oídos no me engañaban, se desnudó antes de dejar la cueva. Entonces me alcanzó una especie de est
é la tira de tela hacia arriba con mis manos vendadas, y precisé un momento para
de mis manos, las hallé cubiertas de cortes, magulladas y un poco inflama
cubría algunos sectores de las paredes, que se estrechaban hacia la entrada, una alta grieta vertical
o arcón de madera oscura y un taburete bajo un nicho
cerca? No tenía idea dónde estaba. Tal vez estaba a pocos metros del castillo, o en el Bosque Rojo, o en lo alto de las montañas
no debían cubrir los muslos en absoluto, confeccionadas en el mismo lino del vestido. Seguramente habían venido en el atado que trajera mi padre, y peleando con Te
es a las más fantásticas. Y resultaron no ser muy distintas. Era evidente que alguien me había encontrad
tomado tantas molestias por salvarme y cuidarme. Porque eso incluía haberme lavado y vendado. Sí, por supuesto. No que hubiera sido la
a la entrada de la cueva. Nerviosa como estaba, me volví sin detenerme a pensarlo. El cuchillo resbaló entre mis dedos y
frente a mí. Me apresuré a cubrirme los ojos. Lo escuché volver a gruñir, y caí en la cuenta de que estaba entre él y el arcón en el
apartó hacia el fondo de la caverna. Me tapé los oídos por pudor, sabiendo que se transformaría allí mismo, a pocos pasos.
ró muy cerca de mi espa
onfundida-. ¿De qu
deces por hab
obre mí misma. Apenas me soltó, volví a
gemí-. ¡Jamás tuve ningún objeto c
gruñó por
que recordé la cadenilla
res a esto? -avent
s que nuestras sanadoras no
les impedía transformarse, aprisionándolos en su forma humana y quitándoles toda su fuerza y poderes in
a cabeza. Volví a inmovilizarme, el cor
la plata -susurró-. La encontraré
una risita burlona. Sentí su aliento
más para oler mis hombros y mi pecho-. Sé qu
omento. Me ruboricé hasta que me ardía
me distraerás
inándose tanto mientras me olía, que se aga
o -ordenó, volvi
te en el frío aire de la cueva. El lobo se inclinó una vez hacia mí. Me s
con una meticulosidad preocupante. Estaba demasiado atemorizada para sentir cosquillas cuando su nariz se deslizó s
podía siquiera imaginar qué había hallado, pero sí podía darme cuent
e sentí desfallecer cuando la presión de sus dedos apretó algo pequeño y duro contra mi pie
el vesti
mi pecho. El lobo bufó exasperado. Tomó mis manos y las guió hacia atrás para que volviera
cubrió mi pecho, porque mi siguiente inspiración pareció llenar su palma. A mi vergüenza no
strajo. Sus dedos rasguñaron y tironearon la c
cubrirme. Entonces me tomó una mano y
to, pequeña i
ta pura! ¿Plata oculta en la costura del vestido? La comprensión me golpeó como un rayo, y sousité sin d
tido para venir al castillo. ¿Qué planeabas? ¿C
n regalo de despedida de mi querida hermanastra, que seguramente
él y eché la cabeza hacia at
inquirió en un susurro
me matara con la misma rapidez con que e
en mi cuello. Guió una de mis manos a sostener juntos los pliegues del escote abierto y sus dedos
. Recuerda que s
era la única verdad que tenía para responderle-. Me lo regaló mi hermana
sem
lgar se movió contra la piel
a que no quiso v
í lev
del estanque y no con las ot
l claro y... y me caí... me caí e
aron apenas en to
extravías por el bosque, ni
beza, incapaz de con
ienes para proteger a qui
era más intenso. Me costaba respirar, mantener el torso erguido. Sentí que mis fuerzas flaquea