que creía estar salvando, hasta que descubrí la verdad. Él grababa en secreto nuestros encuentros íntimos, para luego usar tecno
uedó mirando mientras sus guardias me golpeaban. Después, envió a unos mato
da, me mandó a un centro de detención y me llamó co
a vez me había corrido de casa. Quería que me casara con un heredero discapacitado del sector tecnológico, Keegan Marks, a cambio del enorme fideicomiso de mi madre.
1 La cr
evantaba de la cama; su espalda estaba llena de líneas definidas y músculos. Se movía con una el
a mía, su peso, el roce áspero de su barba incipiente en mi cuel
dmirando el paisaje. Su mirada era distante, perdida en algún lugar al que yo no podía llegar. Siempre pasaba lo
intura. El movimiento llamó su atención. Sus ojos, de color pizarra, se enc
ra. No fue necesario. Cerré los ojos y dejé que me guiara, mi cuerpo respondía por instinto. Quería sentir algo, cualquier cosa, que acortara la distancia entre nosotros. Rodeé su cuello
movimientos precisos y eficientes. Se puso el reloj, una pieza oscura y cara que combinaba con la frialdad de su mirada.
ía repetido demasiadas veces. Kane se acercó a la estantería. Sus dedos rozaron una fila de clásicos encuadernados en cuero a
o fue una solicitud, sino una condición. Se me hizo un nudo en el estómago por la vergüenza y la confusión. Había dicho que era por su "tranqui
esta torre de cristal. Mi trabajo era sencillo: sacarlo de ella. Ser su compañera, su musa, lo que fuera que necesita
ecabezas que estaba desesperada por resolver. Lo pinté, lo dibujé, aprendí los contornos d
mi esperanza y su silenciosa, desesperada necesidad. Se sintió real. Sin embargo, la
a Kane. Saqué la pequeña tarjet
con voz monótona
o a mí. "Déjala e
s las veíamos juntos. Las agarraba y desaparecía
semanas. Le llevé café y, por primera vez, entré en su oficina sin llamar. Él no
e Coral, mi hermanastra. Su rostro, superpuesto a la perfección sobre mi cuerpo, gimiendo su nombre. El video era uno de doce
mismo cabello oscuro, la misma complexión delgada. Suficiente para que su tecnología hiciera el resto. Cada palabra tierna
él, se sentía como un peso muerto en mi pecho. El
tos, devolviéndome al frío penthouse. Se estaba
os rígidos. Llené un vaso del chorro y se lo llevé, con los dedos
Estaré fuera una semana", anunció, ar
mi voz era tranquila,
recerró un poco los ojos.
isa amarga en los labios. "Que tengas un
a pizca de confusión en los ojos. No podía ver e
a puerta sin mirar atrás. La cerradura se ce
ueña risa hueca. Mi misión había terminado. La señora Miller quería que t
tamente destrozado. Y en esa ruptu