Libros y Cuentos de Qing Cha
Su dulce traición, su fría venganza
Creí que mi novio, Damián, era mi príncipe azul, la única persona que me veía en una familia que me trataba como a una intrusa. Estaba equivocada. Él y su mejor amigo, Ethan, me drogaron, me tomaron fotos íntimas y las filtraron por toda la universidad para destrozar mi reputación y obligarme a salir de sus vidas. Mi propia madre, más preocupada por su estatus social, me llamó zorra y me abandonó. Luego, Ethan envió a sus matones para acorralarme en un callejón. Me humillaron, me agredieron y, en el forcejeo, me apuñalaron y me dieron por muerta. Tirada en una cama de hospital, escuché la verdad. La disculpa fingida de Damián era una mentira; me dejaba por su "verdadero amor", Érika. El único remordimiento de Ethan era que no hubiera muerto. "Estás sola", se burló. "Ya nadie te va a proteger". Tenía razón. Estaba sola. Pero cuando volví a la casa para empacar mis cosas, descubrí que lo último valioso que poseía, el brazalete de jade de mi abuela, había sido robado. Ese fue el momento en que algo dentro de mí finalmente se rompió. O tal vez, fue el momento en que finalmente me reconstruí. ¿Querían que me fuera? Perfecto. Pero no iba a desaparecer sin más. Les haría pagar por cada una de mis lágrimas.
Borrado por sus mentiras y su amor
Durante diez años, le di todo a mi esposo, Damián. Tuve tres trabajos para que él pudiera sacar su maestría en administración y vendí el medallón de mi abuela para financiar su startup. Ahora, justo cuando su empresa estaba a punto de cotizar en la bolsa, me estaba obligando a firmar los papeles del divorcio por decimoséptima vez, llamándolo un "movimiento de negocios temporal". Entonces lo vi en la televisión, con el brazo rodeando a otra mujer: su inversionista principal, Aurora Quintana. La llamó el amor de su vida, agradeciéndole por "creer en él cuando nadie más lo hizo", borrando toda mi existencia con una sola frase. Su crueldad no se detuvo ahí. Negó conocerme después de que sus guardaespaldas me golpearan hasta dejarme inconsciente en un centro comercial. Me encerró en un sótano oscuro, sabiendo perfectamente de mi claustrofobia paralizante, dejándome sola para que sufriera un ataque de pánico. Pero el golpe final llegó durante un secuestro. Cuando el atacante le dijo que solo podía salvar a una de nosotras, a mí o a Aurora, Damián no dudó. La eligió a ella. Me dejó atada a una silla para que me torturaran mientras él salvaba su preciado negocio. Tumbada en una cama de hospital por segunda vez, rota y abandonada, finalmente hice una llamada que no había hecho en cinco años. —Tía Elena —logré decir con la voz quebrada—, ¿puedo ir a quedarme contigo? La respuesta de la abogada más temida de la Ciudad de México fue instantánea. —Claro que sí, mi niña. Mi jet privado está listo. Y Arlet, escúchame, sea lo que sea, lo resolveremos.
El precio de su engaño cruel
Tres años después de que mi prometido, Damián, me dejara plantada en el altar, regresó a mi vida como un huracán. Me encontró embarazada, viviendo en la majestuosa casona que él todavía creía que era suya por derecho. No venía solo. Mi ex mejor amiga, Brenda, estaba a su lado, sus ojos recorriendo la casa con una codicia pura. Me acorralaron, sus rostros desfigurados por la rabia, exigiendo saber quién era el padre de mi "bastardo". Cuando me negué a responder a sus acusaciones demenciales, sus preguntas se convirtieron en violencia. Me abofetearon, me metieron trozos de vidrio roto en la boca y me inmovilizaron en el suelo. Brenda sonrió mientras clavaba su tacón de aguja en mi vientre. Luego, Damián me dio una última y salvaje patada. En ese instante de horror, sentí cómo la pequeña y vibrante vida dentro de mí se detenía. Habían asesinado a mi hijo. Se rieron cuando les supliqué entre sollozos que el bebé era del hermano mayor de Damián, Arturo. "Todo el mundo sabe que es estéril", se burló Damián, su voz goteando desprecio. "El accidente de coche de hace diez años se encargó de eso". Estaban tan cegados por un rumor de una década que se negaron a creer la imposible verdad. Pero justo cuando arrojaban mi cuerpo roto a la alberca para que me ahogara, un coche destrozó el portón de la finca. Era Arturo. Y estaban a punto de descubrir la devastadora verdad: él no solo era el padre del bebé. Era mi esposo.
El último adiós, una huella imborrable
Durante seis meses, una enfermedad misteriosa había estado paralizando mi cuerpo, pero yo ignoraba el dolor constante para ser la esposa perfecta y comprensiva para mi exitoso esposo arquitecto, Claudio. La noche en que nuestro matrimonio murió, él no contestó mis llamadas. En su lugar, su joven protegida me envió una foto de ellos abrazados, luciendo perdidamente enamorados. Cuando lo confronté, me llamó histérica y la eligió a ella. Pronto descubrí que estaba embarazada; él estaba construyendo la familia que se suponía que tendríamos, pero con otra mujer. Desesperada, corrí a mi madre en busca de consuelo, pero ella se puso de su lado. —Claudio es un buen hombre —dijo—. No seas conflictiva. Él había prometido cuidarme en la salud y en la enfermedad, pero él y mi familia me abandonaron cuando estaba en mi punto más débil, descartando mi dolor como si fuera un simple drama. Pero ese día, recibí mi propio diagnóstico: cáncer cerebral terminal. Solo me quedaban meses. Y en ese momento, todo el dolor se desvaneció. No iba a morir como una víctima. Iba a vivir mis últimos días para mí, y él iba a vivir el resto de su vida con las consecuencias.
Amarte profundamente
Estaba borracha por culpa de su hermana, que estaba celosa de todo lo que poseía, accidentalmente entró en una habitación, donde tuvo una aventura de una noche con un extraño. Ella tenía un bebé inesperado de ellos. Incapaz de resistir la gran presión de su familia y su amenaza, ella decidió casarse con él. Ante muchos obstáculos, ella quería poner fin a este matrimonio inestable, pero él lo rechazó. ¿Podrían disolver todos los malentendidos y seguir adelante?
