Libros y Cuentos de Man Yaorao
Amor y Traición en la Cocina
Sofía Morales miraba a Pedro alejarse, fingiendo lágrimas que no existían. Por dentro, solo un frío y tranquilo silencio. El show había terminado. "Ya no llores, mi vida", había dicho él, esa voz condescendiente que ahora le revolvía el estómago. Luego, en "El Rey del Taco", Valentina Castillo apareció. Un beso largo, para la cámara. "¡Felicidades a la nueva pareja!" Pedro la miró sobre la multitud, sin culpa, solo fría diversión. Esa noche, la verdad fue cruda y brutal. "¿De verdad pensaste que esto era para siempre, Sofía? El negocio es mío." "¿Y mi trabajo? ¿Mi dinero? Mis recetas…", susurró ella. "Tú fuiste muy ingenua al no firmar ningún papel. Creíste en el amor y esas tonterías. Error tuyo." La dejó allí, humillada, con el olor a grasa fría y traición. ¡Ingenua! ¡Sí, lo había sido! Pero la Sofía que Pedro creía conocer, la chica dulce y enamoradiza, había muerto en ese puesto. En su mano, un cuaderno gastado. La receta de la abuela Elena. El mole prehispánico. Su fuerza. Pedro se quedó con el cascarón. Ella, con el alma. No lloraría por él. Iba a construir su propio imperio. Y lo haría sobre las ruinas del de él. La venganza se serviría en un taco. Y el suyo llevaría el sabor de un mole ancestral.
Mi Venganza, Tu Castigo, Nuestro Amor
Me desperté con un dolor de cabeza insoportable, como si me hubieran partido en dos. La luz blanca del hospital me cegaba, el olor a desinfectante me revolvía el estómago. Miré a mi alrededor, confundida. ¿No estaba muerta? Recordaba a Camila, mi supuesta hermana, riéndose a carcajadas mientras me empujaba por el acantilado. A Mateo, mi prometido, mirándome con desprecio, sosteniéndola a ella. "Sofía, nunca debiste haber existido", me había dicho. Luego, la caída. El viento silbando en mis oídos, el impacto contra las rocas, la oscuridad absoluta. Pero ahí estaba. Viva. Una enfermera entró, sonriendo. "Señorita Sofía, qué bueno que despertó, su hermano estaba muy preocupado". ¿Mi hermano? Alejandro había muerto hace un año. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. "¿Qué fecha es hoy?", pregunté, la voz temblorosa. "Es 23 de mayo de 2023", respondió la enfermera, extrañada. Me quedé helada. Estaba de vuelta. Tres años atrás. Justo antes de que Camila, la hija ilegítima de mi padre, llegara a casa con una prueba de paternidad falsa, reclamando ser la verdadera heredera. Todo por una estúpida frase. Cuando era una diseñadora emergente, dije de ella: "Tiene talento, pero le falta pulir su propio estilo". Esa crítica sin malicia fue suficiente para que me odiara a muerte. Pensó que la humillaba. Y juró destruirme. En mi vida pasada, fui una tonta. La dejé entrar en mi casa, en mi vida, en mi familia. Y ella, como una serpiente venenosa, lo destruyó todo. Primero, convenció a mi padre de que yo no era su hija biológica con esa prueba de ADN falsificada. Mi padre, con el corazón roto, sufrió un infarto y murió. Luego, junto con Mateo, falsificó el testamento, quedándose con toda la fortuna familiar. Me echaron a la calle sin un centavo. Pero eso no le bastaba. Me secuestraron, me torturaron. "¿Sabes por qué te odio tanto, Sofía?", me dijo mientras me golpeaba. "Porque lo tienes todo, el talento, la belleza, el dinero, el amor de papá, ¡todo lo que debería ser mío!". En mi desesperación, solo Ricardo, el tío de Mateo, intentó ayudarme. Un hombre bueno, un bicho raro para su familia por no interesarle los negocios. Él descubrió el engaño y trató de rescatarme. Pero eran demasiados. Lo golpearon casi hasta la muerte y luego nos arrojaron a ambos por el acantilado. Sus últimas palabras, abrazándome en la caída: "No te preocupes, Sofía, no estás sola". Y ahora, aquí estaba. Viva. Con la oportunidad de cambiarlo todo. Las lágrimas brotaron de mis ojos, no de tristeza, sino de una rabia fría y decidida. Camila, Mateo, esta vez, no les daré la oportunidad de destruirme. Esta vez, seré yo quien los destruya a ustedes. No cometeré los mismos errores. Busqué mi celular en la mesita de noche. Las manos me temblaban, pero la mente estaba clara. Marqué un número que conocía de memoria. La voz al otro lado respondió al segundo tono. "¿Sofía? ¿Estás bien? Me dijeron que te desmayaste en la oficina". Era la voz de mi hermano, Alejandro. Vivo. Se me hizo un nudo en la garganta. "Alejandro", logré decir, conteniendo un sollozo. "Necesito que vengas al hospital, ahora mismo. Es urgente". No dudó ni un segundo. "Voy para allá". Colgué el teléfono y respiré hondo. El juego acababa de empezar. Y esta vez, yo pondría las reglas.
