Libros y Cuentos de Deana Ostwald
La Principessa Que Destruyó Su Propio Imperio
Solía creer que era la intocable "Principessa" de la mafia, la única debilidad del despiadado Ivan Hughes. Hasta que vi su camioneta blindada estacionada frente a la galería de mi enemiga en lugar de estar en la reunión que juró tener. A través del vidrio, lo vi levantar en brazos a un niño que tenía sus mismos ojos oscuros, mientras la mujer que casi arruinó los negocios de mi padre le sonreía con posesión. Mi mundo se detuvo cuando leí sus labios mientras el niño gritaba: "Papi". Esa noche, mientras Ivan dormía a mi lado apestando a traición y perfume barato, forcé la entrada a su estudio prohibido. Lo que encontré fue peor que una simple infidelidad: fotos de una boda secreta en la playa y registros financieros que mostraban a mi propio padre pagando por la vida de la amante. Pero el golpe final estaba en los registros médicos. El "té especial" que mi madre me preparaba amorosamente cada mañana no era para mis nervios. Eran sedantes y alucinógenos potentes, administrados sistemáticamente para mantenerme dócil, confundida y "enferma" mientras ellos planeaban legitimar al bastardo y deshacerse de mí. Se burlaban de la "tonta ingenua" que no veía más allá de su nariz, creyendo que tenían el control total. Pero Aliana Donovan murió esa noche en ese estudio frío. En mi trigésimo cumpleaños, fingí beber su veneno, escapé por la ventana del segundo piso y les envié un último regalo a su gran fiesta en Starlight Park. No eran joyas. Era una caja negra con todas las pruebas de sus crímenes, fraudes y traiciones. Cuando Ivan abra ese paquete frente a toda la Comisión, descubrirá que la esposa dócil acaba de incendiar su imperio antes de desaparecer para siempre.
Una Madre sin Nada que Perder
Durante diecisiete años, vendí frutas humildemente en Oaxaca, criando a mi talentosa hija Luciana con la medalla de mi esposo caído, un infante de marina, como único recuerdo. Pero un día, mi mundo se hizo pedazos cuando la escuela llamó: Luciana estaba en el hospital, víctima de una brutal agresión por parte de Sasha Salazar, la hija del hombre más rico y poderoso de la ciudad. El magnate Máximo Salazar llegó al hospital, arrojó dinero a mis pies como limosna por nuestra tragedia y me advirtió que guardara silencio; cuando exigí justicia, su guardaespaldas me golpeó brutalmente. Fui humillada, mi casa destrozada, mi sustento aniquilado, y la foto de mi esposo y su preciada medalla fueron pisoteadas, mientras la policía y la escuela, compradas por Salazar, me cerraban todas las puertas. Con el alma desgarrada, las cenizas de Luciana en mis brazos y la medalla intacta de mi esposo en el bolsillo, emprendí un viaje desesperado hacia Veracruz, a la base naval donde él sirvió, buscando un último destello de esperanza. Pero justo al llegar, Máximo Salazar volvió a aparecer, pateó las cenizas de mi hija por el suelo, y pisoteó la medalla de mi héroe una y otra vez, pulverizando lo poco que me quedaba, hasta que un joven centinela, testigo de la barbarie, activó la alarma. En ese instante, la base se convulsionó, y el Almirante Roy Lawrence, el mentor de mi esposo y quien le entregó aquella medalla, emergió de la oscuridad, con una furia fría que prometía una justicia devastadora.
