Libros y Cuentos de Kao La
La Reina Invisible: La Caída De Moretti
Soy la esposa de Óliver Moretti, el Capo más temido de la ciudad. Él pone la fuerza bruta, pero yo soy el cerebro que lava sus millones. Creía que éramos reyes construyendo un imperio, hasta que descubrí que llevaba nueve años con su amante, planeando huir con el dinero que yo limpié para él. Pero la verdadera traición no fue el robo, fue la sangre. Esa noche en el restaurante, su amante apareció desquiciada y me pateó brutalmente en el vientre. Caí al suelo, sintiendo cómo la vida se me escapaba entre las piernas. Estaba perdiendo a nuestro bebé. Grité su nombre, suplicando ayuda mientras me desangraba. Pero Óliver no corrió hacia mí. Corrió hacia ella. Mientras yo abortaba a su único heredero legítimo en el suelo frío, él abrazaba a la asesina de su hijo para consolarla. "Tranquila, Nadia, estoy aquí", le susurró, dándome la espalda a mí y a su hijo muerto. En ese instante, el amor se convirtió en un odio nuclear. Desde la cama del hospital, transferí sus cinco millones a un paraíso fiscal y envié las pruebas de todos sus crímenes a la Comisión. Ahora, semanas después, él ha cruzado una tormenta de nieve para encontrarme. Está de rodillas, llorando, rogando perdón porque su imperio se desmorona y se ha dado cuenta de su error. Lo miro sin sentir nada más que hielo. "Querías un reino, Óliver. Ahora obsérvalo convertirse en cenizas".
Mi Pasado, Su Precio
Mi novio, Ricardo, era el hombre perfecto, o eso le decía a todo el mundo. Guapo, atento, y con amnesia, lo encontré herido cerca del hospital donde trabajaba. Lo llevé a casa, lo cuidé, le di de comer. Él me daba su compañía y cariño. Creí que era una relación perfecta. Pero un día, la realidad me golpeó. Una caravana de camionetas blindadas apareció, y en un instante, mi "amnésico" se transformó en Ricardo "El Patrón" Morales. Su secretario, Jorge, me tendió un cheque: "El Patrón le agradece sus cuidados. Son cinco millones de pesos." Mi corazón se hizo pedazos. Le susurré: "No quiero tu dinero, yo te amo." Rompí el cheque en mil pedazos. Él solo me lanzó una mirada de desprecio, se rio y subió a la camioneta. Desesperada y humillada, intenté exponerlo, pero fui tildada de "Enfermera Interesada" . Me despidieron, perdí todo. Luego, sus hombres irrumpieron en mi casa y me llevaron a Jalisco. Allí, Ricardo me obligó a casarme con él, una farsa cruel. Me encerró en una jaula de oro, me ignoró, y se acostó con otras mujeres frente a mí, especialmente Isabella, que se deleitaba en mi sufrimiento. Ella me reveló cómo Ricardo había destruido a mi familia. El dolor era insoportable. Subí a la azotea y salté, mi último pensamiento: debí haber tomado los cinco millones. Entonces, desperté. En mi cama, en mi apartamento, un año antes de que todo comenzara. Esta vez, no cometería el mismo error. Esta vez, el objetivo era claro. El dinero.
Corazón Roto, Alma Marcada
El dolor se fue de golpe, así, sin más. Un segundo antes, cada parte de mi cuerpo gritaba, sentía cómo me arrancaban la esencia, un tormento sin fin en la oscuridad helada del Mictlán. Al siguiente, todo era calma. Estaba en mi habitación, la casa de mi familia, los Flores. Miré mis manos, jóvenes, fuertes. Pero la calma era un engaño. El calendario de piedra marcó el día: el de la ceremonia, el día en que todo se fue al carajo. Había vuelto al día en que mi hermano, Quetzal, profanó el Corazón de Maíz. Lo vi de nuevo: Quetzal, el elegido, de pie frente al altar. A su lado, esa mujer, Itzpapalotl, disfrazada de dulzura. La llamaban La Llorona. Ella le susurraba, sus ojos llenos de una ambición oscura. No vi un monstruo, sino a mi estúpido hermano, el que rompió el sello ancestral bajo la mirada sonriente de esa mujer. En mi vida pasada, corrí. Grité. -¡Quetzal, no! Fue inútil. La Llorona se interpuso, riendo, sellando la maldición con su esencia oscura. Después, el infierno. Quetzal se transfiguró en un monstruo. Nos masacró. Su risa resonaba mientras el pueblo ardía. A mí, me guardó para el final. Me torturó, saboreando mi dolor, recordándome que todo era mi culpa por no ser la elegida. Su odio fue lo último que vi antes de que mi alma fuera condenada al Mictlán. Estaba viva. Entera. La Xochitl de antes habría corrido, habría gritado, habría intentado detenerlo. Pero el recuerdo del Mictlán me detuvo. El dolor, la desesperación, la soledad infinita. Eso me había cambiado. Me había hecho más sabia, más dura. Mi primer impulso fue salvar a mi hermano, pero el Quetzal que yo amaba murió en el momento en que escuchó a esa mujer. Ahora, mi gente era lo importante, mi pueblo. Me levanté en silencio. Ya no era una víctima. Era la guardiana. Y esta vez, no iba a fallar.
