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Vicente Palacio y Elizabeth Jiménez son los protagonistas de una historia de traición y peligros, Elizabeth es secretaria de una respetada compañía allí conoce a Vicente un socio muy respetado por todos, después de un tiempo Vicente se encariña con Elizabeth y juntos empiezan una historia de amor y frenesí. Todo cambia cuando Elizabeth recibe un aumento y Vicente decide casarse con ella. Paola una famosa estafadora había puesto los ojos en Vicente de quien nadie sabía que él era el hijo de un multimillonario y heredero único de toda su fortuna, Paola y su cómplice Federico Villareal trazan un complicado plan para sacar del camino a Elizabeth acusándola falsamente y logran meterla en la cárcel y estando en la cárcel Paola se entera que ella estaba embarazada de Vicente, entonces planea robarle el bebe y lo hacerlo pasar como suyo, por lo que manda a robarle a su hija y después que la asesinen. Logrando su cometido de separar a Elizabeth de Vicente, el por su parte no cree en las pruebas en contra de Elizabeth y comienza su propia investigación, pero con lo que no contaba es que Paola lo droga en una fiesta de la compañía para así hacerle creer que estuvo con ella y que la dejó embarazada ese día. Paola como ve que Vicente no quería asumir sus responsabilidades va y habla con el padre y accionista mayoritario que era Alfonso palacio, él usa su autoridad paterna e interfiere con su deseo de buscar a su amada por lo que se ve obligado a prescindir de la persona a la que ama: Elizabeth Jiménez. Quince años después, el destino y una fortuita entrevista de negocios, irrumpen entre los dos. Ambos se quieren tanto como la primera vez, pero a veces el rencor y el odio pueden ser tan definitivos como la propia muerte. Una venganza de por medio. Secretos y mentiras quedarán al descubierto. ¿Serán suficientes quince años para olvidar todo y empezar de nuevo? O, de lo contrario, ¿hará que todo sea peor que antes?, ¿Elizabeth podrá recuperar a su hija y al amor de su vida?
Cuando por fin logro despertarme me dolía la cabeza como después de una noche de fin de semana, tengo una resaca terrible, siento la otra parte de mi cama fría, lentamente deslizo mis manos buscando el cuerpo cálido de mi novio, pero solo encuentro la vasta y suave colcha que cubre el colchón, seguro que tenía que salir para ir a su casa a cambiarse, no podía ir con la misma ropa a la oficina.
Después de estirarme un rato y de disfrutar el recuerdo de lo que había sucedido en la noche anterior, las caricias, los abrazos, los besos por mi espalda hasta que llegaba a mi cuello, dirigiéndose después a morderme delicadamente mi oreja, nada más de recordar hacía que mi cuerpo vibrara de placer.
En mi entrepierna mi flujo se deslizaba sin parar, de solo acordarme cuando me dio vuelta y siguió con sus besos por todo mi cuello hasta mis pezones, esa sensación fue lo más maravilloso que sentía porque era la primera vez que estaba con alguien, ya que no quería cometer el error de equivocarme en una relación de adolescente.
Así que me conservé virgen para después de encontrar al hombre ideal, bueno o por lo menos alguien que me hiciera sentir muy especial como pasó con Vicente, aunque sé que no se ve bien que una empleada se mezcle con su jefe, pero no lo pude evitar, él es un ser tan maravilloso que pudo evadir todas mis artimañas que había utilizado durante mi juventud para mantener a los hombres a raya.
En eso suena un mensaje en mi celular, apoyándome en mi codo me levanto un poco; en mi dormitorio entraba la luz, así pude saber que ya estaba algo tarde levantándome rápidamente cojo el celular, como era de esperar mi novio me estaba recordando que no llegue tarde a la empresa y que me esperaba en la esquina donde quedaba una cafetería para comprar nuestro desayuno.
De un salto me levanto y salgo rápidamente al baño, duchándome y vistiéndome lo más rápidamente posible, quitando la sábana de mi cama, la eché al lavado mientras terminaba de arreglarme, tomo mi bolso y las llaves, salgo cerrando la puerta tras de mí.
Dirigiéndome hacia la parada estaba un taxista que tenía casi una hora esperándome por órdenes de mi jefe y novio, pasando a su lado, de pronto llamó mi atención:
–Disculpe ¿usted es Sara? –dijo el chofer.
–Si, ¿por qué?
–Su jefe me dijo que la esperara para llevarla a la oficina, él sabía que iba a salir tarde de su apartamento.
Mostrándome su identificación noto que trabajaba para la misma empresa que yo, acepté y él abriendo la puerta trasera me señala que subiera, al entrar encuentro que en el otro asiento había un muy elaborado regalo, era una cesta tejida contenía un peluche rodeado de muchas rosas blancas y rojas, también había muchos chocolates.
–Disculpe, ¿y eso? –pregunté asombrada.
–Eso es de usted señorita –contestó con una sonrisa muy amable.
Ruborizándome termino de entrar al coche, cuando el chofer sube se gira y por la ventanilla me entrega una tarjeta.
–Disculpe esto también es para usted me pidieron que se lo entregara en sus manos. –Volteándose, enciende el auto, poniéndonos en marcha hacia la oficina, la tarjeta era de mi jefe disculpándose por no darme mi regalo en persona, pero tenía que llegar temprano a su casa a recoger unos folios que necesitaba para la conferencia que se iba a dar ese día en la empresa.
Llegando a la oficina el chofer me ayuda a sacar mi regalo subiendo rápido las escaleras, le pido al portero que me haga el favor de abrir, él con mucho agrado me abre la puerta, ya en el vestíbulo me dirijo rápidamente al ascensor.
De pronto impacto con algo sólido, mi recién recibido regalo sale disparado hacia el techo desparramando todo su contenido en el suelo, por instinto retrocedí varios pasos todavía algo aturdida, cuando pude levantar la vista allí estaba parado, mi asombro se había transformado rápidamente en rabia.
–Acaso no puedes tener más cuidado –exclamé.
El imbécil con el que había chocado estaba siendo engreído y me miraba con ojos de desprecio.
–Aquí la única ciega eres tú, tu estupidez no tiene límites.
La furia recorrió todo mi ser.
–¿Qué te pasa?, aquí el único estúpido eres tú, ¿quién te crees? –respondí con ironía.
Él sonrió sarcásticamente, esa no era la reacción que yo esperaba.
–Si no estás ciega y tampoco eres estúpida, entonces chocaste conmigo porque eres una resbalosa y querías que yo te dirigiera mi total atención sin contar que querías tocar mi cuerpo.
¿En serio? Su arrogancia y su ego eran impresionantes.
–¿¡Qué!? Ni en mis peores pesadillas he pensado eso. –Se me salieron las palabras con rabia.
Él serio a todo pulmón que todos los empleados y aquellos clientes que se encontraban en la entrada de la empresa escucharon. Su sonrisa transmitía claramente la poca cosa que era yo para él en ese momento.
–Tú nunca serás mi tipo, cuatro ojos.
Es evidente su broma, yo usaba anteojos, su voz notaba claramente su desprecio hacia mí, su expresión era indudable delante de todos.
–Estúpido, es ¡estupendo!, porque tú si que jamás de los jamases serás de mi tipo –le reclamé ofendida.
Me miró de arriba abajo y en su rostro se notaba claramente el desprecio hacia mí.
¡Idiota! Pensé en gritarle, pero de mi boca no salió ni una sola palabra. Si me hubiera visto en un espejo me había dado cuenta de que mi cara estaba roja de rabia, sentía mis orejas hervir de ira.
–Eres una mocosa mal formada, pareces una tabla de surfear –continuaba él ofendiéndome de mil y una maneras posibles, hasta que no aguanté más.
–¡Basta de insultos! –tras una pausa continué diciéndole– no estoy tan delgada ni tan mocosa como dices tú... tartamudee al final para más vergüenza para mí, toda mi rabia se estaba transformando en complejo de inferioridad. Mi autoestima estaba en cero en ese momento.
Él haciendo una mueca levanta una ceja burlándose:
–Si tú lo dices.
Su sonrisa irónica hizo que me hirviera más la sangre y sin pensarlo levanté mi mano derecha y me acerqué con toda la intención de estampar una bofetada en su engreído rostro, pero él fue mucho más ágil que yo y sujetando mi mano en el aire me dijo:
–¡Ni se te ocurra insignificante escoria!, mi cara es sagrada, no ha nacido nadie que ose tocarme la cara y tú no serás la primera.
Su tono de agresividad me asustó, pero me mantuve firme y no le bajé la cara.
–Lo dudo mucho con lo arrogante, petulante, vanidoso y ridículo que eres, muchos de seguro se habrán visto en la necesidad de ponerte en tu lugar.
–De poder han intentado, pero de intentarlo a hacerlo..., lo dudo mucho.
El brillo de sus ojos maliciosos de seguro podría intimidar a cualquiera, pero yo me mantuve firme, no era la primera vez que nos enfrentamos ni sería la última. No cuando trabajábamos en la misma empresa.
–No tengo más tiempo para perder contigo niñita, apártate de mi camino.
Odiaba cada vez que esa palabra salía de su boca, "niñita", él tenía la facultad de que sonara como un insulto.
–Yo tengo una empresa que representar y dirigir, no tengo tiempo para jugar niñitas.
–Ya basta Federico suficiente. –Desde la segunda planta se hizo sentir una voz con mucha más severidad de la que transmitía el patán con quien yo peleaba, todos los que nos encontrábamos en la recepción de la oficina levantamos la mirada.
Para mi sorpresa era aquel ángel guardián que Dios había puesto en mi camino.
–Vicente ella fue la que se tropezó conmigo, tiene que disculparse de inmediato, mira me ensució mi traje –gruñó con mucha rabia.
–Mira Federico yo estaba observando todo desde mi oficina por las cámaras de seguridad y vi cómo pasó todo, tu pudisteis haberla esquivado si te hubiese dado la gana, chocaste con ella intencionalmente. –Vicente contestó muy sereno. Suéltala de inmediato.
–Ella intentó golpearme, ¿acaso no lo viste?, tiene que irse ahora de la empresa –refunfuñó Federico.
–Ella no irá para ningún lado y además vas a pagar por lo que dañaste.
–¡¿Qué?! Yo no pienso pagar nada.
–¿Quieres discutirlo con los de seguridad y la Junta Directiva que por cierto vienen llegando?
–¡¿Cómo?! –Exclamó Federico volteando hacia la entrada.
Ve que vienen entrando los miembros de la Junta Directiva que iban a tener una junta por un nuevo contrato.
La Junta Directiva ya estaba al tanto de lo ocurrido porque Vicente ya les había comentado, que en la entrada estaba Federico haciendo de las suyas como siempre.
A Federico no le quedó de otra que soltarme, rápidamente se voltea dándome la espalda, se detiene.
–Esto no se acaba aquí niñita, ya arreglaremos cuenta tu y yo –comenta él en voz muy baja, asegurándose de que yo lo escuchara.
Yo ponía todo de mi parte para no ser un parásito, pero aun así recibía las críticas despectivas e insultos de él y sus compañeros.
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