hambre; cada bocado se me antojaba ceniza en la lengua. Al otro lado, Mateo me observaba con un mutismo que pesaba más que cualquier palabra. Se levantó despacio, con esa calma cal
s ingenua de mí, aquella que aún se aferraba a un recuerdo idealizado, vaciló. Ése era el Mateo que yo había amado: el hombre atento, minucioso, capaz de recordar los detalle
para hablar, para pedirle una últi
pantalla y una sonrisa leve, casi disculpatoria, rozó sus labios. "Lo siento, Sofía. Es trabajo. Tengo que atender esta llamada"
ció antes que mi oído: ese timbre agudo, juguetón. Era Valeria. "¿Vas a venir esta noche?", ronroneó ella, burlona, seductora. "¿O te quedarás con
a. "Lo siento mucho, Sofía", dijo, despeinándose a propósito co
inó y depositó un beso en mi frente, sus labios fríos como el mármol. "Gracias por ser tan comprensiva. Eres la mejor, Sofía". Lo vi alejarse, tomar las llaves del cuenco junto a la puerta y marcharse sin que yo dijera una sola palabra más. No quedaba nada por decir entre nosot
salvo", me había dicho. Una herramienta que, en realidad, servía más a su control que a mi tranquilidad. Entre sus funciones estaba la posibilidad de activar el micrófono en secre
a puerta de la ca
beso húmedo, hambriento, el roce febril de la ropa, el susurro metálico de una cremallera bajando. "Eres mía, Valeria", murmuró él, con la voz rota de deseo. "Siempre has sido mía". "¿Y qué hay de ella?", preguntó ella, apenas un soplo contra
segura. La ironía era cruel: me había mostrado una verdad más letal que cualquier amenaza exterior. La borré sin titubear. Ya no la necesitaba. Lo sabía todo. Una hora más tarde, el sonido de su auto anunció su regreso. Escuché sus pasos en la escalera, acompañados de un trote más ligero, más delicado. Abrió la puerta del dormitorio. Valeria se aferraba a su brazo como si fuera su ancla, con un aire de inocencia perfectamente calculada. "Sofía", comenzó Mateo, con
ertado. Había esperado una pelea. Lágrimas, celos. Yo solía enve
bría preocupado está muerta". Los dejé en el umbral y me dirigí a la habitación de Agustín. La mujer que un