e esperaba. Aún estaba considerando si la mujer representaba una amenaza, no es que lo p
os que llevaba puesto. Su cabello estaba atado en una cola de caballo de la que algunos mechone
. Ella estaba usando unas pantuflas rosas con forma de conejo. Si estaba allí para roba
ese animal fuera un arma mortal. Menos por la forma como se acurrucaba contra su dueña mientras parecía indiferente a todo. Giovanni era u
uy acorde a su inocente apariencia-. Ella es un poco traviesa y de alguna manera se l
cruzándose de brazos y ende
abían observado antes; cual fuera la conclusión a la que llegó, un brillo de miedo se había posado p
ta estaba
huyendo. No es que pudiera hacerlo, tendría que derribarlo para llegar a la pu
azó sin inmutarse ante la e
ra que alguien más metiera sus narices en sus
sonas aguantaban un poco más antes de confesar la verdad. Le sorprendió que ella hubiera logrado entrar a su departamento, no tenía la apariencia de alguien que supiera forzar cerraduras. Debía revisarlo para asegurarse de que estaba
para silenciarla y e
me decirte que el gesto que acabas de hacer
agallas -dijo dando un par de pasos hacia adelan
entrar, no vo
hará -dijo con la amen
o ir o que me vas a matar y ti
lencio, el orden y la tranquilidad. Ella parecía la antítesis de todo eso. La necesitaba fuera de su departamento cuanto antes par
desvió más abajo. Sabía lo que estaba viendo. Sus nudillos estaban algo dañados por su reciente entrenamiento. Jamás sería c
empezar a caminar. Ella se tensó como si esperara que la fuera a atacar. Pasó por su costad
o se movió hasta que el seguro de la puerta sonó. Sacudió la c
largo tiempo... o quizás nunca. Ella parecía una mujer demasiado tonta para sentir el peligro y demasiado impulsiva. Nadie en su sano juicio se in
etido. Había pasados los últimos días bajo mucho estrés y no había encontrado mejor manera para que golpear un s
nsar recordó lo que lo había llevado a ese estado para comenzar. Su progenitor había muerto días atrás y no había habido nadie más para encargarse de arreglar su entierro y saldar su deuda con el ho
escargarse otra vez. Salió del baño y sacó del armario un pantalón de franela. Después caminó ru
estaba allí. Miró hacia la pared que daba al pasillo, como si pudiera ver a través de ella y de la de su vecina. Ella era la única que podía hab
muy largo. De todas formas, ese jarrón ni siquiera le gustaba. Solo lo había tenido por muestra de cortesía con la persona que se lo regaló. Mia
ente era diferente a la mayoría de ellas. Una sola mirada había bastado para identificar que ella vivía en su propio mundo, con sus propias reglas, indifere
uando terminó fue hasta la sala y encendió la televisión. Esc
ilidad. Dejó el incidente en el