Ese viernes, cuando el sol comenzó a teñir el horizonte de violeta, inició el más sagrado de los ritos del continente: la cena familiar.
Un silencio total, casi material, se extendió sobre todo el reino por orden de una antigua ley.
Tomando las sombras de los túneles secretos del castillo, pasadizos de piedra fría conocidos de nacimiento solo por la realeza, se escabulló Dianco.
Su corazón palpitaba con fuerza por Aurora; quería darle una sorpresa.
Cuando Dianco cruzó el umbral de la casa de su amada, el silencio del santuario se convirtió en una emboscada para sus ojos.
Al asomarse a la penumbra de la estancia, el mundo se detuvo de golpe.
Su mirada no dejó duda de haber captado directamente la escena: Aurora se hallaba entregada en los brazos de otro hombre.
La traición había sido una completa aniquilación espiritual.
Sin pronunciar una sola palabra, el príncipe dio media vuelta y salió del lugar, asfixiado por la atmósfera.
Se sentó en un banco de fría madera en la plaza desierta.
Dianco hizo uso de su recurso más privado: el enlace mental de linaje real, un poder de sangre que le era propio.
Abrió la conexión psíquica y proyectó una orden gélida:
«Carlos. Ven a la plaza. Ahora»
A varios kilómetros de distancia, el mensaje golpeó a Carlos en plena cena como un auténtico látigo mental.
Al llegar corriendo a la plaza, se detuvo en seco al ver al imponente príncipe reducido a una sombra en mitad de la oscuridad.
-Dianco, ¿qué te sucede? -preguntó Carlos con el aliento entrecortado-. Te ves... como si hubieras visto el fin del mundo.
Dianco alzó la cabeza despacio; sus ojos azul glaciar estaban fijos, vacíos de cualquier calidez.
-Aurora... me ha traicionado -soltó con una voz completamente desprovista de emoción.
Carlos retrocedió un paso, atónito por la revelación.
-¿Cómo? Dame detalles, hermano -insistió, tomándolo por el hombro.
Pero Dianco ya había levantado su infranqueable muro de hielo.
Lo miró fijamente a los ojos, sentenciando con firmeza el fin de su antigua vida:
-No quiero decir absolutamente nada -sentenció.
Se puso en pie y se marchó en un silencio sepulcral, dejando atrás a su consternado amigo.
Al salir tras una alfombra que ocultaba el pasadizo en el ala este del palacio, Dianco entró al gran salón real.
Justo en ese momento, los omegas disponían manjares que despedían aromas a especias exóticas sobre las mesas de roble.
-Llegas tarde, hijo -dijo el rey Filippo con la autoridad natural que le era habitual.
-Mis disculpas, padre -respondió Dianco, ocupando su lugar frente a su hermana Lira.
-Me distraje en la biblioteca real; el silencio era tan profundo que perdí por completo la noción del tiempo -mintió.
La cena comenzó con una armonía que resultaba insultante para el tormento silencioso que quemaba las entrañas del príncipe.
Fue entonces cuando Dino, el jefe del ejército, entró al salón con una reverencia impecable.
-Majestades, todo está en orden. He venido a presentar mi informe final -anunció el general.
Dino dio un paso al frente y entregó una pesada carpeta de cuero negro al rey Filippo.
El monarca asintió con la cabeza en un gesto de sobria gratitud.
Cuando el general se dispuso a retirarse, la reina intervino con una sonrisa cálida y hospitalaria.
-No te marches todavía, Dino -le retuvo la soberana.
-Quédate para el brindis familiar. Sería un verdadero honor para nosotros -invitó, haciendo una seña al servicio.
Dino aceptó con una inclinación y sirvió el vino en las copas de oro de los monarcas.
El jefe militar bebió, compartió algunas risas de cortesía con la mesa y se retiró minutos después.
La velada continuó con normalidad, hasta que los reyes decidieron dar por terminada la cena debido al cansancio.
-Siento que la corona pesa más hoy... El sueño me reclama -murmuró Filippo, exhausto tras una larga jornada.
Tras la retirada de los soberanos hacia sus habitaciones, Dianco dejó caer la máscara de compostura.
El alcohol de su copa empezaba a nublarle los sentidos, dándole la excusa perfecta para escapar de la mesa.
-Me retiraré también. Que descansen -anunció a los presentes.
Al llegar a sus aposentos reales, cerró la pesada puerta de madera y se derrumbó en el diván frente al ventanal.
Se sirvió una última copa de licor fuerte con manos trémulas.
Bebió con desesperación hasta que el mundo empezó a girar y se desplomó sobre la enorme cama con la ropa de gala aún puesta.
Con el pecho agitado por sollozos silenciosos y el sabor amargo de la traición quemándole la garganta, Dianco se quedó profundamente dormido.
No sabía que, al amanecer, despertaría convertido en el nuevo rey absoluto.