Aquel lunes el aire estaba especialmente fresco, y el sol se filtraba por los ventanales altos, iluminando los corredores con un resplandor dorado. Catalina siempre llegaba temprano; no soportaba la idea de entrar cuando la clase ya había comenzado.
Se sentó en su sitio habitual, en la tercera fila, cerca de la ventana. Sacó su cuaderno y comenzó a repasar sus apuntes de la jornada anterior. Le gustaba aprender, le gustaba esforzarse. Quizás por eso, Sofia -su mejor amiga y esposa de Naven Fort- siempre decía que Catalina tenía un alma noble, una paciencia infinita y una mente brillante, además de tener la fiesta en las venas, era alegre, pero también inocente.
El murmullo de los estudiantes llenaba el aula cuando, de repente, la puerta se abrió.
El silencio cayó de inmediato.
Catalina levantó la vista... y su corazón se detuvo por un instante.
Axel Fort.
El mismísimo Axel Fort, director general de la universidad y hermano de Naven. No solía aparecer por las mañanas; todos sabían que su presencia se reservaba para las clases ejecutivas vespertinas o las reuniones con los inversores. Su sola figura imponía respeto.
Vestía un traje gris oscuro perfectamente entallado, una corbata azul marino y una expresión tan serena como distante. Caminó hacia el escritorio con paso firme, y el murmullo nervioso volvió a elevarse entre los estudiantes.
-Buenos días -saludó con voz grave, pausada, tan controlada que casi parecía medir cada palabra-. El profesor Morales no podrá asistir hoy, así que estaré a cargo de esta sesión.
Catalina tragó saliva. No era la primera vez que lo veía, pero sí la primera que lo tenía tan cerca fuera de los eventos familiares. Ella y Axel eran padrinos de los hijos de Naven y Sofía; coincidían en cumpleaños o reuniones, pero siempre de manera fugaz. Y aunque él era cortés, jamás había cruzado límites de conversación con ella.
Esa mañana, sin embargo, sus miradas se encontraron.
Axel se detuvo un instante, observándola con una intensidad que hizo que Catalina desviara la vista enseguida. Su mirada era fría, penetrante, como si pudiera leer pensamientos ajenos. No era igual que la de Naven, los ojos de Axel era cálida y amable aunque tenía algo duro, un filo de acero que la hacía sentir vulnerable.
Catalina, incómoda, asintió apenas con la cabeza en un gesto educado. Él respondió con una inclinación mínima, casi imperceptible, antes de comenzar la clase.
-Hoy hablaremos sobre gestión estratégica y liderazgo corporativo -anunció mientras encendía el proyector-. Espero que todos estén preparados para pensar... no para copiar.
La voz de Axel era como un roce de terciopelo sobre hielo. Firme, elegante, pero imposible de ignorar.
Catalina intentó concentrarse, aunque su mente divagaba. Verlo allí, en ese papel de docente, le resultaba extraño. Axel siempre había sido para ella una figura lejana, inalcanzable, casi inaccesible en su perfección. No podía imaginarlo dando clases, y mucho menos sonriendo... aunque, claro, seguía sin hacerlo.
Durante la hora siguiente, el aula permaneció atenta. A pesar de su fama de arrogante, Axel sabía enseñar. Su inteligencia era indiscutible, y su manera de exponer los temas, directa y aguda, dejaba poco espacio para la distracción.
Cuando finalmente llegó el descanso, Catalina se dirigió al pasillo con sus compañeras. Las conversaciones comenzaron enseguida.
-¿Has visto cómo le queda ese traje? -dijo una chica rubia, suspirando abiertamente-. Axel Fort es el hombre más guapo que he visto en mi vida.
-Guapo, sí... pero también el más mujeriego de todos -respondió otra, riendo-. Mi prima trabaja en el hotel Fort Palace y dice que él cambia de acompañante cada semana.
-Eso no me sorprende -intervino una tercera, con tono soñador-. Dicen que si él te mira, es imposible resistirte. Yo daría lo que fuera por pasar una noche con él... aunque sea una.
Catalina bajó la mirada, sintiendo una punzada de incomodidad.
No era una mujer ingenua, pero tampoco acostumbraba escuchar ese tipo de conversaciones. No podía negar que Axel era atractivo, con su porte seguro y esa elegancia natural que parecía innata en los Fort. Pero pensar en él como un gigoló, como lo llamaban algunas, le parecía exagerado. O quizá... no lo conocía tanto como creía.
Desde la ventana del pasillo, lo vio hablando con un grupo de profesores. Sonreía de lado, apenas, con esa sonrisa discreta y peligrosa que parecía una invitación y una advertencia a la vez.
Catalina suspiró. Se obligó a apartar la mirada, definitivamente tenía el encanto de los Fort.
El aula se había vaciado por completo cuando Catalina guardó sus cosas con calma. Aún podía sentir la seriedad que flotaba en el aire tras la clase, el peso de aquella presencia que nadie se atrevía a desafiar. Axel Fort tenía esa capacidad: bastaba con entrar para imponer orden sin necesidad de alzar la voz.
Catalina cerró su cuaderno, respiró hondo y salió del aula. Caminó por los pasillos de la universidad intentando no pensar demasiado en lo ocurrido. No había sido más que una clase. Nada extraordinario.
Solo Axel Fort sustituyendo a un profesor ausente.
Solo un hombre con una mirada que parecía examinarlo todo.
Fuera del edificio, el cielo madrileño lucía despejado. El otoño apenas comenzaba a teñir los árboles de tonos dorados, y una brisa ligera revolvía los mechones sueltos de su cabello. Catalina se ajustó la bufanda y decidió llamar a Sofía antes de regresar a su apartamento.
El tono del teléfono sonó apenas dos veces antes de que la voz cálida de su amiga respondiera:
-¡Cata! Justo pensaba en ti. ¿Cómo va la capacitación?
-Recién empieza, y ya puedo decir que será exigente -respondió Catalina con una ligera sonrisa mientras caminaba hacia la parada del autobús-. Hoy el profesor titular no asistió, así que Axel lo reemplazó.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea, seguido de un tono curioso.
-¿Axel? ¿En tu clase?
-Sí -contestó con naturalidad-. Fue una sorpresa. No suele venir por las mañanas, ¿verdad?
-No -dijo Sofía, sonando divertida-. Mi cuñado tiene una relación complicada con los madrugones. Pero imagino que, si aceptó sustituir al docente, es porque Naven se lo pidió. Últimamente pasa más tiempo en la universidad que en su oficina.
Catalina asintió, aunque Sofía no podía verla.
-Se notó que está acostumbrado a mandar. Todo el aula se quedó en silencio apenas entró.
-Eso suena bastante típico de él -replicó Sofía, riendo suavemente-. Siempre fue así: serio, reservado... pero con un magnetismo que desconcierta.
Catalina se encogió de hombros mientras esperaba el autobús.
-Puede ser. No lo veo tan seguido como ustedes. En realidad, apenas coincidimos en los cumpleaños de los niños o en alguna cena familiar.
-Pues prepárate, porque ahora lo verás más seguido -comentó Sofía con tono insinuante-. Y hablando de él... Estuvo este fin de semana en Barcelona.
-¿Ah sí? -preguntó Catalina con educación, sin mostrar mayor interés.
-Sí, y no estaba solo -continuó Sofía, bajando un poco la voz, como si compartiera un secreto-. Naven lo mencionó. Parece que fue con una mujer.
Catalina miró hacia el horizonte, indiferente.
-He escuchado rumores sobre su fama. No me sorprende.
-¿No te causa curiosidad? -preguntó Sofía, entre divertida y cautelosa.
-No especialmente -respondió Catalina con calma-. La vida de Axel Fort no es asunto mío. Además, los rumores tienden a ser... exagerados. Además ya hemos trabajado juntos antes, no me parece muy interesante.
Sofía soltó una risita.
-Eso dices porque no lo has visto cuando está en modo "Fort". Te aseguro que, si lo conocieras un poco más, entenderías por qué la prensa lo llama el "empresario más deseado de Madrid".
Catalina sonrió apenas.
-Supongo que hay quien encuentra encanto en ese tipo de hombres.
-¿Y tú no? -replicó Sofía, divertida.
Catalina se acomodó el bolso al hombro, mirando las hojas que caían sobre la acera.
-No me gustan los hombres que creen que el mundo gira a su alrededor. Porque aparentemente tu cuñado después de la muerte de su esposa se ha convertido en eso.
Del otro lado de la línea, Sofía guardó silencio por un instante antes de soltar una risita breve.
-. Pero en el fondo no es tan terrible como parece. Solo tiene un carácter... complicado.
Catalina arqueó una ceja, escéptica.
-¿Complicado o imposible?
-Depende de a quién le preguntes -respondió Sofía con una carcajada-. Pero prométeme algo: si en la universidad las chicas empiezan a hablar demasiado de él, no te dejes llevar por lo que dicen. Axel puede ser muchas cosas, pero lo que más le molesta es que lo juzguen sin conocerlo.
Catalina miró al suelo, distraída.
-Tranquila, no tengo tiempo para juzgarlo ni para interesarme. Es solo el director de la universidad, nada más. Nunca habrá una oportunidad más que no sea de respeto por las criaturas y quizás de Docente y estudiante. No me gustan los hombres con la fama de mujeriego.
-Nunca digas nunca, Cata -replicó su amiga con tono ligero-. En esta familia todo puede pasar.
Ambas rieron con suavidad antes de despedirse. Catalina guardó el teléfono y subió al vehículo.
Durante el trayecto, el bullicio de la ciudad llenaba los espacios entre sus pensamientos. Madrid se movía con su ritmo habitual: coches, peatones, luces, conversaciones dispersas. Ella observaba todo con tranquilidad, agradecida por la rutina.
No quería pensar en Axel Fort, pero la imagen de su rostro serio aparecía de nuevo. Su manera de observar, tan precisa, tan poco emocional, le recordaba a alguien que ha aprendido a no confiar en nada.
Quizás por eso resultaba tan distante.
Quizás por eso imponía tanto.
En la universidad, su nombre se repetía en los pasillos con la fascinación que solo despiertan los hombres inaccesibles. Pero Catalina prefería mantener los pies sobre la tierra. Había visto a demasiados hombres usar la arrogancia como armadura. Axel Fort era solo otro más en esa categoría.
Al llegar a su apartamento, dejó la carpeta sobre la mesa y se preparó una taza de té. El aroma cálido llenó la cocina mientras se asomaba al balcón. Desde allí podía ver parte del centro de la ciudad, con sus luces parpadeando entre los edificios.
Pensó en Sofía, en cómo siempre encontraba algo bueno que decir de todo el mundo. Pensó también en Axel, en cómo su sola presencia parecía alterar la atmósfera sin esfuerzo alguno.
Se encogió de hombros.
No importaba. No debía hacerlo.
Tenía un año completo de capacitación por delante, un futuro profesional que dependía de su esfuerzo, y ninguna intención de dejar que la fama de un hombre -por más poderoso que fuera- interfiriera en ello.
Aun así, mientras apagaba las luces para ir a dormir, una imagen cruzó su mente sin aviso: la mirada de Axel esa mañana, fija, imperturbable, como si buscara algo que ni él mismo entendía.
Catalina cerró los ojos, sin darle importancia.
Solo era una impresión pasajera.
Nada más.
La noche había caído sobre Madrid con un aire denso, casi sofocante. Las luces de la ciudad parpadeaban en las calles húmedas, reflejándose en los escaparates y los autos que pasaban. En una esquina del barrio de Salamanca, un bar discreto mantenía su ambiente elegante y reservado, lejos del bullicio habitual.
Axel Fort estaba sentado en la barra, con la chaqueta del traje sobre el respaldo del asiento y la corbata ligeramente aflojada. Frente a él, un vaso de whisky reposaba a medio llenar. No era la primera vez que terminaba allí después de una jornada complicada, pero esa noche era distinta.
Había cometido un error.
Uno que podía costarle caro.