Libros y Cuentos de Keely Alexis
Mi Talento, Su Traición
La fábrica textil, nuestro universo, soltó una bomba: una beca para estudiar arte en España. Era un sueño, la única vía para escapar de una vida ya escrita. Pero el mundo se me vino encima cuando, buscando consuelo en mi novio Mateo, escuché algo que me congeló: él, susurrándole a su prima Camila que mi talento era "local", que el verdadero puesto era para ella, conseguido con sobornos. Regresé a la sala con el alma hecha pedazos, justo a tiempo para escuchar lo impensable: "Y la persona seleccionada es... Sofía Martínez." La ironía era cruel. Mi padre me abrazaba, pero yo solo veía a Mateo, pálido, acercándose para pedirme lo imposible: "Sofía, ¿podrías... podrías pensar en cedérselo a Camila?" La traición era descarada, y el amor se convirtió en cenizas. Con un dolor que me quemaba, me fui a España, a un taller rústico, con un mentor implacable, lejos del "glamour" prometido. ¿Podría mi talento, según ellos "local", sobrevivir en este nuevo y hostil mundo o sucumbiría ante su desprecio?
La Hija Adoptiva Encuentra a Su Familia
Mi vida terminó en ese escenario, humillada, con los aplausos que me pertenecían robados por mi "hermana" Catalina. Todo fue por el maldito "sistema de intercambio de pasos de baile", un chip implantado por mis padres adoptivos, los Méndez, que me convirtió en una herramienta para el brillo de su hija biológica. Esta vez, el telón se levantaría para una obra diferente, una donde yo escribiría el final. Renací, y el dolor sería para ellos. Hoy, en la audición final para la beca de la prestigiosa Academia de Danza "Alma Gitana", miré a mi familia adoptiva: a mi padre Ricardo, con su expresión calculadora; a Elena, mi madre, con su sonrisa forzada y ojos fríos; y a Catalina, con una mezcla de envidia y suficiencia. Antes de que la música iniciara, mi voz resonó clara y firme: "Mi éxito es inevitable." La confusión del maestro Antonio, la ira de Ricardo y la burla de Catalina fueron la confirmación. Cuando la guitarra flamenca sonó, mis movimientos fueron torpes, descoordinados, una parodia deliberada de la bailarina que era. Cada error, cada paso en falso, se transfería a Catalina a través del chip. Mientras ella recibía mi fracaso calculado, yo obtenía su mediocre ejecución. Días antes, Miguel Reyes, mi hermano biológico, me había encontrado y revelado la verdad: soy una Reyes, de una estirpe legendaria de bailaores de flamenco. Firmé un pacto de guerra con él. En el coche de vuelta, Catalina se burlaba, leyendo comentarios de mi desastrosa audición. Ricardo gruñía que no afectara la reputación familiar. Catalina entonces soltó: "Con los pasos que he estado 'aprendiendo' de Sofía, esa beca es mía." Ahí estaba la confesión del robo. Recordé el día que me implantaron el chip a los diez años, y las palabras gélidas de Elena: "Tu único propósito es ayudar a Catalina. Si ella brilla, nosotros brillamos. Si intentas opacarla, te haremos la vida imposible." Ahora, Catalina me advertía que Alejandro, el hijo de los socios de Ricardo, estaba fuera de mi alcance. "No te preocupes por la suerte, Catalina," le dije al día siguiente, mientras ella me arruinaba el vestido y se jactaba de mi tobillera robada. "Hoy no la vas a necesitar." Mi respuesta la desconcertó. En la academia, Catalina y sus amigas me rodearon, llamándome "fracasada". Sentí la rabia de años de humillación, convertida en un filo helado. Ya no quería su aprobación, solo justicia. Cuando Ricardo me abofeteó públicamente, gritando que a partir de ese momento yo estaba "desheredada y repudiada", no había dolor, solo liberación. El teatro estaba listo. El maestro Antonio anunció los resultados. Comenzó con Catalina: "Cero puntos." Y después, "Para la señorita Sofía...". Me entregaron mi carta de aceptación. Catalina, incrédula, rasgó mi carta de aceptación. Ricardo amenazó con destruir la academia. En ese instante, una voz poderosa resonó: "¡Suéltala!" Eran mi madre, Alma Reyes, la Reina del Flamenco, y mi hermano Miguel. Mi madre me acarició la mejilla, donde la bofetada dolía. "Se acabó, mi niña," susurró. "Mamá está aquí." Catalina llamó a Miguel "naco", sin saber que era el magnate con quien Ricardo y los Walker buscaban un trato multimillonario. Mi madre abofeteó a Elena por torturarme 17 años y señaló la tobillera robada, prueba de su bajeza. Ricardo y Alejandro, el orgullo desecho, se arrodillaron ante Miguel, suplicando perdón. Pero yo exigí justicia legal: "Robo, abuso, la implantación de un dispositivo ilegal... que la ley se encargue." Miguel presentó al técnico que instaló el chip y las grabaciones. Ricardo y Elena se acusaron entre ellos, revelando que Catalina no era hija de Ricardo. Los Méndez y los Walker lo perdieron todo. La función había terminado.
El Costo de la Codicia: Una Segunda Oportunidad
En mi vida pasada, morí apuñalada en el frío suelo de la bodega familiar. La cuchilla de podar se clavó en mi costado, y la sangre manchó las piedras, tan roja como el vino que tanto amaba. Mientras mi vida se escapaba, vi a mi prima Isabel susurrarle a Javier, mi prometido, con una sonrisa torcida. «Sofía, fue Javier quien les dijo que tu tratamiento era una estafa. Dijo que solo querías venderles productos caros», me confesó ella, antes de dejarme morir sola. El dolor era inmenso, pero la traición me helaba hasta los huesos: Javier, mi prometido, y mi propia prima. Me culparon, me empujaron, por haber salvado las viñas de los García con mi caro tratamiento orgánico, mientras Isabel prometía una solución barata y rápida con químicos. Pero esos químicos arrasaron las viñas, contaminaron la tierra y destruyeron todo. ¿Cómo pudimos ser tan ciegos? ¿Cómo mi propia familia y el hombre que amaba me entregarían a la muerte por avaricia y envidia? Ahora, abro los ojos, de vuelta en el mismo día, justo cuando los García suplican mi ayuda por la misma plaga. ¡Pero esta vez, no caeré en la misma trampa!
De Esposa Abandonada a Reina Imparable
Mi vida era un tranquilo lienzo en una pequeña galería de arte. Creía en mi matrimonio y en los tres años de felicidad junto a Mateo. Todo cambió cuando vi a mi esposo en la televisión nacional. Allí, abrazaba a Sofía, la actriz del momento, que sollozaba: "Estoy embarazada... y es suyo". Mi mundo se hizo añicos. Mateo apareció en casa, no con culpa, sino con un cálculo helado. "Tuve que hacerlo", dijo, "y ahora necesito que te culpes de un fraude fiscal para protegerla". Luego vino lo peor: "Tú también estás embarazada... tienes que abortar, Elena". "Sofía no puede soportar ese estrés", añadió. Más tarde, su madre, mi propia suegra, me encerró en un sótano helado e inhumano. Allí, sola, en la oscuridad y el frío, perdí lo único que me quedaba: a nuestro bebé. ¿Cómo el hombre que amaba, el padre de mi hijo, pudo condenarme a perderlo todo por una mentira? ¿Por qué tanta crueldad humana? Pero el dolor no me destrozó, me endureció. Una pequeña patada, el último eco de mi bebé, resonó: "¡Lucha!" . El silencio lo envolvió todo. Ya no era la esposa humillada. Soy Elena Mendoza. Y mi venganza, fría como la tumba que cavaron para mi hijo, apenas ha comenzado.
