A su derecha, Benito, su leal asistente personal, permanecía de pie como una estatua, sosteniendo un maletín de cuero. Benito conocía a su jefe lo suficientemente bien como para saber que la calma de Javier era solo la superficie de un océano a punto de desbordarse.
Al otro lado de la inmensa mesa de caoba, el abogado de la familia, Arturo Silva, hojeaba un grueso fajo de documentos con manos temblorosas. Arturo había sido el confidente del difunto abuelo de Javier, don Ernesto Montenegro, durante más de cuatro décadas.
-Podemos saltarnos las formalidades, Arturo -cortó Javier, su voz grave y autoritaria resonando en las paredes revestidas de madera-. Mi tiempo es valioso. Y el de Isabel también.
Al mencionar ese nombre, los ojos de Javier se suavizaron por una fracción de segundo. Isabel. La mujer que le había salvado la vida cuando ambos eran niños, la dueña de su lealtad absoluta y de su corazón. Su plan era simple: tomar el control del sesenta por ciento de las acciones que su abuelo poseía, consolidar su poder como CEO absoluto del imperio Montenegro y, finalmente, darle a Isabel la vida de reina que merecía después de tanto sufrimiento.
Arturo suspiró, quitándose las gafas de lectura.
-Javier, muchacho... el testamento de tu abuelo no es tan sencillo como esperabas. Don Ernesto dejó estipulaciones muy específicas.
-¿Estipulaciones? -Javier enarcó una ceja, la irritación comenzando a filtrarse en su tono-. Él y yo construimos la expansión de esta empresa juntos durante los últimos cinco años. El imperio es mío por derecho. Lee el documento.
El abogado asintió con pesadez y comenzó a leer en voz alta. Las primeras páginas eran trámites burocráticos predecibles: propiedades menores donadas a la caridad, fideicomisos para empleados leales y una generosa suma para Isabel, a quien don Ernesto siempre toleró pero nunca pareció aceptar del todo. Javier asintió, satisfecho hasta ese punto.
Pero entonces, Arturo se detuvo. Tragó saliva y miró hacia la esquina más oscura de la inmensa sala.
Javier siguió su mirada. Allí, sentada en una silla de respaldo bajo, casi mimetizándose con las sombras, estaba Camila.
Llevaba un vestido negro, sencillo y sin adornos, que contrastaba fuertemente con la palidez de su rostro. No había llorado en el funeral de don Ernesto, y tampoco estaba llorando ahora. Su postura era tan recta como la de Javier, pero sus ojos oscuros, fijos en sus propias manos entrelazadas sobre su regazo, parecían vacíos, resignados. Javier sintió una punzada de asco al verla. Camila, la hermanastra de Isabel. La mujer calculadora y altiva que siempre había maltratado y hecho de menos a su dulce salvadora. Javier no entendía por qué Arturo la había citado a esta reunión privada.
-Continúa, Arturo. ¿Por qué está ella aquí? -exigió Javier, señalando a Camila con un gesto despectivo.
-El artículo siete del testamento -comenzó Arturo, con la voz temblorosa-, estipula la transferencia del paquete mayoritario de acciones de Industrias Montenegro. El sesenta por ciento absoluto pasará a manos de Javier Montenegro...
Javier esbozó una sonrisa triunfal.
-...bajo una única e irrevocable condición -continuó el abogado, elevando la voz para sobreponerse a la tormenta exterior-. Para reclamar las acciones, el control de las cuentas en el extranjero y la presidencia de la junta directiva, Javier Montenegro deberá contraer matrimonio legal y religioso con la señorita Camila Valdés, en un plazo no mayor a treinta días a partir de la lectura de este documento.
El silencio que siguió fue absoluto, asfixiante. El sonido de la lluvia pareció desaparecer de la habitación.
-¿Qué has dicho? -Susurró Javier. No fue un grito, pero la letalidad en su voz hizo que el abogado retrocediera en su silla.
-Es la voluntad de tu abuelo, Javier. Si te niegas, el cien por ciento de las acciones pasará a un fondo ciego de caridad y serás destituido de la empresa inmediatamente. Sin apelaciones.
Javier se levantó de golpe. La pesada silla de cuero cayó hacia atrás con un estruendo sordo. Sus ojos, ahora inyectados en pura furia, se clavaron en Camila.
Ella levantó la mirada lentamente. No había sorpresa en su rostro. No había triunfo ni malicia. Solo una inmensa y profunda fatiga, como si llevara el peso del mundo sobre sus hombros.
-Tú -siseó Javier, caminando lentamente hacia ella como un depredador acechando a su presa-. Tú envenenaste la mente de ese anciano. ¿Qué le dijiste? ¿Cómo lo manipulaste, maldita víbora codiciosa?
Benito dio un paso adelante, temiendo que su jefe perdiera el control físico, pero Javier se detuvo a escasos centímetros de ella. Podía oler el ligero aroma a vainilla que desprendía, un contraste absurdo con la toxicidad que él estaba seguro de que ella representaba.
Camila se puso de pie. A pesar de que él la superaba en altura, ella no retrocedió. Sostuvo su mirada llena de odio con una calma glacial.
-Yo no pedí esto, Javier -dijo ella. Su voz era suave, pero firme, escondiendo el dolor de una herida que llevaba quince años sangrando en silencio-. Y si crees que deseo atar mi vida a un hombre que me desprecia, eres más estúpido de lo que pensaba.
-¡Mientes! -gritó él, golpeando la mesa de cristal con el puño cerrado-. ¡Has envidiado a Isabel toda tu vida! ¡Quieres su lugar, quieres mi dinero!
Camila cerró los ojos por una fracción de segundo, bloqueando la imagen del niño asustado al que una vez salvó del fuego, el mismo que ahora la miraba como si fuera la peor escoria de la tierra. Cuando volvió a abrirlos, su expresión se había endurecido, convirtiéndose en una máscara de acero impenetrable.
-Piensa lo que te haga sentir mejor -respondió, dándose la vuelta para tomar su abrigo del respaldo de la silla-. Las reglas de tu abuelo están sobre la mesa. Firma el contrato y salva tu precioso imperio, o piérdelo todo por orgullo. La decisión es completamente tuya.
Caminó hacia la puerta de roble doble con pasos firmes. Antes de salir, se giró levemente, ofreciéndole un perfil perfecto y dolorosamente distante.
-Te veré en el altar, futuro esposo.
La puerta se cerró con un chasquido seco. Javier se quedó inmóvil en medio de la sala, los nudillos blancos, la respiración agitada y la mandíbula tensa hasta el dolor. En ese instante, bajo la sombra de la tormenta, tomó una decisión inquebrantable. Se casaría con ella. Firmaría ese maldito papel para proteger el futuro de Isabel. Pero se aseguraría, con cada fibra de su ser, de que Camila Valdés se arrepintiera de haber nacido cada uno de los días que durara su miserable matrimonio.