Instalar APP HOT

Ming Yue Zhang Die Sui Xin

3 Libros Publicados

Libros y Cuentos de Ming Yue Zhang Die Sui Xin

El corazón que le robaron

El corazón que le robaron

5.0

Mi sótano olía a humedad y a desesperación. Llevaba tres años encerrada aquí, desde aquel accidente que me dejó las piernas inútiles. Hoy, mi esposo Ricardo estaba aquí. Pero no para verme a mí. Venía con Camila, la mujer que me había robado todo: mi nombre, mi carrera, mi esposo, y hasta a mi hijo. "Ricardo, mi amor, ¿de verdad tienes que mantenerla aquí? Da un poco de miedo," dijo Camila con una voz falsamente dulce. Él ni siquiera me miró. "Es por tu bien, Cami. Aquí abajo no puede hacerte daño." Me dijo que mi existencia era un fastidio. Apreté los puños. Querían mi corazón, para ella. El Dr. Vargas, su cómplice, lo confirmó. Estaba viva, pero solo hasta que fuera el donante compatible. Al día siguiente, Pedrito, mi hijo, apareció. "Mi mamá Camila dice que eres una mujer mala y que por eso vives aquí." Con un grito de rabia, arrojó el plato de comida al suelo. "¡Esto es para ti, bruja!" Más tarde, Ricardo me soltó la verdad. Mi enfermedad cardíaca congénita era un secreto que él usó para justificar mi encierro. Todo era una farsa. Una jaula para mantenerme "sana" hasta la cirugía. "Lo único que te importa es su vida, no la mía," le dije. Cerré los ojos, recordando nuestra propuesta, nuestro amor. Éramos invencibles, creía yo. Qué tonta fui. "El amor que sentía por ti… se acabó. Ya no existe." Vi una chispa de dolor en su rostro, pero rápidamente la ocultó. Luego, el Dr. Vargas y dos enfermeros entraron. Me ataron a la mesa de operaciones. "No es anestesia. Es un relajante muscular. Ricardo quiere que estés despierta." Sentí el frío metálico del bisturí. Justo entonces, un grito rompió el silencio. "¡PAPÁ, NO! ¡NO LA TOQUEN!" Pedrito estaba en la puerta, sus ojos llenos de horror. Ricardo quedó paralizado. Mi corazón, exhausto, se rindió. Mi alma flotó, observando la escena caótica. Ricardo estaba arrodillado, sollozando. Pedrito lloraba. Un médico real reveló que mi cuerpo mostraba signos de tortura. "Fui yo," susurró Camila, "yo quería que sufriera." Ricardo se abalanzó sobre ella, con odio puro en sus ojos. Volví a la vida, en un hospital real, con mi hermana Elena. Flor, mi sobrina, necesitaba un trasplante de corazón. Por ella, lo haría. "Envíame de vuelta," le pedí al sistema. Y regresé. Ricardo torturaba a Camila, revelando su posesividad. "Si ella no podía ser tuya, preferías tenerla rota y encerrada," gritó Camila. Era tiempo de hacer mi entrada. "Ricardo," dije. Mi voz era fuerte. Él se congeló. "¡Sofía! ¡Estás viva! ¡Sabía que no podías dejarme!" Corrió hacia mí para abrazarme. "No te acerques a mí." Lo miré a los ojos. "Quiero el divorcio." Su alegría se hizo añicos. "Tu amor es veneno, Ricardo. Y yo ya no quiero beberlo." Me di la vuelta. "Prepara los papeles del divorcio. Y prepara a los científicos de tu fundación. Tengo un trabajo para ellos." Era dueña de mi destino. Había vuelto para reclamar lo que era mío.

Leer ahora
Cíclo de Muerte

Cíclo de Muerte

5.0

Mi nombre es Sofía Romero, y esta es la historia de cómo morí. No una, ni dos, sino incontables veces, a manos del Padre Mateo. Él, el carismático líder de la Iglesia de la Renovación Divina, era el hombre más hermoso y cruel que jamás había conocido, mi misión obligatoria, la que el Sistema me asignó. Decían que era para mi redención, una oportunidad. Pero cada vez que fallaba, el tiempo se reiniciaba, volviéndome a un infierno donde me ahogó en la pila bautismal, me dejó morir de hambre, me envenenó, me apuñaló, me empujó desde las alturas. Cada muerte era solo una "recalibración", un nuevo ciclo de tortura en el que ofrecí mi dignidad, mi dinero, mis amigos, todo por él. Y lo peor, es que me dejé engañar, creyendo que esta vez, él me había mostrado amor, esa noche, en sus aposentos. Pero al despertar, lo vi arrodillado ante una foto: Elena, su amada muerta. "Su alma será el recipiente perfecto para ti", susurró. No era amor por mí, sino anhelo por un cascarón vacío para su difunta. Mi 99% de progreso era el 99% de mi destrucción, para convertirme en una vasija para otra. El odio me quemó. Encontré un joyero con mis propios restos: cabello, un diente, fragmentos de hueso, etiquetados como "pruebas". Él no era un guía, sino un monstruo que coleccionaba pedazos de mis muertes. El shock me hizo tropezar, alertándolo. "¿Qué has visto?", siseó con mirada asesina. Corrí, gritando al Sistema para que me sacara de allí. Pero Mateo, rápido, gritó: "¡Sistema, reiniciar!". El mundo se disolvió. Desperté en la iglesia, y Mateo, con su falsa sonrisa, anunció: "Tu prueba final está por llegar". El terror me invadió, hasta que vi a mi hermano Miguel, de catorce años, entrar, con la túnica de acólito. "¡Hermana! ¡Voy a pasar por mi propia purificación!", exclamó, con inocencia. Mateo sonrió, revelando su demonio. Había encontrado mi debilidad. No era mi salvación, sino la suya. Mi alma rota encontró un nuevo propósito: salvar a Miguel de este monstruo. La sonrisa de Mateo era veneno, pero ya no me paralizaba. El mundo parpadeó de nuevo, no por mi voluntad ni la suya, sino por un error del Sistema. Aparecí en una gala, desorientada, mientras Mateo presentaba a Miguel como el "nuevo alma pura". Luego, sus ojos se posaron en mí. "Donde hay luz, debe haber oscuridad". Me arrastró, humillándome, abofeteándome frente a todos. "Ella ya no es tu hermana. Es una cáscara vacía, corrompida por el pecado". Me empujó al suelo. Luego de meses de abusos, palizas, vejaciones, la gota que derramó el vaso fue, cuando uno de sus secuaces intentó abusar de mí. Ahí, lo entendí. "Gracias, Padre Mateo", le dije, sonriendo en medio de la lluvia. La confusión en su rostro fue mi pequeña victoria. Cerré los ojos y, con una claridad que nunca antes tuve, le dije al Sistema: "Quiero renunciar a la misión". [Confirmando solicitud de abandono de misión. ¿Está segura? Esta acción es irreversible.] "Sí. Estoy segura". [Solicitud aceptada. El vínculo con el mundo objetivo se disolverá en 72 horas.] Una inmensa esperanza me invadió. Por primera vez, después de incontables vidas, veía una salida real. Mateo me miraba, su furia y desconcierto palpables. Y esa visión, me hizo sonreír. Me arrojaron a un callejón. Sola. Herida. Pero libre. O casi. 71 horas restantes. Vi mi cara en las noticias: "Exacólita expulsada... por comportamiento errático y violento". Me habían convertido en la villana. Y luego, el relicario en la pantalla: mis huesos, mis dientes, a subasta como "reliquias sagradas". "Restos de una santa anónima, bendecidas por el Padre". Iba a construir su imperio sobre mi dolor. La misma sensación me invadió antes de que el Sistema me reiniciara. Me doblegué, vomitando bilis. No tenía nada. Pero el contador en mi cabeza seguía corriendo. 65 horas. Tenía que sobrevivir. En un callejón mugriento, dos matones me esperaban. "El jefe dice que una mancha debe ser borrada por completo. Sin dejar rastro". Me golpearon, una violencia fría y metódica. Con una navaja, uno me cortó la mejilla. "El jefe quiere que recuerdes esto. Quiere que tu cara refleje la basura que eres por dentro". Sentí una costilla romperse. Me golpearon una última vez en el estómago. Dejé de luchar. Una extraña calma me invadió. Comencé a reír. Histéricamente. Dejaron de golpearme. Me miraron como si estuviera loca. Levanté la cabeza y miré a Mateo, que observaba desde la ventana. "Gracias", dije, mi voz extrañamente firme. "Gracias, Padre Mateo". "Le deseo a usted y a su... nueva luz... toda la felicidad del mundo". "Espero que consiga lo que tanto desea". La confusión en su rostro fue mi pequeña victoria. Me trasladaron a una cámara frigorífica. El "castigo del amor" que usaba Mateo para purificarme cuando no le obedecía. Me obligó a copiar un libro sobre Elena, esa mujer que no era más que su obsesión. "¡Mientes!", gritó, furioso cuando le recordé cómo murió Elena, en un "accidente de coche en verano", no "por hipotermia". "Haré que Miguel venga aquí y lo haga por ti. Quizás el frío purifique su conexión impura contigo". La amenaza con mi hermano me quebró. Me arrodillé, mis heridas sangrando. El veneno gélido, un dolor de mis vidas pasadas, se apoderó de mí. Mateo sonrió, victorioso. 42 horas. Desperté en un hospital, con Mateo ordenando que no gastaran "demasiados recursos" en mí. Las enfermeras me trataron con desprecio. Escuché que Mateo iba a "adoptar" a Miguel, a darle una vida "lejos de la mala influencia de su hermana". La rabia me consumió. Esa noche, Mateo regresó, arrojando papeles sobre la manta. "Firma esto. Es una confesión de tus crímenes y una renuncia a tus derechos. Te alejas de mi vida y de la de Miguel para siempre". En esta simulación, me hacían desaparecer. "Elena no era mi amor perdido. Era la científica jefe de este proyecto. Y tú... eras su hermana menor, una simple técnica de bajo nivel". Los recuerdos borrados del Sistema comenzaron a regresar. Yo, en un laboratorio. Elena. Un accidente. "Secuestré a sus científicos. Los obligué a conectar tu mente en coma a esta simulación, un mundo que diseñé para ti". "Miguel... fue una construcción para mantenerte atada". Todo mi mundo era una farsa. Me arrastré, simulando locura, me golpeaba la cabeza, gritaba "¡Gusanos en mi cabeza!". Mateo me miró con horror. "Miguel y yo... vamos a traer una nueva vida a este mundo. Un alma pura, concebida en la fe y el amor". El insulto final. "Como última lección de obediencia", susurró, "bésame los zapatos". Me acerqué, no para besar, sino para morder su tobillo. "¡Sistema. Ejecutar salida ahora!". [Cuenta regresiva finalizada. Desvinculación completa.] El mundo se disolvió. Lo último que vi fue el rostro de Mateo, contorsionado por el shock. "Este es mi último regalo para ti, Mateo", pensé. "Un mundo sin mí". En el mundo real, me recuperé de un coma. Mi vida era normal. Conocí a David. Nos casamos. Tuve un hijo, Leo. Pero las sombras persistían. Una noche, la voz robótica resonó: [ALERTA DE EMERGENCIA. MUNDO OBJETIVO 734 AL BORDE DEL COLAPSO TOTAL.] [AGENTE S-218, SU PRESENCIA ES REQUERIDA INMEDIATAMENTE.] Mi cuerpo comenzó a volverse transparente. [La recuperación forzosa no es opcional.] El mundo se disolvió. Estaba de vuelta en el santuario de la iglesia, en ruinas. Mateo, demacrado, se cortaba mi nombre en el brazo. "Sabía que volverías", dijo riendo. "¡Yo lo recuerdo todo, Sofía! ¡Cada reinicio! Fingí no recordar para ver hasta dónde llegarías". "El Sistema no me creó para ti. Yo secuestré el Sistema para traerte a ti." Miguel era un pilar digital. "¡Me estoy digitalizando, Sofía! ¡Así podré seguirte a donde quiera que vayas!". El mundo se acabó. Desperté en mi cama. La vida continuó. Años después, acostando a Leo, lo vi. Una figura translúcida de pie en la esquina de la habitación. Mateo. O lo que quedaba de él. [Sofía... lo siento... estoy tan solo...]. "Eso es lo que querías, ¿no, Mateo?", dije. "Estar conmigo para siempre". "Aquí te quedarás. Solo. Atrapado en tu propia obsesión, observando una vida que nunca podrás tocar". Me di la vuelta. Finalmente, verdaderamente, era libre. El fantasma en la máquina nunca más volvería a tocarme.

Leer ahora
Adiós mi marido despiadado y mi hijo ingrato

Adiós mi marido despiadado y mi hijo ingrato

5.0

El aire de la fiesta era denso, olía a perfume caro y a tequila reposado, un aroma que Sofía Romero no conocía. Se sentía fuera de lugar con su vestido sencillo, mientras su esposo, Diego, la conducía hacia sus imponentes padres. "¿Esposa? Diego, este juego tuyo ha durado demasiado. Ya es hora de que recuerdes quién eres. Eres un Alcázar" . La mención de 'Alcázar', la dinastía del tequila, le heló la sangre. Miré a Diego, buscando al carpintero que amaba, pero solo encontré a un extraño de ojos fríos. "¿Qué está pasando, Diego?" , susurré. "Se acabó, Sofía" , dijo él, sin una pizca de emoción. "Tuve un accidente hace cinco años. Perdí la memoria. Vivir como un pobre carpintero fue… una experiencia. Pero ya he recordado todo. Mi lugar no es contigo" . La mentira era tan descarada, tan cruel, que me quedé sin aliento. Un nudo se formó en mi garganta. Recordé haber vivido esto antes, en otra vida, rogando y humillándome solo para ser desechada. Abandonada con mi hijo Mateo, viendo cómo él se casaba con otra, hasta que la muerte fue un alivio. Pero esta no era esa vida. No sería la víctima. Esta vez no habría lágrimas. "Acepto" , dije, mi voz sorprendentemente firme. "Ya no te necesito. Diez millones de pesos. Firma los papeles del divorcio y desaparece de mi vida" . Su madre, Doña Elena, añadió como veneno: "Es más dinero del que tu familia ha visto en generaciones. Y no te atrevas a decir que llevas a un hijo de Diego en tu vientre. Nos aseguraremos de que eso no suceda" . La crueldad era casual, natural para ellos. En mi vida pasada, me habría destrozado. Ahora, solo alimentaba mi resolución. Miré a Diego, a aquel que me había destruido una vez, y tomé una decisión. Caminé con la cabeza en alto, dejando esa vida falsa. El aire fresco de la noche llenó mis pulmones. Era el primer aliento de mi nueva vida, una que construiría lejos de su veneno. Cuando Diego y su nueva prometida, Camila del Valle, me visitaron para asegurar que entendiera los términos de la separación, mi hijo Mateo, ya manipulado, me lanzó un juguete que me cortó la frente. "¡Tú eres mala!" , me gritó Mateo. "¡Cami dice que por tu culpa papá estuvo perdido! ¡No te quiero!" La última brasa de amor se extinguió. Ese fue el momento. "Lárguense de mi casa" , dije, mi voz como acero. Cerré la puerta detrás de ellos, y no lloré. El pasado se rompía por completo, dejándome libre. En el aeropuerto, el destino me jugó una última mala pasada: Diego, Camila y Mateo, rumbo a un jet privado. Diego me humilló frente a un viejo amigo. "¿Te vas a España? ¿Con mi dinero? ¿A encontrarte con algún otro muerto de hambre?" . Me solté de su agarre. "Tu dinero es lo único decente que he sacado de ti. Tú y yo no somos nada" . Mateo, apegado a Camila, exclamó: "Mi mamá es Cami" . Me libré de él. Dejé el pasado atrás. Estaba lista para nacer de nuevo.

Leer ahora

Le puede gustar

Más Allá de la Traición: Su Ascenso

Más Allá de la Traición: Su Ascenso

5.0

Después de tres años en la cárcel por un asesinato que no cometí, mi esposo, Alejandro, me esperaba en las puertas del penal. Él era el cónyuge perfecto y devoto que me apoyó en todo, prometiéndome un nuevo comienzo. Pero cuando abrió la puerta de nuestra casa, mi nuevo comienzo se acabó. De pie en el vestíbulo estaba Katerina, la amante por cuyo asesinato me condenaron. —Ahora vive aquí, Alondra —dijo, sin siquiera mirarme. Me lo confesó todo. Los tres años que pasé en el infierno no fueron un error; fueron una "lección" para enseñarme a no cuestionarlo. Me había dejado pudrirme en una jaula mientras él construía una vida con la mujer que me puso allí. Luego, me echó de la casa que yo misma ayudé a diseñar. El hombre que amaba no solo me había engañado. Había sacrificado mi libertad, mi cordura y mi vida solo para ponerme en mi lugar. La traición fue tan absoluta que rompió algo profundo dentro de mí. La mujer que salió de la cárcel esa mañana ya estaba muerta. En la habitación de un motel de mala muerte, le susurré a la otra persona que mi mente había creado para sobrevivir al trauma: "Ya no puedo más. Te puedes quedar con esta vida. Solo... haz que paguen". Cuando volví a mirarme en el espejo, el reflejo que me devolvía la mirada no era yo. —No te preocupes —dijo una nueva voz—. Mi nombre es Aja.

Leer ahora
El día que morí y renací

El día que morí y renací

5.0

A Sofía Garza le faltaba el aire, sentía una presión asfixiante en el pecho. Su hijo de seis años, Leo, la miraba con el rostro pálido de terror. Shock anafiláctico. Empeorando a cada segundo. Ahogándose, logró pronunciar el nombre de su esposo, Marcos, rogándole que llamara al 911. —¡Mami no puede respirar! —gritó Leo al teléfono. Pero Marcos, ocupado en una junta de "negocios" con su amante, Valeria, desestimó la llamada con indiferencia, diciendo que era solo un "ataque de pánico". Minutos después, volvió a llamar: la ambulancia que supuestamente había pedido para Sofía ahora iba en camino a recoger a Valeria, quien solo se había "tropezado" y torcido un tobillo. El mundo de Sofía se hizo añicos. Leo, un héroe en su pequeño corazón, salió corriendo a buscar ayuda, solo para ser atropellado por un coche. Un golpe seco y espantoso. Ella lo vio todo, como un fantasma en su propia tragedia, mientras los paramédicos cubrían su pequeño cuerpo destrozado. Su hijo se había ido, porque Marcos eligió a Valeria. Devastación. Horror. Culpa. La imagen de Leo la atormentaba, marcada a fuego en su alma. ¿Cómo podía un padre, un esposo, ser tan monstruosamente egoísta? Un arrepentimiento amargo y devorador le carcomía el alma. Valeria. Siempre Valeria. Entonces, Sofía abrió los ojos de golpe. Estaba en el suelo de su sala. Leo, vivo y sano, entró corriendo. Era una segunda oportunidad, aterradora e imposible. Ese futuro catastrófico no ocurriría. Recuperaría su vida, protegería a su hijo y haría que pagaran.

Leer ahora
La Esposa Olvidada Vuelve

La Esposa Olvidada Vuelve

5.0

El aire espeso del salón de fiestas de lujo se convirtió en el grito ahogado de mi hija, Camila, luchando por respirar. Sus labios se tornaban azules, sus ojos, antes brillantes, ahora nublados por el pánico. Un trozo de pastel de almendras, obra maestra de Andrea Torres, la nueva pareja de mi esposo y la mujer que me había robado todo, yacía a medio comer. "¡Ayuda! ¡Mi hija no puede respirar!", imploré, mi voz rota por el terror. Pero Ricardo, mi esposo, el padre de Camila, no vio a su hija asfixiarse. Me vio a mí. "¡¿Qué le hiciste?!", espetó, su rostro marcado por una furia que solo yo conocía. En un acto de humillación pública que se grabaría en mi alma, me arrastró por el cabello y hundió mi cara en el vómito agrio de mi propia hija. "Límpialo. Ahora", ordenó, mientras la gente observaba, algunos horrorizados, nadie interviniendo. Mientras yo lamía el suelo, una ambulancia se llevaba a mi pequeña, y Ricardo me lanzó su última advertencia: "Si le pasa algo a mi hija, te juro que te destruyo. Todo esto es tu culpa". Los siguientes quince días fueron un infierno, noches de desvelo junto a la cama de Camila, mientras Ricardo y Andrea exhibían su "amor" en redes sociales, y yo me consumía con las etiquetas de "zorra negligente" y "mala madre". "Ricardo Vargas", dije con una calma fría que no sabía que poseía. "Ya no quiero ser tu esposa." No, no pedía permiso. Informaba. Pero él se negó, y su madre me siseó: "Eres una muerta de hambre que mi hijo recogió de la basura. Camila es una Vargas. Tú no eres nadie para llevártela". Me fui con mi hija a un pequeño departamento prestado, creyendo que había escapado. Pero entonces, Instagram me mostró la foto de Ricardo y Andrea en mi casa, formando su "familia", con Andrea etiquetándome para provocar: "@SofiaPerezOficial, espero que tú y Cami estén bien". Camila me preguntó con su vocecita inocente: "¿Papá ya no nos quiere?". En ese abrazo desesperado, la verdad me golpeó: Ricardo nunca nos había amado, solo fuimos un error en su vida perfecta. Por última vez, obedecí una de sus órdenes, asistiendo a la gala de Andrea. Allí, me enteré de la cruda verdad: mi matrimonio fue una trampa, un sacrificio para liberar a Andrea de un matrimonio forzado. Yo fui el chivo expiatorio en su farsa. Ricardo me entregó una carta de disculpa, exigiendo que la leyera en voz alta, para limpiar su nombre y el de Andrea. Pero la Sofía que había lamido el vómito y había sido humillada ya no existía. "Claro", dije con una sonrisa serena. "Lo haré". Con una calma aterradora, subí al escenario, lo hice firmar un documento sin leer, y leí cada palabra de esa humillante carta. Luego, con la espalda recta, bajé. Dejé a mi hija en su auto alquilado y nos dirigimos al aeropuerto. "Nos vamos lejos, mi amor", le susurré a Camila, "a un lugar donde nadie pueda volver a hacernos daño. A empezar de nuevo". El avión despegó. Mi guerra había terminado. Y yo, por primera vez, había ganado.

Leer ahora
El Secreto de la Bodega Maldita

El Secreto de la Bodega Maldita

5.0

Mi nombre es Javier, hijo mayor del alcalde en un tranquilo pueblo vinícola riojano. Uno esperaría respeto; yo, solo he conocido una maldición. Cada prometida que amo me abandona tras un rito en la misteriosa "Bodega del Santo Patrón". Entran esperanzadas, salen rotas, llenas de pánico y repulsión, susurrando que soy un demonio. Mi padre y hermanos me castigan y humillan sin cesar, convirtiéndome en el monstruo del pueblo. Busco ayuda en mi tía Inés, luego en la policía, y hasta en mi abuelo, un célebre periodista. Pero tras visitar la bodega, cada uno de ellos me rechaza con la misma mirada de asco, convencidos de mi depravación, hasta el punto de forzarme a un "suicidio purificador". ¿Qué verdad horrible esconde esa bodega que convierte el amor en odio, y a mis seres queridos en verdugos? ¿Soy realmente un depravado, un monstruo ignoto para mí mismo? La confusión y el dolor me consumen. Tras sobrevivir a la caída y fingir locura para escapar a un psiquiátrico, no hay vuelta atrás. Ahora ya no huyo; voy a desenterrar lo que sea que se oculte en ese lugar maldito. Y sospecho que mi primera prometida, Sofía, desaparecida hace años, guarda la clave de este infierno.

Leer ahora
El Precio de un Corazón

El Precio de un Corazón

5.0

El funeral de mi padre, un respetado guitarrista de flamenco, era un día de dolor y silencio en Sevilla. Mientras ajustaba su camisa blanca en el ataúd, una fina cicatriz roja en su pecho me heló la sangre: era quirúrgica y fresca. Mi padre murió en un accidente, sin tiempo para cirugías. La verdad llegó con un mensaje de texto brutal: "El corazón de tu padre fue donado. Consentimiento firmado por Mateo Vargas, familiar más cercano". Mateo, mi prometido de seis años, el hombre por quien lo dejé todo, había entregado el corazón de mi padre a Carmen, mi mejor amiga. «Carmen lo necesitaba», dijo él con descaro, «su corazón estaba fallando y lleva a mi hijo en su vientre. Necesitaba ese corazón para sobrevivir». Mi mundo se hizo pedazos: mi padre, mi prometido, mi amiga... todo era una mentira, y él pretendía que aceptara a su bastardo. Cuando cancelé la boda, su respuesta fue arrastrarme y arrojarme a la oscura y asfixiante bodega, la peor de mis pesadillas. Emergí, empapada y cojeando, solo para escucharlos burlarse de mí y su promesa de que "dependerá de mí y aprenderá". La humillación hirvió en mis venas, pero la impotencia de la justicia "normal" me asfixiaba. Un solo número brilló entonces en mi mente, uno que juré jamás volver a marcar. Javier, el Patriarca, el hombre al que había abandonado por Mateo, era mi única esperanza, aunque el precio fuera un juramento de boda que cambiaría mi destino para siempre. «Me casaré contigo», le respondí, mi voz firme, mientras la oscuridad de la habitación de mi padre sellaba el pacto.

Leer ahora
Su Sacrificio, Su Odio Ciego

Su Sacrificio, Su Odio Ciego

5.0

Mi jefe, Augusto Ortega, me obligó a donarle médula ósea a su prometida. A ella le daba pánico tener una cicatriz. Durante siete años, fui la asistente del niño con el que crecí, el hombre que ahora me despreciaba con toda su alma. Pero su prometida, Harlow, quería más que mi médula; me quería fuera de su vida. Me culpó de hacer añicos un regalo de cien millones de pesos, y Augusto me hizo arrodillarme sobre los cristales rotos hasta que me sangraron las rodillas. Me acusó falsamente de agresión en una gala, y él hizo que me arrestaran, donde me golpearon hasta sangrar en una celda de detención. Luego, para castigarme por un video sexual que yo nunca filtré, secuestró a mis padres. Me obligó a ver cómo los colgaba de una grúa en un rascacielos en construcción, a cientos de metros de altura. Me llamó al celular, su voz era fría y arrogante. —¿Ya aprendiste la lección, Cora? ¿Estás lista para disculparte? Mientras hablaba, la cuerda se rompió. Mis padres cayeron en picada hacia la oscuridad. Una calma aterradora me invadió. El sabor a sangre llenó mi boca, un síntoma de la enfermedad que él nunca supo que yo tenía. Él se rio al otro lado de la línea, un sonido cruel y horrible. —Si tanto te duele, salta de ese techo. Sería un final digno para ti. —Está bien —susurré. Y entonces, di un paso al borde del edificio y me lancé al vacío.

Leer ahora
La Medalla Perdida

La Medalla Perdida

5.0

Me desperté con el corazón desbocado, el sudor frío y el eco de los huesos de Mateo rompiéndose. Era tan real que extendí mi mano buscando su cuerpo frío, pero solo encontré una cobija gastada. ¡Había muerto! Recordaba la desesperación, a los matones de Vargas pisoteando la condecoración de mi padre, mi grito ahogado. Pero aquí estaba, viva, en mi cama. Todo igual... hasta que apareció Mateo, mi hermanito de diez años, sonriendo, sin una herida. Mi padre, un héroe de guerra, nos había dejado su casa y su Medalla al Valor, nuestra única esperanza, nuestro último recurso. Pero cuando corrí a buscarla en el viejo ropero, el lugar donde debería haber estado la brillante medalla de oro, estaba vacío. Había vuelto al día en que todo comenzó… ¡pero la maldita medalla no estaba! Alguien se la había llevado. Mi única esperanza se había hecho pedazos antes de empezar, pero la imagen de Mateo herido me puso de pie. Sabía quién era el culpable: el Licenciado Vargas. Lo encaré en su oficina, solo para enfrentar la burocracia, la indiferencia y el desprecio, y ser humillada públicamente por sus matones y su aliada Doña Elvira. Me dijeron que mi padre era un ingenuo, que la casa y la medalla eran suyas por un préstamo fraudulento. Me acusaron de ser una mentirosa y una ladrona, y cuando el padre de su prometida abofeteó a Mateo, vi la indiferencia total en los ojos de Vargas, un vacío gélido que me dijo que no importábamos. En ese instante de furia pura y desesperación, al ver a mi hermano llorar por una traición que ningún niño debería sufrir, comprendí que la justicia no vivía en ese edificio de mármol frío. Me derrumbé, sintiendo que no había forma de combatir una injusticia tan vasta. Justo cuando la oscuridad invadía mi visión, una voz con autoridad absoluta resonó. Una Humvee militar frenó bruscamente y de ella bajó el Comandante Rivera, un amigo de mi padre. Mateo, con su vocecita llena de dolor infantil, le gritó al Comandante: "¡Miente! ¡Él dejó que me pegaran! ¡Dijo que la medalla de mi papá era chatarra!" .

Leer ahora
La Vida Mentirosa: No perdonaré Nunca

La Vida Mentirosa: No perdonaré Nunca

5.0

Introducción Durante siete años, viví una farsa, creyendo ser la amada prometida de Máximo Castillo y la madre feliz de Leo. Mi rostro no era mío, mis recuerdos eran falsos; era la copia de una mujer muerta. Pero la mentira estalló en pedazos cuando la verdadera Sofía Salazar regresó en medio de una fiesta. Mi hijo, Leo, con la inocencia de sus siete años, la señaló y dijo: "Mamá, esa mujer no eres tú". El pánico se desató, Sofía cayó a la piscina, y Máximo, con una furia incomprensible, arrastró a nuestro hijo al borde. Él, que tenía un miedo terrible al agua, fue arrojado sin piedad al fondo. Lo saqué inerte, mientras Máximo consolaba a Sofía, y la televisión anunciaba que él celebraba su "séptimo aniversario" con ella. En ese instante, algo se rompió en mi cabeza y la verdad me golpeó como un aluvión: mi nombre era Lina Garcia, y Leo era el hijo de una violación atroz, no de un amor idílico. Máximo no solo me había engañado, sino que al enterarse de la muerte de Leo, se burló, arrojó sus cenizas al suelo y me mostró un informe falso de ADN, golpeándome brutalmente. ¿Cómo pude amar, o creer que amaba, a un monstruo capaz de tanto horror? Pero el destino tenía otros planes; los secretos finalmente salieron a la luz. Su tía Isabel reveló la verdad en su funeral: Leo era su hijo biológico, el ADN había sido falsificado por Sofía, y la misma Sofía había manipulado la medicación de su madre. Además, la herencia de Máximo, su imperio vinícola, ahora me pertenecía a mí. Con el dolor aún fresco, tomé mi lugar para desmantelar su imperio de mentiras y asegurar que cada uno pagara por sus crímenes. La sumisa "Sofía" había muerto con su hijo, y Lina Garcia, la verdadera Lina Garcia, se levantaría de las cenizas para reclamar justicia y su propia vida.

Leer ahora
La Historia de los Asesinos

La Historia de los Asesinos

5.0

Era viernes por la tarde, un día que prometía la alegría habitual con mi hija. Mis suegros se llevaron a Luna, y una premonición me oprimió el pecho. Ricardo, mi esposo, desestimaba mis temores con condescendencia. «¡Estás exagerando!», me dijo. Pero su paciencia se quebró cuando le pedí que la trajera antes. Entonces, soltó esa frase mortal, casi como un pensamiento secundario. «Además, Isabel también irá. Ayudará a cuidarla». Isabel, esa mujer que mi esposo admiraba de forma inapropiada. La traición me golpeó como un rayo, la cena se volvió cenizas en mi boca. Las excusas de mis suegros al día siguiente, evitándome hablar con mi niña, solo alimentaron mi pánico. «Está durmiendo», decían, y el clic del teléfono al colgar resonaba como un disparo. La presa se rompió; grité a Ricardo: «¡Me están mintiendo!». Pero él defendió a su familia, a Isabel. «¡Cálmate de una vez! ¡Estás haciendo un escándalo por absolutamente nada!». Me sentí sola, atrapada en una pesadilla. Tomé el teléfono y, al llamar a Ricardo, escuché su risa cómplice con Isabel. «Tu esposa es tan intensa», dijo ella. Y él respondió: «Déjala. Ya se le pasará el berrinche. Está loca». El mundo se detuvo, el dolor era insoportable, pero Luna era lo único que importaba. «¿Dónde está mi hija?». «Está… con mis padres. Ya te lo dije. Deja de molestar», me interrumpió y colgó. Corrí a la policía, pero mis ruegos fueron en vano; dijeron que era una "disputa familiar" . Luego, una llamada del hospital: «Accidente… Luna Patterson». Corrí sin aliento, solo para encontrar un pequeño cuerpo bajo una sábana blanca, con su pulsera de listones. Ricardo, pálido, me gritó: «¡Tú tienes la culpa!». Ese fue el final. Mi dolor se transformó en rabia; la bofetada resonó en la morgue. La cámara de seguridad falló en el momento crucial, y mi suegra había autorizado la cremación. «¿Cómo pueden cremar a un niño sin la firma de ambos padres?». Entonces, recordé el bolso de Luna en el coche de Ricardo; Isabel tenía los documentos de mi hija. Esto no fue un accidente. Yo me encargaría de que él y los suyos pagaran.

Leer ahora
Clariké

Clariké

5.0

Estefanía es una chica como todas con una vida ocupada en su trabajo, pero con poca vida social. Vive sola en el departamento rentado en el cuarto piso de un gran edificio desde hace cuatro años. Todo comienza con las pesadillas de su vecina Lucrecia Santos a la que oye cada noche cómo es perseguida hasta que se entera de la muerte de ella. Luego una serie de muertes consecutivas acompañadas de pesadillas y alucinaciones hacen de su vida un verdadero infierno hasta que, con ayuda de su vecina muerta cree lograr vencer todo este caos. Su vida da un giro completo y conoce al amor de su vida con quién se casa, pero un inesperado suceso en su luna de miel en Italia pone fin a su felicidad.

Leer ahora
MoboReader