Libros y Cuentos de Michael Tretter
La Venganza de las Gemelas
El hospital olía a desinfectante y agonía, un aroma que se me pegaba a la piel y al alma. Mi gemela, Sofía, yacía en esa cama, conectada a máquinas que pitaban monótonamente, después de intentar quitarse la vida en el baño de la escuela. Mis padres lloraban en silencio, un silencio que yo conocía bien, uno más peligroso que cualquier grito. Entonces, sus voces crueles rompieron el silencio: "Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? La hermana de la loca." Eran Perla y Luna, las acosadoras de mi hermana, regodeándose en nuestra desgracia, mientras el mundo las ignoraba. "En el fondo, se lo merecía. Es tan débil," susurró Perla, y sentí algo frío y pesado nacer dentro de mí. Mis padres intentaron echarlas, pero la policía no hacía nada, la escuela se lavaba las manos: "Sofía era demasiado sensible." ¿Sensible? No, hermana. Demasiado buena para este jodido mundo. Esa noche, en casa, me miré al espejo. El mismo rostro que Sofía, pero por dentro… yo era diferente. Corté mi cabello como el suyo, me puse su uniforme, su ropa. Ahora, no era Elena. Era Sofía. Y con la sonrisa dulce de mi hermana, juré una venganza que ellas jamás olvidarían. Perla y Luna no sabían con quién se estaban metiendo. Habían despertado a un monstruo, y la única que podía contenerme estaba en una cama de hospital. Ya no había nadie que me detuviera.
Habla Con Mi Marido
Volví a abrir los ojos y un calendario marcaba diez años en el pasado. Había muerto en un accidente de coche, con la mano de Ricardo aferrada a la mía, justo después de que me culpara por no haber triunfado en su carrera musical. El universo, o lo que fuera, me otorgó una segunda oportunidad. Cambié mi destino, me convertí en una arquitecta exitosa y forjé una vida plena, lejos de su toxicidad. Pero el reencuentro de exalumnos me arrastró de nuevo a su presencia. Ahí estaba él, Ricardo, el músico frustrado, ahora un arrogante inversionista inmobiliario, acompañado de Jimena, la misma que siempre buscó separarnos. Con un fajo de billetes en la mano, me ofreció un puesto de "asistente sencilla" y me humilló frente a todos, aludiendo a mi supuesta pobreza y fracaso. Jimena, con su falsa compasión, me llamó "simple" y "amargada", mientras los demás se reían. ¿Cómo se atrevía a tratarme así después de todo lo que sacrifiqué por él en mi vida pasada? Justo cuando estaba a punto de explotar, un torbellino de pelo castaño entró corriendo, aferrándose a mis piernas. "¡Mamá!", gritó mi hijo, Mateo. Y detrás de él, mi esposo, el magnate de la construcción, Alejandro Castillo, llegó sonriendo para llevarnos a casa. Fue entonces cuando Ricardo, y todos los demás, se quedaron mudos, al ver la vida que había construido, lejos de su sombra.
