblar.
Dante Montenegro estaba de pie frente a mí.
Era el Don del Cártel de los Montenegro, conocido en el bajo mundo como el Príncipe Loco por una buena razón.
Llevaba un abrigo de lana que costaba más que la casa donde crecí, luciendo en cada centímetro como la parca que el mundo temía.
Sostenía una tablet en su mano enguantada.
La pantalla brillaba, proyectando una luz azul fantasmal sobre su mandíbula afilada y cruel.
En la pantalla había una transmisión en vivo de una habitación de hospital.
Mi hermano, Luca, yacía allí, y el siseo rítmico del ventilador respiraba por él.
La mano de uno de sus sicarios flotaba sobre el cable de alimentación del soporte vital de Luca.
-Dime la verdad, Elena -dijo Dante.
Su voz era un murmullo grave, desprovisto de la calidez que solía hacer que mi sangre cantara.
-¿Amenazaste a Sofía?
Lo miré.
Hace diez años, le había salvado la vida en un callejón, peleando como las ratas con las que solía andar.
Me había acogido.
Me había moldeado.
Me había coronado su Reina.
Ahora, me miraba como si fuera algo que había pisado.
-No la toqué -susurré, mis dientes castañeteando contra mi voluntad.
Dante tocó la pantalla.
El sicario en el video agarró el enchufe.
-No volveré a preguntar -dijo Dante.
Revisó su reloj.
-A Luca le quedan unos tres minutos de oxígeno residual si se desconecta ese enchufe.
-Por favor, Dante -rogué, mi orgullo haciéndose añicos.
Intenté alcanzar su pierna, pero retrocedió como si yo fuera una enfermedad.
-No me toques -escupió-. Confiesa.
Pensé en Sofía.
La mujer que trajo a nuestra casa.
La mujer que se burló de mis orígenes humildes en la subasta de la semana pasada.
La mujer que afirmó que la empujé, cuando en realidad tropezó con su propia vanidad.
Pero la verdad ya no le importaba a Dante.
Solo ella importaba.
Y Luca iba a morir por mi orgullo.
-Lo hice -mentí, las palabras sabiendo a ceniza y bilis-. La acosé. La amenacé. Quería que se fuera.
Dante hizo una señal a la cámara.
El sicario se alejó del enchufe.
Dante me miró con puro asco.
-Eres una decepción, Elena -dijo.
Y entonces, la realidad se fracturó.
Un calambre agudo y desgarrador me partió el vientre.
Era un dolor como ningún otro que hubiera sentido.
Jadeé, agarrándome el estómago.
Un calor repentino y nauseabundo inundó mis piernas, tiñendo la nieve inmaculada de un carmesí espantoso.
-Dante -logré decir.
Él miró la sangre.
Su expresión no cambió.
Me dio la espalda.
-Quítenla de mi vista -ordenó a sus guardias-. Enciérrenla en el Cuarto de Castigo.
-¡Dante, por favor, el bebé! -grité, tratando de alcanzarlo.
Se detuvo.
Miró por encima del hombro, con los ojos muertos.
-Pase lo que pase, tú te lo buscaste.
Se alejó hacia el calor de la casa donde su amante esperaba.
Los guardias me levantaron a la fuerza.
Grité su nombre hasta que mi garganta sangró, pero el Príncipe Loco no miró atrás.