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Ka
ntes de que cediera con un clic que se escuchó demasiado fuerte en el silencio de las cinco de la madrugada. El aire aún estaba muy frío, así qu
uminar las mesas vacías y el piso que necesitaba ser trap
día esperar.
prendí, esperé a que calentara, moví los granos del contenedor hacia el moledor. El ruido era horrible, agudo y estridente, pero a
ué gr
de las mesas, limpiar la barra con el trapo que olía a vinagre porque el desinfectante se había acabado la semana anterior y yo seguía olvida
Las tapas, no tanto.
eño, el señor Harris que solo aparecía los viernes para recoger la ganancia, insistía en que los clientes querían variedad. Lo que los clientes
muy caliente y me que
ue nadie vendría hasta las seis y media como mínimo. Era parte de la rutina. Todo tenía
ad porque la anterior se me había acabado. Esta tenía como cincuenta páginas llenas ya de órdenes, comentarios, observaciones rand
mpre, con su periódico bajo el brazo. Nunca a las seis y medi
afé negro en la taza grande para llevar, sin azúcar, sin crema, sin nada, y lo puse en la b
versación. Todos los día
leche de almendras y un muffin de arándanos para compartir. Señalé el menú aunque ya sabía qué querían, ellos señalaron
setenta años pero se movía como si tuviera treinta y nunca, NUNCA, se callaba.
cansada, ¿estás durmiendo bien? Deberías tomar esas vitaminas que te recomendé, las
una vitamina. Preparé su té verde co
s y ya deletrea palabras como «pterodáctilo» y «bibliografía». Es un genio, Kate, un genio. Su madre dice
dos cincuenta. Le devolví el cambio. Ella lo dejó en el
, mi niña. Cómpr
itarlo. La señora Chen era.
o y sobre su hija que estaba embarazada otra vez. Yo asentí
una servilleta con un corazón dibujado y las palab
dola. Tiré la servilleta a la basura,
caballo descuidada y su chaqueta de mezclilla que tenía un parche de una luna sonriente en
lemente a mi jefe, que decidió que reorganizar TODA la sección d
la encima, como le gustaba. Ella lo agarró con las d
o después del primer so
y escribí: «Dime
obre la barra con esa mirada qu
zra me llevó a
cejas y es
e. ¿Quién hace eso todavía? Y me llevó a ese restaurante italiano, ya sabes, el caro que está en el centr
: «¿Te
de Maya se pu
illa. Cuando me dejó
í: «Pa
taba sonriendo-. No es patético, es romá
que un beso en la mejilla después de cas
ya-. Y además, no tenemos prisa. La
buenas. Sí, claro. No es qu
un tipo en la biblioteca que había intentado devolver un libro que había sacado en 1987,
la reunión este fin de semana. Sé que no t
a las reuniones de la manada. No iba a ningún l
dos de la tarde terminé mi turno, limpié un poco, conté el dinero de la caja registradora y lo guardé en la
uido extraño cada vez que doblaba a la izquierda, como si algo estuviera suelto debajo. Probablem
abía que estaba ahí, esa línea invisible que separaba su mundo del mío. Yo vivía en el margen, técnicamen
pequeña, tenía dos habitaciones y un baño qu
ada en el refrigerador con un imán de un gato: «Llegaré tarde. Ha
y fría en el medio. Me la comí de todas formas, parada junto al fregadero, mirand
Nunca lo necesitaba. Podía leer los labios o simplemente... no me importaba segui
mo casi siempre y a las diez me fui a la cama. Me lavé los dientes y
cho. Justo en el centro, donde se suponía que d
a
sil
o v
he fuera diferente. Que una noche ella es
cía, yo seguía siend
giré hacia un lado
otro más arriba también. Así de pat

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