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Historia
Del Amor al Odio: Su Caída

Del Amor al Odio: Su Caída

Autor: Rabbit
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Capítulo 1

Palabras:1769    |    Actualizado en: 28/08/2025

r un hijo varón, y entonces la esposa pasaba a formar parte del fideicomiso familiar. Yo había cumplido con mi parte. Sin embargo, en la oficina del abogado descubrí que toda mi vida no era más que u

as de mi abuela, Mateo no la culpó. Fue a mí a quien encerró en el sótano para "darme una lección". La traición definitiva llegó cuando usó a nuestro hijo enfermo, Agustín, como un pe

se heló en un odio puro, implacable, irreductible. A los pies de la tumba de nuestro hijo me golpeó, convencido de que con la violencia podría quebrarme por completo. Per

, lo sabía, se

dica que se encargaba de todos los asuntos de los Garzas. Tras cinco años de matrimonio, había llegado el día en que finalmente sería reconocida. No solo como la esposa de Mateo, sino como un miembro legítimo de aquella dinastía poderosa. El abogado, un hombre cuyo rostro era una máscara perpetua de cortesía distante, me recibió. "Señora Garza. Y este debe ser el joven heredero". Sonreí con cansancio, pero de manera sincera. "Él es A

plicación, s

odo. "Estoy al tanto de su matrimonio, por supuesto. Pero... como sabe, ninguno de los Garzas asistió a su ceremonia". Tenía razón. Mateo me había dicho que su familia era reservada, que desaprobaban un festejo ostentoso. Juró que todo cambiaría cuando tuviéramos un hijo. Yo lo creí. El abogado deslizó un expediente hacia mí. "Este es un ejemplar certificado de la inscripción en el fideicomiso". Lo abrí con manos temblorosas. Allí estaba, impreso con crudeza: Mateo Garza y Valeria Gómez casados. La firma de mi esposo era inconfundible. Un mareo me envolvió y tuve que aferrarme al borde de la mesa maciza para no derrumbarme. Mi bebé se agitó en mis brazos y lo abracé más fuerte, buscando en su calor un ancla en un mundo que de pronto se inclinaba bajo mis pies. El nombre retumbaba una y otra vez en mi mente: Valeria Gómez. Recordé los retratos de ella en nuestra casa. Mateo los había mandado pintar tras su muerte. La llamab

l interior de la mejilla para no gritar. El dolor agudo de la carne desgarrada fue lo único que me mantuvo erguida. Él fingía estar en la oficina. Pero no estaba allí. Estaba con ella. La escondía. Valeria no estaba muerta. "¿Sofía? Te ves pálida, ¿te sientes bien?", preguntó, con un destello de lo que parecía preocupación. Tragué saliva con esfuerzo. "Solo estoy cansada. Agustín no me dejó dormir en toda la noche". Su voz se volvió aterciopelada, la misma con la que tantas veces me había arrullado. "Mi pobre chica... descansa un poco. Te amo". Aquellas palabras, que alguna vez habían sido mi refugio, ahora eran veneno corrosivo. Obligándome a sonreír débilmente, contesté: "Yo también te amo". Corté la llamada y apoyé la cabeza en el respaldo de cuero del sillón. El frío del material contrastaba con el fuego helado que me consumía por dentro. Las mentiras me envolvían como una telaraña asfixiante, en la que había permanecido atrapada cinco largos años. Pero lo más escalofriante aún estaba por llegar. Un recuerdo emergió, nítido. Una noche, días atrás, lo había escuchado hablar por teléfono en su estudio. Su voz, baja y conspiradora, se filtraba entre la rendija de la puerta: "No temas, mi amor resucitado", susurraba entonces. "Les dije a todos que eras una androide, una copia perfecta para aliviar mi dolor. Nunca sospecharán. Hice todo esto para traerte de vuelta a m

las escrituras. Él firmaría sin mirar. Siempre lo hacía. Me otorgaba esa "confi

r donde caería su imperio. Ese día, su

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